Un
acontecimiento ha sido la presentación de la Ópera China, espectáculo con el
que se abrió el año 1963. Al ver este género de teatro no puede uno
desprenderse de su punto de vista de espectador occidental: buscamos lo que
estamos acostumbrados a encontrar en nuestra dramaturgia y al no encontrarlo
nos quedamos desconcertados, como el niño que descubre un nuevo mundo en cada
cosa que ve. Al mismo tiempo somos incapaces de percibir toda la profundidad de
ese mundo; nos quedamos apenas mirando la superficie, ya que nuestra tradición
es otra, y otro nuestro lenguaje -no idioma, que ese es traducible-. Para
nosotros la significación de cada movimiento y de cada gesto es sólo estética,
no así para el chino que encuentra en cada uno de ellos un símbolo, además del
goce emotivo que para él pueda representar.
Se
dice que la ópera china debió su nacimiento por un lado a rituales de carácter
religioso y por el otro a la necesidad de diversión de los palacios cortesanos.
Algo definitivo en el nacimiento de este teatro fue el culto a los muertos,
pues en este culto (de los penantes) una persona se disfrazaba de aquel pariente
querido que había muerto, imitaba su voz, sus gestos y poco a poco comenzó a
representar las situaciones más vitales de su existencia para de este modo
tratar de mantener vivo el recuerdo de aquél, creándose y añadiéndose
paulatinamente los elementos que después formarían el conglomerado que es el
espectáculo como tal.
Lo
curioso es que la tradición ha sido cuidadosamente conservada a través de los
siglos. Desde el siglo VII a. C. ya aparecen documentos sobre la vida de
Confucio relativos a la existencia de teatros y lo extraño es que muchos de los
dramas clásicos que se representan hoy en día fueron vistos -casi exactamente
iguales- hace trescientos o más años. Sin embargo no es, como en el teatro
occidental, el poeta o dramaturgo el pivote sobre el que descansa el
espectáculo, no, éste no depende de la trama y de las ideas que se expresan, sino
del cómo se realiza la trama y cómo se dicen esas ideas. De ahí que
sea un arte vivo. El mayor atractivo para el espectador de la ópera china es
pues: el actor.
Otra característica de este
teatro es que da margen a que el espectador chino utilice ampliamente su
imaginación; no lo circunscribe a un espacio ni a un tiempo
limitados sino que por medio de un lenguaje simbólico le señala qué es
lo que el espectador debe imaginar. Se sabe por ejemplo que dos banderas con
una rueda dibujada en ellas es un carro y que un abanico junto al rostro del
actor significa que se da un paseo bajo el Sol; las máscaras y toda la
indumentaria -y maquillaje-, de una belleza y riqueza increíbles, tienen
también significaciones
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diorama
teatral
por mara reyes
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especiales,
los colores con que va pintado o vestido un personaje dan a conocer su rango
social -o cargo que ocupa-, y además su carácter. Y como éstos hay cientos de
convencionalismos en la ópera china, los cuales forman un verdadero código que
se transmite de generación en generación y que es respetado por los actores que
tienen en el público a un juez intransigente.
¿A qué se debe esta cantidad de
simbolismos? cabe preguntarse. Hay tantos convencionalismos que es indudable que
un chino podría comprender el espectáculo con sólo su atención visual y
entonces se ocurre una posible explicación: es sabido que en China hay tantos
dialectos |
decir que el aspecto
plástico -aun cuando predomina-, reste importancia a los demás aspectos, pues
este teatro es un espectáculo en el que se amalgama la acrobacia con la música,
el canto con la palabra, la pintura con la danza.
Muchos son los lazos de unión de
este teatro con el teatro clásico griego: lo mismo los convencionalismos de la
indumentaria, que la precaria escenografía que sólo sirve para abrir las
puertas de la imaginación y viene a ser más un recurso para sugerir que para
ambientar; el coturno inclusive que puede verse en los actores de la ópera
china, lo mismo que se veía en los del teatro griego. Un rasgo peculiar es el
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La actriz WangFu y el actor Chung Fu-Wen La bella del anzuelo. [Pie de foto.]
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que es imposible
para un habitante de una ciudad ir a otra sin encontrarse con las dificultades
de comunicación que da el no comprender lo que se habla. Así pues fue quizá por
medio de los símbolos y convenciones que la ópera china encontró la fórmula
para hacer que ella fuera comprendida por los habitantes de todas las regiones
de la China.
No
obstante, esto no quiere
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que los papeles femeninos, en el teatro griego eran realizados por hombres, y en la
ópera china este fenómeno ocurrió durante siglos y no ha sido sino hasta últimas
fechas que la mujer ha entrado a formar parte del espectáculo realizando los
papeles y “coreografías” que antes fueron perfeccionados por hombres. Estas
similitudes se refieren sólo a la parte externa del espectáculo.
La música de la ópera china es
fundamentalmente melódica y rítmica y algo que llama la atención es la
tendencia tanto por el timbre de los instrumentos, como por la propia voz de
los intérpretes, a utilizar el registro agudo. De admirar es el entrenamiento
extraordinario de estos actores, músicos y danzantes, que realizan sus trabajos
con una precisión y justeza que revela un dominio absoluto de su oficio.
Por supuesto nosotros hemos visto un
espectáculo semiadaptado a nuestras costumbres, de
dos horas de duración, pero en China, según noticias, éste comprende en una
misma función: un ballet (pantomima, canto y baile); un drama de amor cantado;
un drama histórico con bailes guerreros, otro drama cantado y una farsa con
canciones cómicas. Así pues los espectadores se pasan todo un día en el teatro,
donde comen alrededor de sus mesas, mientras escuchan y ven.
Pero como no se trata aquí de
hablar de lo que dicen los libros sobre la ópera china, pues no hay arte que
pueda comprenderse leyendo lo que de él se dice, sino viendo cómo es, cómo se
plasma y sintiéndolo directamente, es mejor atenerse a lo que nuestra visión de
occidentales puede captar. Para gustar cualquier arte hace falta una educación
y el contemplar un arte desconocido aunque tenga siglos de tradición, es algo
nuevo para quien lo ve por vez primera y no puede sino sorprenderle. Podemos
gustar de sus aspectos estéticos -sobre todo de aquellos que estamos
acostumbrados a ver en nuestro teatro o en nuestra música o ballet-, pero no
podemos mudar nuestra percepción y gustar íntegramente de un arte para el que
no estamos educados. De tal modo sorprende la magnificencia de su vestuario,
sorprende la belleza maravillosa de sus danzas, la precisión de sus acrobacias;
sorprenden las calidades de su música y la riqueza extraordinaria de sus
máscaras, pero nunca tendrá para nosotros este arte la significación íntima
profunda que puede tener para un espectador chino.
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