Todos eran mis hijos, en la sala Chopin, por Virginia Manzano y Adriana Roel Armando de Maria y Campos |
Arthur Miller recibió su educación dramática en la Universidad de Michigan. No es, pues, un dramaturgo espontáneo. Una de sus primeras piezas dramáticas fue la que escribió inspirándose en los últimos meses de la vida de Moctezuma, emperador de México, como ya tengo dicho. Su primer drama El Hombre que tuvo toda la suerte (1944), escrito imitando al estilo de Williams Saroyan, fue un fracaso. Sin embargo, en 1947 Miller encontró el gran éxito que hace a un autor popular y considerado, con Todos eran mis hijos. Subió a escena por primera vez en el teatro Coronet, de Nueva York el 27 de febrero de 1947. Aunque pareció que éste era un drama de tipo tan popular en la década 1930-1940 el correr de los años ha demostrado su renovada vitalidad; el problema de que trata se ha convertido en uno de carácter general y universal, aplicable a todas las sociedades y eras. En sus trabajos posteriores, Miller ha seguido tocando, con rato acierto, la nota común del "mito del padre" que aparece en casi todas sus piezas y acentuando una característica que no perderá jamás la revelación de una honda conciencia social. |
Unidos), él salva su responsabilidad inculpando a su socio, que es inocente. El hijo que le queda (el otro se había perdido en la guerra, frente a las costas de Corea, y después se sabe que suicidándose en su propio avión avergonzado de la actitud "comercial" y egoísta de su padre), al enterarse de esto no comprende cómo es posible que su padre haya cometido tal monstruosidad. El padre le da su explicación; que nació humilde y que ha puesto su vida trabajando por ser alguien -es decir, millonario-, y que al tener la oportunidad de la guerra para enriquecerse no iba a detenerse por más que sus aviones imperfectos pudiera causar la muerte. Es algo así como preguntarse: ¿Valen las vidas de veinte hombres, los veinte millones de dólares que yo hubiera sacrificado al perder este contrato? Y él se responde que no. El hijo, muchacho ingenuo y sano, que aspira a casarse con la novia aún soltera de su hermano muerto en Corea, repudia al padre y prefiere la miseria antes que usar el dinero por el que él ha cometido tal crimen. El padre se mata. Y en nosotros queda cierto desconsuelo, cierta amargura. ¿Soluciona acaso la muerte este problema? Aparte del padre y del hijo vive esta tragedia la madre, mujer como tantas hubo durante la guerra, que nunca creyeron en que sus hijos, perdidos, no volverían alguna vez. Y esta madre mantiene su dolor por el hijo que no cree perdido, para no pensar en las veinte muertes que causó la codicia del marido. La novia que llega a desposarse y que desde un principio sabe la verdad, porque el novio le anunció en carta que se mataría, pone un toque romántico y amable en este honda tragedia. Unos y otros, los personajes de Miller, son de una fuerza tremenda; el mundo que crea Miller es trágico, poético y duro, pero sentimos, comprendemos, que no es un mundo inventado, sino verdadero.
|
Apartándose de su sentido místico descubrimos que "el mito del padre" tiene arraigada tradición en la producción dramaticoliteraria. Desde Sófocles, pasando por Calderón y Shakespeare, hasta Synge y O'Neill, el trágico conflicto ha sido en extremo familiar a la literatura dramática. Freud había de explotarlo para sus teorías psicoanalíticas. Y Kafka, quien vivió plenamente el conflicto, lo repite como nota obsesionante en su producción novelística. Miller se une a la larga cadena que han utilizado este apasionante conflicto como nudo dramático de sus obras. El asunto, sin embargo no es accidental en este gran autor norteamericano. Se repite, cada vez con mayor hondura e intensidad en cuatro de sus piezas: Un hombre de suerte, Todos eran mis hijos, La muerte de un viajante de comercio y Panorama desde el puente. Aclaramos: Miller no lo trata bajo el signo de Freud, porque no le interesa el psicoanálisis como medio de descubrir obscuros impulsos en el hombre. A Miller le interesa el hombre en su conflicto social. |