Resaltar búsqueda

La versión de Don Juan Tenorio de los universitarios venezolanos

Armando de Maria y Campos

    La muchachada que integra el Teatro Universitario de Venezuela, ha hecho su segunda salida por los campos mexicanos de Talía, durante el Primer Festival Panamericano de Teatro, presentandonos una desconcertante versión e interpretación del famoso Don Juan Tenorio, drama religioso y romántico de José Zorrilla, que viene representándose en México sin interrupción hace ciento trece años, algunas veces -esto ocurrió a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX-, en cualquier época del año, hasta que se hizo tradición que apareciera en los primeros días del mes de noviembre.
    Don Juan en general, y muy particularmente el criado por Zorrilla, es una preocupación muchas veces onda, y quienes la comparten no suelen preferirla. Don Juan es algo más que un personaje dramático, es lo que muchos personajes dramáticos llegaron a ser: un mito; y como tal por significación onda, es como un secreto encerrado en el corazón ligero de Don Juan, porque, desde que apareció en la poesía, la poesía encierra un secreto díficil de develar. Cada generación lo busca como y cree hallarlo, y lo que hace es depositar en el alma de Don Juan buena parte de sus propios secretos. Don Juan ha nacido con el destino de ser constantemente pensado, imaginado, recreado, sin que al través de estos sucesivos abatares y recreaciones se rpitan más que unos datos fundamentales, que casi no lo son, pero que sirven comúnmente para reconocimiento. La ficha política de Don Juan dice poco más de esto: seductor de las muchas mujeres. Lo demás es variable. Desde Mozart no hay decenio literario que no cuente con su Don Juan, cuando no con varios, y en esa galeria hallamos contrafiguras del burlador sevillano para todos los gustos. Pero principio y suma de todas las versiones que encuentran su cuna en la de Tirso Molina, es la creada por José Zorrilla. Don Juan

 

es un tema poético más difícil cada día, e insuperable si se tiene en cuenta que, sin proponerselo siquiera Zorrilla, compuso con la figura central de él el primer drama romántico español. Y un drama romántico no cabra nunca en los moldes teatrales laberínticos de la moda llamada expresionismo.
    A don Juan (el de Zorrilla), hay que acercarse con respeto, pero hasta los que han faltado a este elemental concepto de discreción o con ausencia total de sentido común, les ha sido imposible hacerle realmente daño. Pero me temo que de aquí en adelante aversión que los alocados en reflexivos estudiantes universitarios venezolanos nos obligue a colocar una piedra blanca en la legendaria historia de don Juan. Porque los alumnos de teatro de la universidad central de Venezuela nos han dado una versión absurda al través de una dirección francamente equivocada y con una interpretación menos que mediana, responsabilidad que comparte por igual los entusiastas muchachos, por no querer entender los personajes que interpretan, y el director, que no entiende por ninguno de sus cuatro costados el famoso drama de Zorrila, ni su profundo sentido religioso y romántico.
    La versión, que suponemos del sr. Nicolás Curiel, es irrespetuosa y, para decirlo de una buena vez, acaba con la obra. Presenta el Tenorio de Zorrilla en un solo acto largo y para ello lo mutila despiadamente, suprime personajes e incorpora en uno solo -el Ciutti- otros como el del escultor y suprime a los que le vienen en gana. Así la obra queda como tela cortada y remendada, irreconocible, la presenta sin decorados usando una cámara negra, trazos, y reflectores que arrojan una luz blanca desde bambalinas creando áreas de actuación que son cárceles que privan de toda libertad o convivencia a los actores, y a los que obliga a los movimientos más extraños e incongruentes,

porque a veces les hace recorrer el amplio escenario sin importarle las áreas iluminadas. No supo hacerlo hablar en el tono romántico de la época, y salvo algunos parlamentos de la señorita Yolanda Avendaño como Inés, y de la señorita Mayra Chardiet, como Brígida, todos los demás se portan francamente como aficionados que no se han asomado por una sola clase de dicción.
    Poco queda que decir, concrtamente, sobre la interpretación en particular o la dirección en general, puesto que ambas quedan sujetas a la insensata versión que deja la obra de Zorrilla, como dejó Don Juan a Doña Ana: imposible para vos y para mí; para público responsable y para crítica serena.
     Aludimos a la presentación escénica que aspira tener un contenido expresionista, y por esto no es posible silenciar a todos los personajes, de don Juan para abajo, usaron ropajes arbritarios, fuera de la época -años gloriosos de Carlos V-, en que se supone ocurren las extraordinarias aventuras de ese místico feminoide que fue Don Juan de Mañara, después Tenorio con Zorrilla. Creo sinceramente que ni el más modesto de nuestros pueblos rabones nadie se hubiera atrevido a presentar a los personajes del Tenorio al través de su muestrario de trajes que van desde las capas y el chambergo de D'Artagnan y sus tres mosqueteros, hasta la camisa hollywoodesca de Errol Flynn, que usa don Juan en su quinta de Sevilla para adorar a doña Inés, asesinar al comendador y matar a don Luis en desafío...