El fino observador escritor Germán Arciniegas envía desde Nueva York a varios periódicos de Sudamérica cronicas en las que disecciona al gran pueblo norteamericano "Los Estados Unidos -dice- forman la nación más grande del mundo, productora de cosas inocentes y buenas. Están las sociedades protectoras de animales, los clubes rotarios, las asociaciones de vegetarianos. Cuando un cliente se acerca a pagar la cuenta del restaurante, encuentra siempre a una cajera que le sonríe. La cajera tiene adelante un letrero de la empresa que le dice: "¡Sonría!". Las floristerías se anuncian con dos frases que son síntesis de la cortesía en el país: "Dígaselo con flores", "Telegrafíele flores", etcétera.
Qué mucho que no tengan un teatro que vaya al parejo con estas fórmulas de hacer agradable la vida. Por un Miller, por un O'Neill, por un Williams, por un Saroyan, por un Odetts, se multiplican los autores que como Norman Krasna tienen una fórmula para construir comedias en las que de una manera precisa, casi matemática, provocan la hilaridad del público mediante la intervención de personajes tomados de la vida real, lo mismo que hace el gran dibujante norteamericano de esta época, Charles Addams; de situaciones hábilmente elaboradas, de chistes de una eficacia contundente, porque corresponden siempre a la psicología de los personajes o a la ordenada colocación de las situaciones. Esta clase de autores se proponen sólo una cosa: entretener, divertir y hacer reír al público, y lo logran con los personajes, las situaciones y los chiste más sanos e inocentes que un espectador sin complicaciones recibe con una sonrisa de aprobación, sonrisa que tarda en desaparecer del rostro, también de manera calculada, para dar lugar a otra, y a otra.
Norman Krasna es el autor de una comedia titulada Who was that lady I saw you with?, cuyo estreno en el Martin Beck Theatre, de Nueva York, el 3 de marzo del presente año, |
está aún fresco. Para este género de teatro no faltan buenos elementos: Peter Lind Hayes, Mary Healy y Ray Walston. Todavía se representa con éxito en Boadway, y tal vez se seguirá representando cuando haya desaparecido de la cartelera del Insurgentes, de la ciudad de México, porque el público norteamericano gusta mucho de este género, como de las historias cómicas.
El gran director y excelente actor que es Manolo Fábregas, conoció esta obra en Nueva York, se vio en uno de sus personajes principales, y ni tardo ni peresozo se la trajo para México. Traducida por Lucille Henderson, quien se vio precisada a subsistir por productos que se venden o están de moda en México y que se mencionan a lo largo de los diálogos, como anuncios evidentes, a los que más propaganda se hace en los Estados Unidos.
Dime con quién andas..., -título en español- es una magnífica comedia de este género. Propiamente viene a ser una caricatura de la organización FBI de Norteamérica, que vigila a todos los ciudadanos y ciudadanas de la nación vecina, buscando en cada uno de ellos un terrible comunista. No vale la pena referir el argumento, para no escamotearle al espectador la emoción de la sorpresa, ingenua emoción, ingenua dorpresa. Se trata de una farsa jovial y del mejor humor. Los tres personajes principales son característicos de la sociedad norteamericana actual; un profesor uniiversitario, sano, ingenuo y leal a su esposa; la esposa de éste, encantadora, pero peligrosa porque es una tonta con iniciativa, y un escritor de programas para la televisión. Con todo esto y con dos o tres personajes de buena fe, dirigentes o agentes del FBI, Krasna entretiene al público dos horas y media largas...
Manolo Fábregas montó esta comedia suntuosamente, y en modo alguno inferior a la que disfrutan los espectadores del Martin Beck Theatre, de Nueva York. ¿Qué darían nuestros primos por contar con varios Julio Prieto y con |
un escenario giratorio como el del Insurgentes? Manolo Fábregas continúa la tradición de su ilustre abuela, doña Virginia, y sus posturas escénicas son pruebas y ejemplos para los mejores directores de aquí y de fuera. La comedia de Krasler ordena un relampagueante cambio de cuadros, y Manolo Fábregas ha resuelto todo problema de que corran y se substituyan a la vista del público trece cuadros, en dos actos con un ritmo jovial y febril del mejor gusto y con técnica excelente.
La interpretación descansa en la calidad artística del propio Manolo, del gran actor colombiano José Gálvez, quien con igual fortuna toca la cuerda cómica que la dramática, y de la encantadora Maricruz Olivier, que vuelve de un largo viaje por Europa como turista, muy fina de silueta, más bella, y con esa pátina de experiencia y moderada cultura que dan los viajes de estudio, observación y placer. Para mi gusto, la mejor interpretación es la de Gálvez, porque logra tremendos impactos en el público sin caer en extremos de mal gusto, pero ésta no sería fácil sin la interpretación, en contrapunto, de Manolo Fábregas. Maricurz hace una esposa joven típicamente norteamericana, en verdad deliciosa, y le da la más ingenua intención a sus parlamentos chicos o grandes y también a sus bocadillos. Destacan, por su oficio, sobriedad e inteligencia en el largo reparto, Antonio Bravo y Miguel Suárez. El resto cumple dentro de la concienzuda dirección escénica de Manolo Fábregas.
El público pasa un rato agradable, como si el obedeciera a un invisible letrero que la empresa hubiera puesto en lo alto de la embocadura: "Sonría después de cada chiste". Y los actores actúan como si obedecieran a una frase, síntesis de las intenciones del autor. "Haga reír al público".
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