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Asesinato en la catedral de Eliot, por estudiantes de la Universidad Nacional

Armando de Maria y Campos

    Con 24 años de retraso llega a un escenario mexicano la famosa tragedia The murder in the cathedral, de Thomas Stearns Eliot, y para que este fenómeno se realizara ha sido preciso que la organización teatral Poesía en Voz Alta, la presentara como su quinto programa, en el teatro Fábregas (nueve de febrero), después de haberlo hecho en forma más o menos privada el año anterior en funciones dedicadas a los estudiantes.
    La representación en México, de Asesinato en la catedral, no puede pasar inadvertida para el mejor público de México, y entendemos por tal no solamente al que por su cultura forma una selección, sino aquel que por su buen gusto y sus buenas costumbres no se ha deslizado por la peligrosa pendiente del teatro digestivo y picaresco. No recuerdo si algún viaje o achaques de la salud -porque ya va uno dejando de ser joven- me impidió ver alguna representación del año pasado. Ahora puedo vanagloriarme de haber asistido a la que reunió, sin hipérbole, a lo que yo estimo el mejor público de México.
    Conviene decir algo sobre Eliot, sintetizando fichas y ahorrando fechas. Conocido por todos los públicos, consagrado por el premio Nobel (1948), el nombre de T. S. Eliot suele hoy identificarse como la más alta expresión de la poesía trágica de la Inglaterra contemporánea. Nacido en 1888 en Saint Louis, Missouri, proveniente de una antigua familia inglesa, desde 1913 se radicó en Inglaterra. Poeta lírico y crítico de supremo refinamiento, Eliot pareció evolucionar desde un inicial, radical, desolado pesimismo hacia las esperanzas y la certidumbre del credo católico, o anglocatólico, como suele decirse con más precisión, sobre todo en su producción dramática. La religión de Eliot es

drama; ve la salvación del hombre en una fe que no es puerto seguro y fácil, sin íntimo conflicto y perpetua superación. Su producción teatral comprende Sweeny agonistes ("fragmento de melodrama aristofanesco", 1926), The rock (La roca: "pageant" sacro, 1935), Murder in the cathedral (Asesinato en la catedral tragedia 1935); The family reunion (Reunión de familia 1938) y The cocktaill party (1949).
    Retorno a la tragedia, pues, no sólo antigua, sino también primitiva, prehistoria, como indicio de esperanza en acontecimientos arcanos y, sin embargo, purificadores y providenciales. El supremo exponente hasta ahora de la obra conocida de Eliot es Murder in the cathedral, cuyo protagonista, el obispo Thomas Becket (Raúl Dantés), asesinado junto al altar por los esbirros de un rey a quien ha negado una obediencia superior a la que exige la Iglesia, no está representado por la lucha contra los antagonistas externos, sino por el conflicto consigo mismo: por sus tentaciones, su vacilación ante el halago, el recelo de que su heroica afirmación y su misma sed de martirio no sea sino ambición y pecado. Audaz versión ésta de una forma de tragedia preesquiliana, con un actor único y cuatro coros: las mujeres de la tierra simple, espantadas por el heroísmo del obispo; los aterrorizados sacerdotes de la catedral; los que le aconsejaban alzarse con el poder; los caballeros asesinos. Un enorme canto, que se vuelve en ocasiones oratorio, ampuloso y que con frecuencia desborda en una superabundancia de imágenes, que si bien deslumbra al espectador, no amengua el innegable y estremecedor poder de este drama, uno de los más singulares de nuestra época, representado en todas las capitales cultas del mundo.

  Para presentar al público estas representaciones de Poesía en Voz Alta, el gran poeta Octavio Paz escribió una bellísima y profunda página sobre el teatro que por sí sola justificaría como efemérides histórica dichas representaciones. De ésta arranco lo que se refiere a la gravedad de la palabra que atribuye a la dirección del joven y talentoso estudiante-actor-director José Luis Ibañez, para derramarla sobre la interpretación, extraordinariamente sobria y estimable pero palpitante de quemante emoción; el vestuario y la escenografía de Juan Soriano y la traducción de Jorge Hernández Campos.
     Raúl Dantés, como el arzobispo de Canterbury, se muestra excelentísimo actor. Su voz grave, su dicción de prístina claridad y su además sobrio, hacen de ésta una interpretación inolvidable. En la imposibilidad material de dedicar unas líneas de elogios merecidos a todos los intérpretes, me limito a citarlos, bien entendido de que todos están: Balvanera, Eduardo MacGregor, Antonio Medellín, Juan José Gurrola, José Carlos Ruiz, Héctor Ortega, Luis Duval, Antonio Alcalá y las mujeres que forman el coro de Canterbury: Socorro Avelar, Alicia Quintos, Argentina Morales, Magda Vizcaíno, Ketty Valdés, Nancy Cárdenas, Yolanda Alcántara y Emilia Carranza.
    Las siguientes representaciones tendrán lugar los dos últimos lunes de febrero y los dos primeros de marzo. Exhortamos al buen público de México a gozar de este singular espectáculo teatral.