Resaltar búsqueda

Estreno de Un caballo blanco en el teatro de Los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

    Una nueva empresa arrendataria del teatro de Los Insurgentes ha presentado al público metropolitano una pieza de oriundez norteamericana titulada Un caballo blanco, y nos dice que es original de los autores de aquel poderoso y desconcertante país que es nuestro vecino de Norte John Murray y Allen Boretez. También se ha asegurado por la nueva empresa de este importante teatro que Un caballo blanco ha sido y aún es obra de éxito en Broadway. Presentan el espectáculo, o lo que es lo mismo, se responsabilizan de él, como traductores y directores, los señores René Anselmo y Luis de Llano, dirigentes de la mayor importancia de las actividades de televisión en México, quienes, en el caso de ser los traductores de esta pieza, hicieron mangas y capirote de ella, al grado que no sabemos en realidad si es de René Anselmo, de Luis de Llano, de John Murray o de Allen Boretez. En realidad este es detalle de segunda importancia, porque se trata de una pieza de ínfima calidad literaria, mal construida, sin ninguna trascendencia, sin gracia original y que cuesta trabajo pensar que algún público la pueda tomar en serio.
    Su argumento es viejo y manido. Se reduce a la búsqueda de un “caballo blanco”, o sea un individuo rico que por determinadas circunstancias proporciona el dinero necesario para montar un espectáculo.
    Con una pieza de tal naturaleza los señores René Anselmo y Luis de Llano pensaron, y con razón que no necesitaban de actores. Ningún actor de categoría o con ambiciones artísticas se avendría a tomar alguno de los personajes de este engendro norteamericano, a menos que la necesidad le apremiara. Pero, ¿cómo realizar un espectáculo sin obra y sin actores? Los señores

Anselmo y De Llano resolvieron este problema como se acostumbra -entre nosotros- en televisión. Y resultó estrella principal el desconcertante caricato Manuel Valdés, al que con justísima razón se le conoce por "el loco Valdés". Yo confieso con toda sinceridad que no entiendo a este extraño y patológico producto de la televisión. Lo he visto, claro, sólo por curiosidad, en Variedades de medianoche, pero como tengo al alcance de la mano el botón que apaga la pantalla, me libero de él cuando me viene en gana. En el teatro Insurgentes fue distinto. ¡Dos horas y media de verlo y oírlo conduciéndose como todo lo contrario a un actor! Crea un personaje absurdo e introduce chistes y recursos de su propia cosecha torrencialmente, de suerte que uno no llega a saber hasta dónde él es el autor de la pieza, u obedece fielmente al libreto en castellano. Se permite frases francamente escatológicas, que por muy loco que esté, o por muy Valdés que sea, no debe pronunciar en un escenario como el del Insurgentes. No hay loco que coma lumbre, y no debemos tolerar que un loco de la televisión se permita libertades de lenguaje como un Cambrone de la bufonada. El señor Nono Arzu, animador de radio y televisión, que ya otra vez pisó las tablas escénicas con poca fortuna, vuelve a las andadas, insistiendo en el grave error de confundir a un público de paga con el gratuito que oye radio y ve televisión y soporta los jingles y anuncios comerciales. También, y de esto hay que culpar a las autoridades del Departamento Central, improvisa a todo trapo. Estas son las figuras principales de Un caballo blanco. Quiénes acompañan a Valdés y a Arzu en este penosa aventura teatral tienen, necesariamente, que actuar en forma desorbitada. El resultado es una farsa del más

franco júbilo circense. Lo desconcertante para el cronista -y lo peligroso para lo futuro de nuestro teatro nacional- es que el público ríe. ¿Es que de pronto el mundo teatral se ha transformado? Los que estamos obligados a ver todo esto, nos desconcertamos, pero nos acongoja más lo que verán nuestros hijos y nuestro nietos. ¿Qué descansen en paz Tespis y Talía!
    La dirección del señor René Anselmo es antiteatral. Los actores actúan como si lo hicieran frente a las cámaras de televisión, y aun se permiten la libertad de dirigirse al público -rompiendo la invisible y necesaria cuarta pared- cuando les viene en gana. Al señor Anselmo le ayudaron en la dirección, según revela el programa, cinco personas. La responsabilidad se fracciona y aun se multiplica. El señor Anselmo ignora todo lo relativo a una dirección teatral.
    Es de justicia apartar del conjunto de la interpretación al buen actor Alejandro Ciangherotti y a las lindas actrices Marcela Daviland y Arcelia Larrañaga. Los únicos momentos en que la representación es tolerante, son aquellos en que aparecen Marcela y Arcelia, pero por bellas y bien vestidas.
    ¿Será que para el nuevo teatro, del que parece ser un botón de muestra Un caballo blanco, se necesita un nuevo tipo de cronista o de crítico de teatro? Tal vez en este fenómeno se encuentre la respuesta a tantas cosas absurdas como las que estamos presenciando los que llevamos andado un largo camino de la vida. Yo me enorgullezco de mi espíritu cargado de efluvios juveniles, pero, la verdad, viendo espectáculos -incluso actores- como el que ahora se presenta en el Insurgentes, me siento habitante de un mundo lejano.