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La participación de autores y actores chilenos en el Primer Festival Panamericano de Teatro

Armando de Maria y Campos

    Hilda Torres Varela, en un documento ensayo titulado ¿Existe un teatro sudamericano?, dice, y con razón, que "trazar un panorama cierto del teatro en Sudamerica resulta tarea comprometedora y resbaladiza". ¿Hasta donde puede afirmarse la no existencia o la existencia precaria de un movimiento teatral en algunos países? Las dos preguntas son difíciles de responder, pero la información, casi siempre parcial e incompleta, entre la obra de arte y su valoración crítica, colocan al estudioso en la duda desde el comienzo.
    Al negar la existencia del verdadero teatro en ciertos países sudamericanos -a pesar de ser a veces los mismo que han dado una vigorosa manifestación en otras artes-, no se hace generalmente porque no hubiera allí esa figura física de un grupo de actores que suben a escena y presentan una obra de autor nacional. Se ha negado a veces porque es, precisamente, estos actores, este escenario y aun esta obra -muchas veces en razón de estar en manos de estos grupos- significa solo una gesticulación de teatro, no una mímica; una profesión accidental que se sostiene por necesidad de vida; falta de calidad en el montaje y los recursos expresivos; desconocimientos de su finalidad y un meticuloso cuidado de sostener y defender pesados vicios concebidos en la decadencia y amorosamente alimentados por los celosos continuadores. América hispana ha sido, en general, al través de su historia mesa de opereaciones, colonia y por fin mercado de países europeos. Aquí y allá fueron saltando pequeños resortes y América dijo, con intervalos disparejos, su voz espontánea. Visitada, es cierto, por los criadores fue, sin embargo, más a menudo última tentativa de los fracasados.
    Bella ocasión para pulsar hasta que punto existe un teatro sudamericano este que brinda al público y a los estudiosos de la materia en México el Primer Festival Panamericano de Teatro. Cuba no ha enviado la obra de un autor enterado y ambicioso y Perú a un autor cuajado

que se inspira en las grandes aventuras de los trabajadores de su país, con una obra cuajada y prometedora de realizaciones aun más serias. Chile, en cambio, ha participado con dos piececillas que en nada revelan la existencia efectiva de un teatro sudamericano.
    En Chile existe ya una nueva historia del teatro. Se toma como fecha de nacimiento del teatro en Chile el año 1941 en que Pedro de la Barra crea el teatro experimental de la Universidad, porque en Chile el movimiento es de origen universitario y de extensión universitaria. Bien que centralizado en la capital ha salido -siempre por acción de la universidad de Chile y al través de sus organismos e institutos dependientes- hasta Antofogasta, Rancagua, San Fernando, Chillan y Concepción desde que crearon otros centros experimentales. Sigue al Teatro Experimental de la Universidad, el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica, más tarde imitado, por cierto en el único sentido en que imitar se vuelve mérito, por otros muchos conjuntos. Atrae más la atención del hecho de que precisamente Chile esta alejado del "meridiano de paso" que acostumbran tomas las grandes compañías europeas que visitan el sur de América.
    Por razones que no es del caso traer a esta crónica, la República de Chile participa en este Festival con una compañía formada por elementos chilenos radicados en México, y dos venidos de afuera -Estados Unidos y Guatemala- por sugestión de la embajada de la República Chilena en México. Dos obritas en un acto de una joven autora chilena, que dicen se reveló hace tres años y que se ha especializado en esta clase de juguetillos de comedia. Se llama Isidora Aguirre y escribe entretenimientos escénicos propiamente sketchs con cierta ambición literaria, que no pueden ser muestra del movimiento autoral chileno. El titulado Pacto de media noche es propiamente un diálogo, porque la intervención al principio y al final de un criado, es como los paretesis de la acción que se desarrolla a base de dos personajes, Él y

Ella, con la circunstancia de que Él ha muerto lavíspera y viene a salvar de suicidio a la muchacha angustiada por el más comun de los sucesos en materia amorosa, el abandono de su amante un hombre casado. Entretiene, nada más, la otra piececilla pretende ser un cuadrito de costumbres porque tiene como escenografía -mediocre y pobre por cierto- una estación de ferrocarril en cualquier punto de Chile. Un matrimonio de tontos espera la llegada de un tren en una estación de trasbordo, y en un momento oportuno ella aleja a él para dejarse hacer el amor por un desconocido, mitad estudiante, mitad golfo. Llega el tren y se acaba el sketch, gracias a Dios. Nada, como véis entre dos actos. Volvemos a la pregunta: ¿existe un teatro sudamericano? Desde luego, si existe, nada revelan de su existencia las dos piececillas de la señorita Aguirre.
    La interpretación de estos dos actos estuvo a cargo de una joven actriz chilena, becada en alguna escuela de arte teatral de los Estados Unidos, de nombre Alicia Quiroga, juventud, bella presencia, voz cálida y posibilidades para lo futuro. En la primera pieza la acompañó el actor y director de la obra, Domingo Tessier, parece que formado en el teatro experimental de la ciudad de Chile, y del que se nos dice que ha sido contratado por la dirección de Bellas Artes de la República de Guatemala para reorganizar el Departamento de Drama. Hay que acoger con ciertas reservas estas noticias, no obstante que vienen en programas oficiales, porque el otro actor y director que acompañó a la señorita Quiroga en la segunda pieza, Raúl Zenteno, se dice que esta en México desde el año 1952 "en que fue invitado por el gobierno de México en atención a su labor de difusión mexicanista la República Chilena". Y esta es una rueda de molino que no nos la tragamos ni en trance de comunión. Como director paso inadvertido y como actor revelo precisamente lo contrario. El tercer Chileno que actúo en esta obra es el buen característico Eduardo Alcaraz, radicado entre nosotros hace ya varios años.