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Los fusiles de la madre Carrar, de Bertolt Brecht, por los venezolanos

Armando de Maria y Campos

    De las tres obras que presentó el Teatro Universitario de Venezuela Durante el Primer Festival Panamericano de Teatro, la más importante fue la tercera y también la que mereció una interpretación más sobria bajo una dirección más contenida, a pesar de que Nicolás Curiel persistió en su técnica de hacer hablar a los actores con la cara vuelta a la pared, a la cuarta pared invisible que es la que separa la acción del público. Mi concepción del teatro es adversa a esta costumbre que vuelve antiguo todo noble intento de renovación.
    Los universitarios venezolanos dieron a conocer al público la pieza en un acto Los fusiles de la madre Carrar, de Bertolt Brecht, el más importante dramaturgo alemán contemporáneo. (Lástima que conservaran en el secreto en nombre del traductor). La representación de esta comedia dramática de Brecht satisfizo y defraudó a un mismo tiempo, porque si bien el público quedó satisfecho por cuanto a la obra y a sus intérpretes, se sintió burlado porque únicamente esta pieza -un acto breve- cubrió el cartel de toda la noche. Este déficit hay que cargarlo a quien o quienes manejan la publicidad del Festival, que no previnieron oportunamente al público.
    Bertolt Brecht nació en Augsburg, Alemania, en 1898 y murió a fines de 1956. Dejó una obra dramática magnífica, de la que México tuvo un ligero y frustrado antecedente con La ópera de tres centavos, que fracasó el año pasado. Brecht trajo al teatro un apasionante concepto del teatro épico que subvierte fundamentalmente la idea del antiguo drama romántico. Brecht

 

asoma gallardamente la cabeza, y déjase ver desde luego en el gran escenario del teatro universal cuando en 1922 alcanza el codiciado premio Kleist por su drama Tambores en la noche, que es la tragedia de un hombre que vuelve de la guerra medio loco de las trincheras y la prisión en país enemigo y encuentra a los beneficiarios de la contenida gozando, plácidamente, una buena vida.
    Todo su teatro es realismo puro, no naturalismo, que es cosa distinta. No es, tampoco, un expresionista. Es él mismo aunque su teatro arranque de Hauptmann, de Wedekind, Kaiser, Hansclever, Von Unruch, Stram, Schreyer, Barlh, Becker, Klabund, Schickel y Toller. Todos estos autores influyeron en Brecht y de esta colosal mixtura resultó el extraordinario dramaturgo que es -que fue- Brecht. En 1933 tuvo que huir de Alemania, a causa de su oposición al nazismo. Entre 1936 y 1939 participó, al lado de la causa leal, en la guerra española con la que dió principio la espantosa segunda configuración mundial. Consecuencia lógica de sus experiencias como soldado de la libertad es esta obra que nos ha presentado el Teatro Unoversitario de Venezuela, Los fusiles de la señora Carrar, que recoge un episodio auténtico de una estrujante simplicidad y de una hondura humana estremecedora. La señora Carrar, madre y esposa, pierde a su marido asesinado por los franquistas, y odia la guerra y se inhibe de ella para salvar a sus hijos. Los franquistas le matan a traición a uno de sus hijos, y es entonces cuando se decide a sacar del arcón los fusiles

arcón los fusiles que se había negado a entregar a su hermano y a su hijo menor que necesitaban armas para defender la libertad de España, tomar para sí uno de ellos y salir a morir si es preciso, a morir de pie, matando, para no vivir de rodillas o recibir la muerte a traición.
    No es este el momento, desafortunadamente, para hablar de la magnífica obra total que dejó Brecht desde El juicio hacía Madre valor (traducida en México por Margarita Nelken), pasando por su admirable adaptación de La madre, de Gorki, o por la serie de obras de un acto comprendidas en la breve serie Terror y miseria en el Tercer Reich. Tiempo habrá para todo esto. Ahora me limito a registrar la patética y apasionada interpretación que a este minúsculo gran drama realista dieron los estudiantes universitarios, cuyos nombres, en justicia, deben quedar anotados en esta reseña: Yolanda Avendaño (la madre), muy sobria y patética; Ildemaro Torres, Herman Lejter, Álvaro Velasco, Democracia López, Teresa Ramos, Manuel Cisneros, Alejandro Matta, Alberto Sánchez, Aníbal Montesinos, Eduardo Mancera, Elizabeth Albahaca y Nelly Berbieri.
    La presentación -escenografía e iluminación- de acuerdo con las ideas del director Nicolás Curiel, fue sobria y eficaz. Los efectos de sonido contribuyeron a darla a la acción realidad y patetismo. Los estudiosos y empeñosos miembros del Teatro Universitario de Venezuela, fueron calurosa y merecidamente aplaudidos.