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Presentación del Teatro Compás de la República de Venezuela

Armando de Maria y Campos

    A última hora se anunció que con un nuevo grupo de teatro vocacional denominado Teatro Compás y procedente de la república de Venezuela cubriría el séptimo turno del Primer Festival Panamericano de Teatro, que inicialmente había sido separado y reservado para el frupo experimental o la compañía profesional que enviaría la república Argentina. Sin ninguna noticia de la participación de los actores profesionales experimentales de la república del Plata, la sorpresiva participación de un nuevo conjunto sudamericano vino a impedir la discontinuidad de éste de todas maneras interesante Festival de Teatro.
    El nuevo conjunto venezolano, que actúa de preferencia en la capital de Caracas y particularmente, y haciendo teatro naturalmente, en las estaciones radiodifusoras y de televisión, permitió que se le anunciara como profesional. En parte esto es cierto, porque sus integrantes viven profesionalmente del radioteatro o del teleteatro, aunque no precisamente como actores de la escena material, no obstante, según parece, que también han actuado en los tres teatros de bolsillo con que ya cuenta Caracas. En realidad y observados desde nuestra butaca dE críticos, se trata de un grupo de aventajados aficionados o escolares del teatro... como tantos que abundan en los veintinueve estados de nuestra República y más aún en el Distrito Federal.
    Cumplimos, pues, nuestra sencilla obligación de información crítica, considerando al Teatro Compás de la República de Venezuela como un homogéneo y disciplinado grupo de aficionados a representar obras de teatro. Su actuación como profesionales en la radio o en la televisión, queda al margen.
    El Teatro Compás eligió para presentarse en el Primer Festival Panamericano de Teatro -que nunca se pensó, o al menos así lo creo yo, fuera

un simple desfile de cuadros de aficionados-, dos obras de alto rango. Una de Giovanni Bocaccio, escritor y novelista toscano de universal renombre y la otra nada menos que de Moliére (Juan Bautista Poquelín), el genio francés con su nombre y su obra llena las más brillantes páginas de la historia del teatro en Francia.
    De Bocaccio -por cierto nacido en París, el año de 1313- se escogió un delicioso juguetillo teatral, que en un moderno arreglo de Alejandro Casona se titula El cornudo apaleado y contento y de Molière -al que no vamos a descubrir en esta información, como es natural- su encantadora y ejemplar pieza reconocida en español por El médico al vuelo, El médico a palos, El médico a pesar suyo o El médico a la fuerza, título de la versión que representó el Teatro Compás ligando en uno los tres actor originales. La versión elegida por los discípulos de Romeo Costea, su director oficial, es, seguramente, la más pEdestre de todas, o gachupina como diríamos usando un término que durante muchos años se usó para calificar a españoles de segunda o tercera categoría. En la versión de Casona del cuento de Bocaccio, es francamente poética, muy graciosa y muy ágil y dialogada con singular y conmovedora frescura. Ni de Bocaccio ni de Molière hay mayor motivo para detenerse a hablar en esta crónica.
    La presentación del grupo del Teatro Compás era comprometida. El público se vería, como el médico de Molière, a hacer algo, "a la fuerza", y de este algo es comparar. Dicen que dicen que las comparaciones son siempre odiosas. No lo creo. Las más de las veces son beneficiosas. ¿Era mejor la Compañía de Teatro Universitario, que patrocinada por la Universidad de Caracas nos presentó durante el Festival tres ejemplos de su manera de entender el teatro? ¿Es mejor ésta, profesional en el radioteatro y en el teleteatro, que la dirigida por

por Nicolás Curiel? Para decirlo de una buena vez, ésta que dirige Romeo Costea, del que se ha dicho oficialmente que llevó cursos especiales de teatro en Francia... y en Rumania, es más modesta y se ajusta con mayor respeto a la tradición. No hay en ella nada con el propósito de epatar, o sorprender, a los papanatas. Al contrario, su presentación es modesta y también sus movimientos en escena, su manera de actuar -fondo y forma- es más simple y sencilla. En cambio todos saben hablar, es decir, que no sólo entienden lo que recitan, sino que lo entonan, lo matizan, lo maduran. En el grupo viene una voz dulcísima y acariciadora, rica en reflexiones de amor y de ternura, la de la señorita Aura Rivas -de bella y juvenil presencia por demás- que interpretó la Beatriz del picaresco cuento de Bocaccio. Oírla es una dicha para los sentidos. Buena actriz, con mucha experiencia a lo que se ve, es Celeste Rosell, a quien podemos juzgar con mayor conocimiento de causa, porque actuó con igual desenvoltura y eficacia en el cuento, del toscano y en la farsa del francés. Excelente actor, con personalidad propia, simpatía personal y excelente dicción es Omar Gonzalo, que si estuvo muy gracioso en el Sganarelle de la pieza de Molière, se impuso desde el primer instante en el díficil y cabrilleante prólogo del cuento de Bocaccio-Casona. El resto de los actores, incluyendo a las actrices, por su puesto, se ve que aún está en las primeras letras del teatro. Pero ninguno desentona y todos cumplen. Sus nombres son: Mayra Chardiet, María Jesús Pérez, Eduardo Frank, Pedro Marthan, Felipe Rivas, Octavio Mitre, Gil Vargas y Roberto Hernández. La escenografía y el vestuario de Guillermo Zavaleta y León Gischia, respectivamente, pobre y sin mayores alardes, sencilla pero funcional.