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Algo sobre la crítica y los criticos

Armando de Maria y Campos

    El receso a que nos obliga la falta de espectáculo que comentar y las constantes embestidas que los que ejercemos la crítica teatral por profesión hemos recibido varios meses a esta fecha, como consecuencia del desorden a que han llegado nuestras representaciones teatrales y a que los empresarios desean justificar todo trance esta época que vivimos que se ha dado en llamar de auge teatral, justifican algunas breves vicisitudes en el ejercicio de la crítica.
    Fueron antaño las cortes y los salones -donde se reunía lo más ganado del espítiru- quienes daban la pauta del gusto estético coetáneo y consagraban las obras literarias. El ascenso de nuevas capas sociales, las democracias, el desarrollo de una persona literaria y la instrucción pública llevaron el interés por las letras a más amplios sectores de la población; el escritor adquirió un nuevo público, más denso y popular, que directa o indirectamente influía en su obra. En semejantes condiciones las directivas de los salones perdieron mucho de su importancia y vino el crítico a ocupar su sitio como guía de la opinión pública en la selva de las artes y de las letras, siendo él mismo, a menudo, producto de salones y cenáculos.
    No es cosa fácil delimitar el área exacta de la crítica entre la multiplicidad de los géneros afines. Resulta casi imposible señalar dónde términa la jurisdicción del crítico y donde empieza la del teórico, del filósofo de arte o del historiador de bellas artes; que de todos ellos tiene el crítico y todos ellos han de juzgar de lo bello, lo bueno y lo verdadero de las cosas. Tampoco es fácil definir la naturaleza de la crítica, que varía desde lo auténticamente creativo, la parte divina -la que valora las ideas y les agrega una nueva dimensión; que cristaliza lo que es difuso en las opiniones y la sensibilidad de una época- hasta el glosario cotidiano del periodismo. Lo bien perceptible en esta compleja disciplina es su división en histórica

y contemporánea; en crítica que en el pasado hurga y la que del presente juzga; en la de los muertos y la de los vivientes. De esta última, cuando joven, Sainte-Beuve decía que era la parte más noble y la más difícil del oficio. Más, a esta parte, la más noble y la más difícil, prefieren escabullirse hasta los críticos de más fama, como amedrentados por tamaña responsabilidad y tamaña limitación; más amable resulta excursionar por los respetables parsanos del pasado, donde ninguna voz airada ha de turbar su paz de eruditos. Al agradable poco y hondo pintor Henri Harpignies asustaban los retratos, prefiriendo, como afirmaba, los paisajes porque le paysage, ca ne rouspete pas, (el paisaje no refunfuña); así lo crítico le cohibe -y no en vano- el estudio del colega contemporáneo.
  Ha de ser el crítico, según su respectivo género, amante apasionado de las letras, del teatro o del arte; y aún más apasionado de la verdad. ¿Más puede la opinión de un individuo, por más seria, sincera y objetiva que fuese, o tratase de ser, tener valor de verdad absoluta? Limitado pos sus afinidades temperamentales, por sus antipatías instintivas y sus opiniones intrísecas, ningún crítico -tanto el comentarista del artículo diario, limitado en su tiempo y en su estilo por las necesidades del periodismo, como el más preclaro maestro- puede omitir errores de juicio, que el errar es propio de la naturaleza humana: no le mereció mayor estima a triunfante Lope su genial y desdichado contemporáneo Cervantes; se negó Sainte-Beuve a dedicar ninguno de sus artículos semanales, sus charlas del lunes, a Baudelaire, de quien nunca gustó, en tanto clolocaba entre Hugo y Lamartine a Beranger, el poeta del periodismo versificado, cuyos poemas puestos en música circulaban en alas de los refranes.