La noche del 17 de mayo de 1882, el actor español Pedro Delgado celebró su función de beneficio estrenando el poema dramático en 3 actos y en prosa, original del autor mexicano Alfredo Chavero, titulado Los amores de Alarcón. Manuel Gutiérrez Nájera escribió una crónica sobre este suceso, porque Chavero era ya uno de los más reputados autores del país. El poema dramático de Chavero corría impreso desde el año de 1879, dedicado a don Luis Fernández Guerra y Orbe. No nos explicamos por qué subía a escena, ya impreso y naturalmente leído, tres años después. Pero después de leída la crónica de Gutiérrez Nájera, uno se explica todo.
Es preciso reconstruir un poco el escenario en que fue representado el drama de Chavero, abocetar las siluetas de sus principales intérpretes y hacer un comentario sobre la actitud del público nuestro hacia los autores compatriotas.
Pedro Delgado llegaba a México precedido de justa fama como primer actor y director del teatro Español, de Madrid. Esto, entonces, significaba mucho. ¡Un auténtico primer actor español en un escenario mexicano! Pedro Delgado había trabajado al lado de Julián Romea y de Matilde Díez, ocupando el tercer lugar después de Julián y Florencio Romea. Esto en 1852. En 1861, Delgado era ya primer actor, llevando como primera actriz a Teodora Lamadrid. Todo esto se dijo al público en ocasión de su visita a México y además, que había sido el primer intérprete de Don Juan Tenorio. Sin embargo, llegó a México en plena decadencia y su compañía no estuvo formada por elementos de auténtica categoría. Figuraba como segunda primera actriz nuestra compatriota María de Jesús Servín. Con esto está dicho todo, porque de acuerdo con las costumbres de la época, una compañía española, procedente de los teatros de Madrid, que aceptaba en su elenco a artistas del país, no merecía gran crédito. La compañía de Pedro Delgado se presentó en el teatro Principal el 25 |
de febrero con Sancho García, de José Zorrilla, y, dando tumbos, llegó a la noche del 17 de mayo, que es la que nos interesa.
Manuel Gutiérrez Nájera comienza su crónica "como si estuviera en París". Esa era, al parecer, su obsesión: vivir en la gran ciudad alegre y cosmopolita.
"Estaba predispuesto -dice- a la benevolencia. Había comido con mi gentleman amigo, el señor magistrado Moisés Rojas, y las ostras de Ostende rociadas con vino del Rhin, disponían mi ánimo a la fácil admiración y al entusiasmo. El anfitrión se puso en pie, me ofreció un asiento en su carruaje de mullidos almohadones, y juntos nos dirigimos al teatro.
"Representábase en aquella noche el drama Los amores de Alarcón, original de mi discreto amigo Alfredo Chavero. Ya lo había leído y, por lo tanto, no apelaré a la benevolencia que las otras y el Rhin me aconsejaban: Seré justo, ya que he sido sierra con otros autores, sin que jamás haya logrado por desdicha, el ser a un tiempo mismo las dos cosas: Justo Sierra.
"El aspecto de la sala no era de lo más consolador... para el señor Delgado. Se veían esas caras que vanse confundiendo ya con las cariátides del teatro, y esos chalecos blancos que nunca han aligerado sus bolsillos, pagando entrada en la contaduría.
"Los actores retirados y las familias de los actores retirados ocupaban algunos de los palcos. Yo, abstraído en mis devotas consideraciones, me puse a compadecer al señor Delgado. ¡Malos vientos han soplado para él en México! Yo mismo, que soy ardiente defensor de todos los caídos, no le he ayudado más que con dos duros en dos noches lluviosas y adrede hechas para pasar la velada en el teatro. Más aún; me reconozco culpable de algunas cuchufletas y epigramas dirigidos a él. Hoy reconozco que el señor Delgado es un buen actor que conoce a maravilla el arte escénico, y que a no ser por lo vetusto de su repertorio y lo arqueológico de su Compañía, habría logrado un éxito muy bueno. ¡Pobre señor Delgado! ¡Como |
un esparto va a quedar si permanece quince días en México! La fortuna le vuelve la espalda, y va a tomar un vaso de cerveza con Moreno. El público se aleja del teatro, y el amarillo jaramago crece ya en los cojines empolvados de las butacas. ¡Pobre señor Delgado!".
Gutiérrez Nájera nos descubre aquí su carácter zumbón y travieso, amigo de cuchufletas y epigramas con su venenillo. ¿Por qué esa alusión a los dos duros en dos noches lluviosas? ¿Es que el joven cronista pagaba su entrada a luneta general? La segunda parte de su crónica está consagrada a justificar el fracaso de Los amores de Alarcón. Oigámosle:
"La obra del señor Chavero ha sido, como dice cierto inteligente amigo mío, un fiasco laborioso. Estoy seguro de que ningún drama, ninguna comedia y ningún libro han costado al señor Chavero tantos afanes, tantas vigilias, tanto estudio, como estos infelices Amores de Alarcón, que habían de ser eternamente desgraciados. Yo diría que esta obra es un proceso 'echantillón' de arqueología literaria; pero no es un drama. Por una extraña idea que no me explico, el señor Chavero, haciendo tan galanos versos como son los suyos, empleó la prosa para Los amores de Alarcón. Verdad es que esa prosa, canta, brilla y coquetea como los versos, pero fáltale siempre el ala de la rima, y no cautiva tan poderosamente los oídos. Esta es la obra en que el señor Chavero debía haber desparramado los topacios y rubíes de las bellezas poéticas. Los personajes se prestaban admirablemente a ello, siendo todos poetas y farsantes; y la corte caballeresca de Felipe IV, en la que, comenzando por el mismo rey, todos o casi todos, presumían de poetas, es una tela rica y a propósito para bordar en ella madrigales y sonetos. ¿Por qué el señor Chavero, que ocurrió a las galas poéticas para escribir alguno de sus dramas sociales, no quiso, esquivo, aprovecharlas en los románticos Amores de Alarcón?"
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