El destino del teatro -ha dicho Edmon Gagey, historiador de la escena norteamericana- es pasar de moda antes que otros géneros literarios. Y es verdad. Muchas de las comedias que parecen significativas el año de su estreno -y éste puede ser el de 1920, el de 1940, el de 1958- resultan amaneradas o pasadas de moda, si, particularmente las más antiguas, por un milagro, tuviéramos el privilegio de ver hoy la representación original. Lo vemos entre nosotros de manera que no cabe discusión. Cada año se premia a algún autor mexicano por considerársele el mejor o el más afortunado, y se le otorga el máximo premio, Juan Ruiz de Alarcón, ¿Quién podría ahora decir ahora cuál del año 1954 mereció este galardón o cuál fue el autor premiado el año 1956? Es verdad. El destino del teatro es pasar de moda, hacerse viejo, perderse en el olvido.
Los norteamericanos crean y recrean el teatro desde que comenzaron a tener teatro propio, y esto no ocurrió, como se sabe, sino hasta después de la primera guerra. Recreando cuanto se había hecho los autores norteamericanos han logrado éxitos rotundos, y también creando estilos, o modos, según lo fueron exigiendo las circunstancias. La gloria y el castigo del teatro norteamericano es la abundancia del público que a ellos asiste. Los teatros están siempre llenos en las ciudades más importantes de los Estados Unidos y las obras preferidas se representan durante meses y años seguidos ante espectadores siempre entusiastas. Abundan las escuelas "para hacer autores", y en ellas se calculan y dosifican los ingredientes que después han de ofrecer a sus consumidores según la moda y los gustos del momento. Se "producen" éxitos considerables, que después los públicos de otras latitudes no se explican ni se explicarían nunca.
Uno de los éxitos norteamericanos que menos |
comprenderán los públicos de otras sensibilidades, los latinos por ejemplo, es el que ha alcanzado la comedia Time out for Ginger, de Ronald Alexander, en tres actos, el segundo dividido en dos cuadros, que traducida por Betsy Mees y Eugenio Guerrero y adaptada -esto quiere decir, mutilada, arreglada, desmejorada- por Landeta y Cardona, acaba de ser estrenada en el teatro del Bosque con el título de La terrible Ginger.
Ronald Alexander nació como autor en 1948. No sé su edad física, pero los retratos que de él conozco revelan que anda alrededor de los treinta años. Esta comedia de que ahora me ocupo la escribió en 1948, pero no la vio representada hasta 1952, el 25 de noviembre, en el Lyceum Theatre. Triunfa su comedia, pero como "explosiva, armoniosa e hilarantemente divertida" y produce "una agradable y divertida noche social". La representan actores con categoría: Melvyn Douglas, Nancy Malone, Polly Rowles, Philip Loeb, Mary Hartig, etcétera. Total, nada en tres actos. El autor presenta una familia norteamericana compuesta por el matrimonio, tres hijos entre 15 y 20 años, una ama, los novios de dos de las tres chicas, un banquero y un profesor universitario. Todos, personajes de tira cómica, esas tiras de muñequitos tan difundidas por los norteamericanos en todo el mundo. Papá y mamá, las tres nenas, los jovenzuelos y el resto de los personajes son tontos de remate. El problema es sencillísimo: la menor de las chicas, Ginger (Teresita Velázquez), quiere jugar fútbol americano como un muchacho cualquiera de su edad, y esto hace que la casa se vuelva del revés durante días, mientras todos actúan como víctimas de "la intoxicación más hilarante de los últimos años", según juicio del crítico norteamericano Williams Hawkins. ¿Es posible que esta comedia retrate alguna realidad por
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convencional que ésta sea? Cuando la comedia de Alexander ha sido un éxito en los teatros del norte, así debe ser. Un poco por lo que es la comedia y otro poco por los arreglos alegres de Landeta y Cardona, viendo La terrible Ginger se pasa "una agradable y divertida noche teatral", según opinión de otro crítico norteamericano: John McClain, a la que me adhiero con entusiasmo, pero nada más.
El conjunto de actores y actrices reunido por Landeta y Cardona produce una interpretación excelente, Miguel Manzano, actor que toca todos los géneros, está muy bien en su papel de papá, salvo alguna que otra escena sobreactuada. Eva Calvo, bella y fría, le da adecuada réplica a Manzano; Teresita Velázquez, que está en la edad que requiere el personaje de Ginger, crea y se recrea en este frívolo carácter, y véasele por donde se le vea está deliciosa; Erna Marta Bauman -ex Señorita México-, justifica con su sola presencia la categoría que con su belleza alcanzó, pero además actúa con simpatía y desenvoltura y revela condiciones excepcionales para hacerse una buena actriz. Lucy González completa con decoro y juventud el percer ángulo de este difícil triángulo femenino. Edmundo Saracho, David Hayat, como los galanes-novios están en edad y son, todavía, actores en botón. Maduros ya Arturo Soto Rangel y Roberto Meyer habitan un poco los vacíos caracteres del director universitario y del banquero, Elodia Hernández, cumple. La dirección de Landeta y Cardona, alegre, tal vez demasiado movida, pero siempre divertida. Antonio López Mancera concibió una escenografía corpórea de una enorme "sala de estar", dentro de la cual se encuentra, inclusive, el escritorio de "papá", que es un alarde de buen gusto, de colorido y de arquitectura.
Esta comedia gustará mucho, tendrá éxito comercial, pero pasará pronto de moda. |