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La representación de El Salvador, C.A., en el Festival de Teatro

Armando de Maria y Campos

    La República de El Salvador no tiene teatro propio. Francisco Antonio Gavidia (1866-1955) inauguró en su tiempo la actividad teatral en El Salvador. Escribió un drama político Deuda antigua, publicado en 1884. Once años después escribió otra obra en cuatro actos titulada Ursinos. A fines de siglo escribió dos comedias: Lucia Lazo y Júpiter. Más tarde dió a la publicidad Héspero, que definió como auto sacramental a la moderna. Mi biblioteca particular se enriquece con todas estas obras, más valiosas para mí porque están autografiadas. Otro salvadoreño que cultivó el teatro -a la fecha es sexagenario-, Raúl Contreras, dramatizó el poema de Rubén Darío La Princesa Está Triste... pieza en tres actos que publicó en Madrid, en 1925. Jose Llerena estrenó en el teatro Colón de El Salvador, en 1921, una pieza titulada La Negación de la Naturaleza. Es también autor de las obras dramáticas El Corazón de los Hombres y Los Tatuados. Esta es toda la historia teatral de El Salvador.
    Pero los salvadoreños, astilla de la robusta encina del teatro español, son aficionados al teatro. Constantemente viajan por su territorio farándulas líricas y dramáticas españolas e hispanoamericanas que mantiene al público salvadoreño más o menos al tanto de las novedades teatrales. Su Dirección General de Bellas Artes ha creado un Departamento de Teatro y ha tenido el acierto de confiarlo a un gran director nacido en México, Fernando Torres Laphan, que ha logrado formar un estimable conjunto de profesoras normalistas y alumnas de la escuela de arte dramático que también él dirige.
    La Compañía de la Dirección General de Bellas Artes de El Salvador concurre al Primer

Festival Panamericano de Teatro y presenta una obra dramática francesa, muy discutida en Europa y en América, Feu Monsier Pic, de Charles de Peyret Chappuis, popularizada en castellano por la Antología de teatro francés contemporáneo, publicada por la editorial Argonauta de Buenos Aires en 1945. La traducción se debe a Beatriz Maas y Pablo Palant.
    Peyret Chappuis no es desconocido en México para los buenos aficionados al teatro. Hace ya algunos años, a fines de los treinta o principio de los cuarenta, María Tereza Montoya interpretó la mejor pieza de este autor: Frenesí, haciendo, por cierto, una creación inolvidable. El difunto señor Pic fue presentada por primera vez en México en un escenario improvisado en el Anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, pero sin ninguna consideración al autor, porque los jóvenes aficionados que se atrevieron con ella la mutilaron y le suprimieron algún personaje importante. Por todo esto resulta, ahora, nueva para el público mexicano.
    Al frente de esta obra escribió su autor: "En el mundo no existe la felicidad:. Se trata, pues, de una obra amarga, sombría, pesimista. Hay una madre perversa, como madre, como suegra y como mujer, en todas las fibras de sus entrañas, en todas las sacudidas de sus reacciones. Una esposa seca, fría, hiriente y nueva malevolente y agresiva, y un hijo descariñado y marido egoísta que responde, en definitiva, a un hombre vencido, sin ilusiones ni principios, tan lúgubre como su hogar, tan opaco como su destino. La acción ocurre en una especie de mundo encerrado en un sótano de mezquindades. Pieza admirablemente construida, rica en recursos fulgurantes y sorpresivos, no carece de vena

humorística, de comicidad trágica, que establece un equilibrio en la mediocridad mezquina de una familia organizada en el rencor y metida en un rincón de una pequeña ciudad burguesa-francesa. La acción ocurre y hace crisis en la vida sombría de los personajes mientras se está de cuerpo presente el señor Pic. Todo pasa en unas cuantas horas, ante un público que va de sorpresa en sorpresa y de triste regocijo a piadosa comprensión.
    El grupo de alumnos de Torre Laphan dió a esta difícil pieza una actuación sobria y con un gran sentido de profesionalidad. Todos los actores están en sus personajes. Destaca la señorita Adelina de Gumero, profesora normalista, entrada en años, como corresponde al personaje y muy segura de sí misma. Le sigue en mérito Marta Alicia de Solís, también profesora normalista, de interesante tipo por su de seguro origen asiático. También es estimable actriz la señorita Gilda Lewin, y no desentonan el conjunto femenino Irma Elena Fuentes e Irma Alicia Morales, que compone con gracia y sencillez su personaje de ingenua. Muy estimable y digna de loa es labor de los jóvenes actores Eugenio Acosta Rodríguez -como el marido-, Roberto Arturo Menéndez, que abandonó el foro de las leyes por el de las comedias, y Luis Echegoyen en su episódico personaje de empresario de pompas fúnebres. La escenografía de Tuno Alvarenga sirve fielmente a la obra y crea clima propicio a la acción. La dirección de Torre Laphan sin vanos alardes de torpe genealidad es sencilla y fiel al espiritú de la obra. El grupo salvadoreño fue aplaudido. Ocupa con dignidad un sitio de preferencia en el Primer Festival Panamericano de Teatro.