Al público, lo que pida. Este parece ser el lema de los empresarios de teatro comercial que buscan satisfacer a su clientela con obras de género intrascendente. La empresa que regentea el Teatro del Músico ha renovado su cartel reponiendo la comedia cómica Nosotros, ellas... y el duende, de Carlos Llopis y la del Bon Soir dándonos a conocer una pieza que en su origen sería un vodevil de situaciones, de un autor austriaco poco conocido. Leo Lenz, titulado en castellano El perfume de mi mujer.
Para muchos la comedia de Llopis será una novedad completa, casi un estreno. Ocho o diez años de olvido en una comedia que se mantuvo en el cartel un par de semanas la convierten en una obra totalmente inédita. Nosotros, ellas... y el duende fue estrenada por la compañía que para dar a conocer esta obra formaron los actores cómicos Leopoldo Ortín y Juan Calvo, el 16 de enero de 1947, en el teatro Fábregas. Pasó inadvertida porque tanto el viejo Chato Ortín como Juan Calvo le imprimieron un tono de bufonada. Ahora, montada por el empresario Kaplan y ensayada con esmero bajo la dirección de Enrique Rambal, ha constituido una positiva novedad y un regocijado deleite para el público que pide obras de esta índole. Rambal descubrió en esta comedia de Llopis una mina de buen humor y la ha explotado con inteligencia y buen gusto. El argumento de la comedia se relata en dos líneas: ellas siempre se salen con la suya, es decir, que hacen lo que quieren y nosotros aceptamos hacer lo que ellas deseen, sencillamente porque ellas tienen... un duende que las favorece en todo. Lo que es un capricho en ellas es una orden para nosotros. Así, dos matrimonios, uno formado por dos jóvenes y el otro por el padre de ella y la madre de él, vienen a ser doble sucursal de gloria e infierno. En todo momento ellas hacen de ellos lo que les viene en gana. Con esta tontería escénica el autor divierte a los actores, bien movidos por un director que no ha descuidado detalle ni matiz, logran darle a un gran sector de público lo que pide al teatro: risa. |
Recuerdo que cuando Muñoz Seca, en el apogeo del género por él creado, el astracán, hacía reir a millones de espectadores, un crítico, cuya severidad ponía una gota de hiel a todos los éxitos fáciles, Enrique de Mesa, dijo del teatro absurdo y gracioso del gran productor cómico que fue Muñoz Seca, que el autor de Los frescos caminaba hacia un ideal de teatro, producto híbrido de astracán con veleidades sentimentales a interludios de pista, que requiriese el nacimiento y la formación de cronistas especialísimos que haya de emplearse en su examen y juicio". No tanto: bastará con hacer justicia. Si una obra se escribe sin más ambición que la de hacer reir, y está bien tramada, resuelta y... ¡hace reir! ¿No ha cumplido su generoso propósito?
La dirección de Enrique Rambal es, dentro de este género, positivamente extraordinaria. Ahora pesa sobre Rambal una sentencia de algunos críticos teatrales para mantener su nombre en el olvido, como respuesta a su inconformidad con cierto crítico muy estimable. Yo no estoy de acuerdo en este género de castigos, que a la postre resultan en perjuicio del público. No apruebo que los actores se revuelvan airados, con razón o sin ella, contra los críticos, pero menos que los críticos ejerzan como represalia la ley del silencio. Sería injusto para el lector no revelarle que bajo la dirección de Enrique Rambal la comedia de Carlos Llopis nos ha resultado ahora una joya del género cómico, y que con éste género, actrices de la calidad de Lucy Gallardo y Bárbara Gil y actores como Miguel Córcega puedan estar eminentes. Así lo es, y así debe decirse, y asegurarse, además, que cuando acierta, como en este caso. Rambal debe ser reconocido en toda su valía. El secreto de un buen director es desentrañar el sentido de una obra, cualquiera que sea su espíritu -cómico, dramático- y narrarla con claridad y con buen gusto. Rambal es uno de éstos y así es justo propalarlo a los cuatro vientos.
En menor escala esto mismo puede decirse de Alfredo Varela, hijo, quien con un gran |
sentido del humor ha dirigido y actúa el vodevil que se representa en la salita Bon Soir. Situada la acción a principios de siglo y vestidos sus personajes de acuerdo con la época. El perfume de mi mujer, es una pieza atrevida por sus situaciones frívolas y picarescas. La tradujo Blanca de Castejón -no sé si directamente del austriaco, lengua que hasta ahora nos vamos enterando posee- con agilidad y habilidad, y no obstante que la acción está precisada en Viena, el diálogo abunda en modismos nuestros. Pero como la finalidad de la traductora no va más allá que la de hacer reir al público, y esto lo consigue ampliamente, nuestro deber es consignarlo, sencillamente.
No se trata de una obra extraordinaria, aunque sí muy divertida y que no pasará inadvertida porque en ella se ha presentado como actriz cuajada la encantadora cancionista argentina Mary López, a quien México aplaudió, niña aún, hace veinte años. Su larga permanencia sobre los escenarios ha madurado su personalidad y en la plenitud de su belleza y gracia, actúa como una veterana de la escena, y, como la protagonista de este vodevil, con desenvoltura y picardía poco comunes. Acompañan a Mary López, Alfredo Varela, de excelente vis cómica e insospechadamente contenido, la bella y también excelente actriz Carmen Salas, Lidia Torres, y los jóvenes y prometedores actores Arturo Cobo y José Meléndez. Todos salen a cumplir una generosa misión: hacer reir.
Al público, lo que pida. Cada público tiene el teatro que merece, y nosotros el deber de comentarlo. |