a montar piezas
ya estrenadas anteriormente -con la salvedad de Cacería de un hombre, de Camps-, dio poco
margen a los autores a estrenar nuevas obras.
Es
de todas formas loable la labor continua que realizó el INBA en esta temporada,
en la cual se repusieron: Los signos del
Zodiaco, de Sergio Magaña; Los desarraigados,
de Humberto Robles Arenas; Rosalba y los
llaveros, de Emilio Carballido; El color de nuestra piel, de Celestino
Gorostiza; Despedida de soltera, de
Alfonso Anaya; El niño y la niebla,
de Rodolfo Usigli; Hoy invita la Güera, de Federico S. Inclán, y Atentado al pudor, de Carlos Prieto.
Fuera
de esta temporada hubo una sola reposición de obra mexicana que fue la que se
hizo de La danza que sueña la tortuga (que en su estreno llevó el nombre de Palabras
cruzadas) de Emilio Carballido. Y dentro de las
temporadas experimentales, se montaron tres
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reposiciones,
se trata de los autos profanos de Xavier Villaurrutia: El ausente, En qué piensas y Ha llegado
el momento, autor cuyo teatro, para estas fechas se siente anticuado y poco
vigente, con un diálogo discursivo y si bien quiere ser ingenioso, peca de
superficialidad.
Censura
Este
año, como es ya costumbre, la Oficina de Espectáculos también dio que hablar.
¿No sería hora ya de que la gente de teatro, y en general, todos los artistas,
hicieran algo para evitar que el teatro continúe teniendo sobre sí esta espada
de Damocles? ¿Cómo va a evolucionar nuestro teatro si sobre él se yergue
siempre la amenaza de una censura vergonzosa?, porque vergonzoso es que en los
tiempos que corren, de supuesta democracia, aún exista esta especie de
inquisición que prohibe a los hombres ser adultos y
que trata de convertirlos en niños.
Porque
¿qué es la censura? “Dictamen acerca de una obra. -Corrección o reprobación de
algo. Murmuración.” Así reza el diccionario. En México, como en muchos países,
esta definición debería modificarse por acepciones más cercanas a la realidad,
como por ejemplo: “Prohibición de una obra por abuso de autoridad”, o “Privación
absoluta de la libertad de expresión” o “Castigo que se impone a un artista
cuando quiere hacer arte”, etc.
Y
es que estamos viviendo una situación en la que el arte no puede ejercerse
libremente sin arriesgarse a que sea considerado como un acto delictivo, cuando
debería respetarse como uno de los derechos del hombre.
En
el teatro cada vez que ocurre una de esas prohibiciones, de lesa libertad,
sobreviene la sorpresa, la incredulidad de que en México, país al que se aplica
en todos los tonos el calificativo de “democrático” (ya se ve que al artista no
se le toma como parte de esa democracia), puedan suceder actos de censura,
prohibiciones que se llevan a cabo por todos los medios, no sólo por la ya tan
desprestigiada Oficina de Espectáculos, sino por conductos menos obvios, pero
más coercitivos.
El teatro no es sino una rama
del arte y si esta “ley” de represión rige para quienes hacen arte, están
amenazados y corren iguales riesgos todos aquellos individuos que tienen algo
que ver con el pensamiento: escritores, pintores, escultores. músicos, etc.... por que
actualmente está prohibido pensar, tener |
ideas y, sobre todo,
expresarlas, por cualquier medio que éste sea.
Estamos
en la época en que en el teatro se pueden ver vodeviles, con los eternos
triángulos (muy morales), obras de crímenes (el crimen siempre ha estado
permitido) o comedias cuyo lenguaje es una colección de chistes (de doble
sentido, y no siempre muy decente); siempre y cuando dichas obras no presenten
ningún problema de fondo, ninguna idea profunda.
Son
las formas y los temas predilectos de nuestras autoridades. Que no se dé una
idea, que no se haga ninguna crítica al orden social, o moral de nuestra
excelsa sociedad, que no se pretenda hacer arte, porque entonces éste es prohibido
o exorcizado. No hemos pasado, aún, la época de la quema de brujas.
En
cuanto a eso de salvaguardar la “moral” pública, los censores se contradicen,
puesto que si una obra que ataca y critica los vicios y lacras de una sociedad
les parece “inmoral”, quiere decir que para que una obra sea “moral”, ésta debe
alabar esos vicios o al menos no criticarlos.
Si
los actos de la censura hubieran sido aislados, se podrían mirar como el fruto
de la casualidad, pero cuando un hecho se repite sistemáticamente y siempre por
los mismos motivos, se llega a la conclusión de que se trata de un síntoma. ¿Y
qué es el síntoma, sino la representación concreta con que se hace patente una
enfermedad?
Todos
aquellos artistas que en épocas pasadas han padecido la censura que prohíbe,
que persigue, que se impone con violencia, han sido víctimas de la enfermedad de su época. ¿Cuál es la
enfermedad de nuestra época? Hay que recordar que así como las infecciones
producen calenturas y forman anticuerpos, como medios defensivos del organismo,
las enfermedades relativas a los sistemas que rigen a las sociedades también
producen en los pueblos reacciones cuando estos quieren salvaguardar su
integridad.
Es
necesario, pues, que aquellos que ponen en práctica cualquier género de censura,
se percaten que no puede actuarse en forma violatoria impunemente,
especialmente cuando se viola el mayor atributo del hombre: el pensamiento.
Esta es una enfermedad de la que el hombre deberá curarse si no quiere que esta
le prive un día de su condición humana.
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