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Raíz y estrella de la Judith de Hebbel, que se representará en el Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

    La tercera obra que el Instituto Nacional de Bellas Artes presentará durante su temporada de teatro -experimental- universal es en todo el mundo conocida Judith, de Hebbel, según la traducción de Ricardo Baeza, bajo la dirección del reputado director Fernando Wagner. Sin otra ambición que la de divulgar el proceso de gestación y realización de esta magnífica pieza de teatro, inspiradora de tantas obras, y tan imitada, recojo algunos datos dispersos y los alineo en esta columnilla:
    El 2 de octubre de 1839 empieza Hebbel la composición de Judith, y el 18 de enero de 1840, después de un paréntesis de ocio que dura dos meses, la concluye. Se empieza a imprimir en seguida, y a mediados de febrero puede Hebbel repartir los primeros ejemplares. Hacía algún tiempo que llevaba en el pensamiento un "Napoleón", proyecto que no abandonó nunca, y una "Juana de Arco". No escribió ni uno ni otra pero del primero sale Holofernes, y Judith de la segunda. Lo primero que concibió y escribió fué el quinto acto. Parece que el conocido cuadro de Horace Vernet -Salón de 1833- y el pasaje de Heine reseñándolo, contribuyeron a sugerirle la idea. Véanse algunas frases de Heine, y se advertirán en seguida rasgos comunes: "Criatura encantadora, virgen ayer todavía, pura delante de Dios, mancillada a los ojos del mundo, hostía profanada... El rostro es de una dulce ferocidad, de una ternura sombría: una solera sentimental se transparenta en él. En sus ojos centellean una divina crueldad y la alegría de la venganza; pues también tiene su injuria que vengar, la profanación de su cuerpo...".
    Sabido es que, en la Biblia, Judith es viuda, y sale intacta de la tienda de Holofernes. Hebbel, que en todo lo demás sigue casi puntualmente el relato bíblico, se separa aquí de él, y recoge la sugestión de Heine. "Judith -explica- tiene que ser una virgen, para tener el valor necesario a la ejecución de su acto. La historia

 

lo demuestra. Sin duda Hebbel piensa en la doncella de Orleans, y es una creencia común a todos los pueblos. He tenido, pues, que colocar a Judith a medio camino entre la mujer y la virgen, motivando así su acto".
    Además, el matrimonio casi consumado suscita en Judith deseos que ha creído triunfar con la oración, pero que subsisten inconscientemente en el fondo de su alma y despiertan frente a Holofernes. En los dramas se advertirá cómo la sensualidad sirve frecuentemente de motivación a Hebbel.
    La segunda idea sugerida por Heine no es menos importante. Hebbel mismo declara que es el punto decisivo de la tragedia. Judith como simple instrumento de la divinidad, pierde todo interés dramático, y resulta un moustruo. Es preciso a toda costa, una motivación personal al acto de Judith, "Los motivos que preceden un acto -anota Hebbel en su Diario- se transforman con frecuencia mientras se ejecuta el acto, o por lo menos toman apariencia. Circunstancia importante que no sospechan la mayoría de los dramaturgos­".
   En Judith, afirma Hebbel, hay dos tragedias fundidas: la individual y la que pudiéramos llamar histórica, entendiendo la historia en un sentido filosófico. Según la primera, Holofernes y Judith son dos héroes (o, mejor dicho, Holofernes es el héroe, y Judith el contrahéroe que siempre suscita el destino), que con su desmesurada individualidad, violan las leyes que rigen el universo y parecen víctimas de su propia grandeza. No se infiera de esto conclusión alguna pesimista con respecto al heroísmo en el pensamiento de Hebbel. Los héroes, en un orden o en otro, son los redentores de la humanidad y sus pilotos. ¿Qué importa la crucifixión? El fin del hombre no es la felicidad. La segunda tragedia, no menos importante que la primera, en opinión de Hebbel, es el encuentro y choque del paganísmo y el judaísmo (considerando este último, no como

representación de la ley mosaica, sino más bien como gestión del cristianismo), personificado el primero en Holofernes, y en Judith el segundo. Todavía a estod propósitos puede añadirse la intención de hacer la psicología de la mujer del pueblo hebreo.
   Esto es lo que quiso Hebbel que fuera Judith. Sin duda es más que suficiente. Pero en toda gran obra hay simientos plantadas por el autor sin darse cuenta, a veces ellas son las que mejor arraigan y florecen, cubriendo con su fronda el resto.
   Desde el punto de vista de la forma. Hebbel se superará en obras posteriores -especialmente en Inés Bernauer, Giges y Los Nibelungos-: pero acaso ninguna contiene tal abundancia e impetu ideológico como Judith.
    La lectura de ésta provocó en los círculos literarios de Hamburgo una efervescencia considerable. Y si no faltó quien calificara de engendro la obra, puede decirse que la impresión general fue asombro y entusiasmo. Por conducto de la Stich-Crelinger, famosa actriz del Konigli chen Hoftheater, de Berlín, fué aceptada por la dirección de éste, y estrenada el 6 de julio de 1840. El éxito fué mediano, y la obra duró poco en carteles. El 1o. de diciembre de 1840, se estrenó en Hamburgo, en el Stadttheater, con más éxito que en Berlín: pero tampoco fue sometida; parece que contribuyeron, más que la porquedad espiritual del público, al escaso éxito de la obra. Esta produjo a su autor la cantidad de luises de oro, que eran los honorarios de costumbre. Hoy, Judith figura en el repertorio de todas las compañías dramáticas de Alemania y se pone en escena con gran frecuencia lo mismo interpretada por grandes artistas que, como ahora, por actores en formación.