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Nuestros escenarios entre septiembre y octubre

Armando de Maria y Campos

    El Festival Panamericano de Teatro concluyó sin pena ni gloria ante la indiferencia de un escaso público heterogéneo que nunca llegó a interesarse francamente por este evento que, desde sus orígenes, daba a todos un tufillo de burocracia. De prisa y corriendo llegó a reforzar el tambaleante éxito del Festival el grupo Compás, integrado por aficionados y profesionales de la radio y televisión carqueña a que hice ilusión en nota anterior. El grupo Compás presentó dos programas -uno ya fue comentado en esta columna-, clásico de los estudiantes que comienzan el teatro por donde debían concluirlo. En el segundo programa presentaron actos de Ionesco -autor discutido en Francia hasta en los círculos más íntimos y todavía no aceptado definitivamente-; de Courteine y una farsa de Carlos Goldoni, con la alegría, el desentado y la irreverencia de quienes bien a bien todavía no saben los senderos que recorren.
    El grupo Compás, que hizo un largo viaje desde Venezuela para representar a esta República en el Festival tiene una disculpa, procede de la radio y la televisión. El radio, la televisión y el cine, arruinan el espíritu. Son procedimientos mecánicos y el arte nada tiene que ver con la mecánica.
    Durante estas últimas semanas el teatro español ha tenido hondas repercusiones en México. Digo hondas, porque ya fueran autores clásicos o envejecidos, todas las obras puestas han calado en la conciencia y en las costumbres del público mexicano. Un público puede ser inconsciente y no por eso deja de tener conciencia. Público inconsciente es el que se aficiona a ver las comedias de origen español que representan Fernando o Andrés Soler, y las que materialmente deshacen esos malos comediantes -y lo que es más grave: malos, porque han renunciado a ser buenos- que bajo la dirección de Rafael Banquells, que nunca fue

siquiera un mediano comediante, convierten el escenario en pista de circo y faltan almás elemental decoro que se le debe a una casa de comedias. Es lástima que el teatro español de México, dirigido por Andrés o Fernando Soler o por Rafael Banquells, se conforme con tan poco. Y es lástima, también, que a un gran sector del público mexicano le ocurra lo mismo.
    Pero no todo en el monte es óregano. Además de ese, hay otro teatro español de México, éste dirigido por Luis Mussot y por Álvaro Muñoz Custodio. No es por capricho que se unen en este comentario los directores del cuadro artístico del viejo Club España y del heterogéneo conjunto que desde hace cinco años vive exhumado, mediante adecuadas o convencionales reformas, obras del siglo de oro español. Los dos conjuntos han resucitado El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca. Vimos el representado en el Club España, y no nos defraudo la interpretación. Luis Mussot, veterano actor y ahora director de este cuadro de aficionados, hizo un Pedro Crespo patético, exaltado, pero muy digno y responsable. Sus discípulos no estuvieron, claro, a la altura de el. Para el Pedro Crespo del conjunto que oficialmente se denomina Teatro Español de México, se anuncia a un joven actor lleno de ambiciones, al que rodearán comediantes de profesión. Como lucirían los actores que dirige Muñoz Custodio llevando como Pedro Crespo a Luis Mussot. Pero en el teatro nunca se pueden hacer las cosas como deben ser. Lo que en una compañía hace falta, y la tiene la otra, no siempre puede darse al público.
    A propósito de El alcalde de Zalamea, y con muchísimo respeto, como dice Pedro Crespo, recuerdo aquí lo que Luisa Solovich dijo después de haber releído a Pierre Loti: "Confieso que la prueba ha sido triste, castigada inevitablmente. Fue como pasearse en un

cementerio donde los muertos son unos muertos muy lejanos que hablaban, cuando vivían, un idioma ininteligible y a los que nada, ni el amor, podría desbaratar ese algo indescifrable recostado a lo ancho de sus frentes como despúes estarían ellos enteramente tendidos debajo de sus losas". Lo que en claro romance quiere decir que Calderón está bien donde está, y que ahora cuesta mucho trabajo oir su teatro, y mucho más, pero mucho más, representarlo. Y si esto pensamos de Calderón, ¿qué gritos no nos dará nuestra conciencia respecto a los chistes españoles de los autores de La casa de salud, que han traducido ¡al mexicano! esos buenos cómicos enteramente frustrados que son: Ortiz de Pinedo y Emilio Brillas; Óscar Pulido, que de caricato quizo alguna vez ascender a actor, o Polito Ortín, que se quedó en no nato?...
    A propósito de teatro español que pasó a ser viejo sin llegar a la madurez, tenemos ahora otro ejemplo en el espectáculo Blum, de los autores argentinos Enrique Santos Discépolo y Julio Porter. Blum es una flor de chistes producto de esa planta parásita que tuvo su hora y su tiempo en las "tragedias grotescas" que Carlos Arniches escribió a la medida del buen actor cómico Valeriano León, especie de astracanes melodramáticos, que gustaron mucho en el mundo español y que tuvieron imitaciones en Buenos Aires. Discépolo, actor además de letrista de tangos, se escribió un papel a la medida (en colaboración con Julio Porter), y que ahora es el saco que le viene al humorista uruguayo Juan Verdaguer. Hombre este de espopntánea comicidad, que sabe estar -moverse y hacerse oír- en escena, el personaje Blum le da oportunidades excepcionales para divertir al público y revelarse como intérprete de mayor categoría que le da humorista en programas de variedades.