La Compañía Sala Prado 260, patrocinada por el Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Cultura de Cuba, se presentó ante el público de México, del 27 al 30 de agosto próximo pasado para cubrir el segundo programa del primer Festival Panamericano de Teatro organizado por nuestro Instituto Nacional de las Bellas Artes. La Compañía Sala Prado 260 representó la pieza Un color para este miedo, en un acto largo de una hora cuarenta y cinco minutos de duración, del autor cubano, Ramón Ferreira, del que se nos dijo, oficialmente, que se inició en La Habana escribiendo cuentos en 1952 y publicando en seguida un volumen con el título general de El tiburón, que valió un Premio Nacional de literatura; que en 1956 comenzó su carrera de dramaturgo con la obra ¿Dondé está la Luz?, en tres actos, y que su segunda obra, Un color para este miedo, había alcanzado gran éxito en La Habana.
La obra ¿Dondé está la luz?, de Ferreira, inauguró la Sala Prado 260 de La Habana, y luego fue llevada a Nueva York -según se nos informa- donde se mantuvo en cartel durante varios meses. ¿Traducida al inglés? ¿Cómo puede una obra escrita en castellano durar en cartel varios meses? ¡Misterios de la propaganda moderna!
Con Un color para este miedo, se presentó en México Adela Escartín, de la que también se nos dice que "es actriz profesional", de formación académica en España, su país natal, y en Francia. En Estados Unidos de Norteamérica curso estudios con Piscator, Strindberg y Stella Adler, y que desde hace diez años reside en La Habana, en donde dirige una comedia de arte dramático. Discípula de esta Academia es la segunda actriz del grupo, en su carácter de dama joven, Anisia Díaz. Completa este pequeño grupo Luz Marina Cáceres, actriz morena, es decir, sin sangre española.
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No son obvios estos informes sobre ellos apoyamos la opinión que como críticos nos merecieron obra e intérpretes. Ateniéndome a esta segunda obra de Ferreira puedo pensar que se trata de un joven autor muy interesado el los estudios de la tragedia clásica, y con esto debe entenderse que me refiero a los clásicos griegos; del sueco Strinderberg, del francés Cocoteau y más recientemente de los monologuistas brasileños. Su pieza es una mixtura de estas tendencias y de tan diversos géneros, inspirada indudablemente en los monodramas del sueco y adaptando personajes clásicos al ambiente cubano al través de una tesis de discriminación racial.
El argumento podría haber sido desarrollado dentro de una duración no mayor de la tercera parte del tiempo que Ferreira emplea para repetírnoslo a base de reiteraciones que culminan en la fatiga, en el cansancio para el espectador y para la protagonista. Sospecho, sin embargo, que fue escrita esta pieza para el personal lucimiento de las envidiables facultades de Adela Escartín, quien, con este personaje tiene oportunidad durante la hora y media que está dándole vueltas a una pasión atormentada, de tocar todos los resortes del drama y del melodrama en monólogos largos, angustiosos. Es poco lo que dialoga con su hija y con su sirvienta; ella lo hace todo en la escena y lo dice todo, menos la frase final a cargo de la sirvienta, que revela a la joven hija que lo es de un hijo suyo, moreno como ella. De ahí el color para ese miedo, el miedo de llevar torrente de la sangre española confundido otro de igual potencia de origen negroide. Indudablemente el joven Ferreira conoce El color de nuestra piel, de nuestro Celestino Gorostiza, obra en la que también se aborda, aunque con menos proyección que en la pieza del autor cubano, el problema racial. No será ésta la última vez que se lleve al teatro el problema de la pureza de la |
sangre que apasiona tanto y que contiene en sí tanta y tan dolorosa injusticia. Pero, la verdad, nosotros, los mexicanos, no lo sentimos como problema. Tal vez en Cuba no ocurra lo mismo y se den casos de personajes que además de sentir preocupación por la pureza de su sangre, son como éste de la madre que crea Adela Escartín una positiva y repugnante basura humana...
La pieza en un acto largo de Ferreira adolece de una deficiente arquitectura teatral y está escrita en buen castellano. Es difícil enjuiciar a un autor por una sola obra, como a un torero por una sola faena, ya sea ésta buena o mala. Por ésta que conocemos de Ferreira creemos que hay en él la promesa de un buen autor moderno. Ojalá y pudiéramos seguir su interesante carrera de autor dramático.
La protagonista de este pavoroso melodrama, Adela Escartín, es, por lo que hemos visto, una buena actriz de perfiles clásicos, que al principio de la impresión de haber sido antes que actriz, declamadora, pero tal vez esto se deba a los grandes monólogos que recita en las pausas de diálogo que sostiene con su hija y su sirvienta. Tiene clara dicción y mucha seguridad en el ademán y en general en las actitudes. Adela Escartín es una actriz cargada de interés. Nos pareció excelente actriz la nativa Luz Marina Cáceres (en la sirvienta). Habla con claridad y le sabe dar profundidad y emoción a lo que dice. Muy lista e inteligente sentimos a la damita Anisia Díaz. Como es costumbre en el teatro moderno, música de fondo distrae, queriendo subrayar, la acción. Una escenografía de López Mancera, adobada con algunos trastos cubanos, supo crear el clima de angustia y desesperación que inspira, Un color para este miedo. |