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Arpas blancas... conejos dorados Estreno en el teatro Orientación

Armando de Maria y Campos

    El sábado "santo" -28 de marzo- subió al escenario del Teatro Orientación, allá en un rincón del bosque de Chapultepec, la obra Arpas blancas... conejos dorados, de la discutida autora Luisa Josefina Hernández, bajo los auspicios directos del INBA, pero presentada por un grupo llamado Teatro Club. Este grupo tiene, al parecer, como móvil principal, presentar obras de autores mexicanos, porque en uno de sus postulados afirma "que es necesaria la difusión cultural del Teatro Mexicano ante el público en general". De varias obras de autores mexicanos, con que cuenta este grupo fue elegida la mencionada línea arriba, porque, según una nota de presentación del inteligente autor mexicano Emilio Carballido, "hace honor a su extraño, loco, poético título" y enseguida dice otras lindezas que más tienden a desorientar al espectador que a prepararlo para que comprenda, o por lo menos entienda, esta difícil pieza de teatro.
    La señora Hernández es profesora de composición dramática en la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad Nacional; esto lo entiende cualquiera: enseña a componer piezas de teatro. ¿Por qué, entonces, esta distinguida profesora compone piezas tan difíciles de entender por el grueso del público en general? A la señora Hernández se le acusa de ser una autora afecta al tremendismo, al miserabilismo, porque en sus piezas pasan cosas tremendas e intervienen personajes llenos de miseria física y espiritual. A esta, la quiso dotar de un aire poético. En realidad su diálogo abunda en lugares comunes poéticos, pero éstos naufragan en la tremenda y miserable realidad de sus personajes, como sólo los vemos en el teatro de esta distinguida y laureada autora.

 

 

    Para mí, la obra a que me refiero, es realista, tremendamente realista y falsamente poética. Y demoledora. Ataca al través de las acciones de sus personajes las más puras esencias de la sociedad mexicana. Ninguno de sus personajes se salva de cometer aciones innobles... o de haberlas cometido. Es inmoral y amoral, y más peligrosa para la juventud que cualquier vodevil al que uno sabe siempre a qué atenerse.
    Permitir la representación de esta obra -que, repito, patrocina el INBA y está dirigida al mundo dramático que viene formando esta institución- es la mejor prueba de la absoluta libertad que el regente don Ernesto P. Uruchurtu ha otorgado al teatro que se hace en México. Es natural comprobar en la escena que una mujer galante cometa travesuras sobre un canapé, si se trata de un vodevil, pero es absurdo asistir, siquiera sea mentalmente, al hecho insólito de que una chica adolescente haga venir a su casa a un profesor de idiomas y esa misma noche le entregue su virginidad, o que un caballero cuarentón duerma la misma noche del día que vuelve al honesto hogar de su anciana madre con una doméstica que revela saber de la misa, la media. Esto, en cuanto al fondo de esta obra de la señora catedrática de composición dramática.
    En cuanto a su composición propiamente dicha, es buena. La autora hace con el asunto y con sus personajes lo que le viene en gana. Lo ilógico resulta lógico, y hasta un materialismo burdo se vuelve aire de poesía. Todo convencional, por supuesto. La señora Hernández se propuso realizar una obra contrapuntística, de este lado el realismo mezquino, del otro cierto vuelo poético para justificar a aquél. Pero, aunque en el teatro en

definitiva son los hechos, los hechos realizados por los personajes.
    Influido por la denominación que gustó darle a su obra la señora Hernández, el joven director Héctor Mendoza voló en alas de discutible poesía y cabalgó el potro indómito de la realidad. Personalmente, lo prefiero cuando interpreta el realismo tremendo de esta obra, con la necesaria salvedad de cuando permite que sus actores hablen solos o rompan la indispensable cuarta pared que, precisamente exige el teatro poético.
    En tales condiciones, los entusiastas intérpretes, miembros todos del Teatro Club, al que deseo la mejor suerte, nadan contra la corriente, es decir, actúan contrapuntísticamente. Algunos tienen aciertos indudables; otros trabajan con escasa fortuna por culpa del diálogo desconcertante o del director. Emma Teresa Armendáriz continúa su ascendente carrera de excelente actriz, y anota a su haber abundantes aciertos. Pilar Souza, interpretando el único personaje humano de esta pieza es quien mejor compone -sobriedad, excelente dicción- su personaje de madre y abuela comprensiva. Mario Orea sortea las dificultades de un personaje pintoresco con mucha maña y buenos recursos. Yolanda Guillaumin pone a prueba sus simpatías y facultades en la criadita fácil a galanteos inmediatos. ¡Caray, cómo se portan ahora las sirvientas jóvenes! Los actores Roberto Nieto, Felipe Santander y Antonio Alcalá cumplen -obedeciendo órdenes de su director- con fe en la obra y con entusiasmo personal. La decoración de José Cava es apenas discreta. Lamentamos, de todo corazón su imprevisto y dramático deceso, en los instantes en que la escenografía le deparaba porvenir magnífico.