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Dos comedias para reír: Niños a domicilio y Seis mujeres y un fantasma

Armando de Maria y Campos

   En el Instituto de Capacitación del Periodista, que dirigido por el distinguido representativo de esta profesión don Fernando Mora está a punto de abrir sus cátedras, figura una dedicada a la crónica. No sé si dentro de los diversos aspectos de esta disciplina periodística figurará la especialización de la de teatros, que es inseparable de la noticia, del suceso, del reportaje o del editorial en los periódicos de todos los tiempos. Creo que sí, porque la crónica de teatros -crónica teatral, "gacetilla de teatros", como durante mucho tiempo se llamó a esta información- es no sólo necesaria sino indispensable en los diarios y en las revistas. La crónica en general es la historia detallada de un país, de una época, de un año, de un suceso aislado o en serie, y no otra cosa que esto último es el teatro considerado como representación teatral, escrita precisamente por un testigo ocular o por un contempóraneo que ha registrado, sin comentarios, todos los pormenores que ha visto. La crónica, además, sigue un orden cronológico para sus recuerdos. En el caso de las dedicadas a los sucesos de teatro, sigue un orden cronológico para sus recuerdos y siempre es (o serán) testimonio de una época, recogido al calor de la frescura -no es paradoja- de un hecho reciente.
    A quien o quienes se ocupen en el Instituto de Capacitación del Periodista de enseñar en la historia, la técnica y el sentimiento de la crónica de teatros, les aconsejaría difundieran entre sus discípulos la idea de que un buen cronista de teatros debe considerar que todos los géneros, por deleznables que parezcan a su ética y a su estética profesionales, merecen la mayor atención, porque si todos van dirigidos al público, y cualquiera de ellos cuenta con un público, que es "su" público, más o menos numeroso, es preciso concederle el mayor interés, para que se interesen en "su" crónica quienes gusten de determinado género.
   El género del teatro cómico, dirigible y a la vez recomendable para una buena digestión, tiene su

público, y éste es numeroso. Como es obvio, antes de que el género cree un público, el género ha creado a los autores y consecuencia de esto son los intérpretes y los directores. Es verdad de Pero Grullo que si existe un género cómico, existen actores para este género y directores cuya sensibilidad, refinada o chata, entienden las comedias, los juguetes cómicos y aún los sainetes que caen dentro del término genérico de teatro cómico, teatro para reir o teatro para las buenas digestiones.
    A este género pertenecen las piezas que recientemente han subido a los escenarios de las salas Milán y Jardín. A la primera de ellas ha subido, y es un decir, porque lo justo sería afirmar que la sala Milán ha bajado a este género, una comedia cómica, juguetillo teatral, que durante muchos años, antes de que se conmoviera el mundo con la primera guerra de este siglo -me refiero a la del 14-17-, figuró en el repertorio de todas las compañías que lo tuvieran, y que fue recurso para "levantar temporadas" o salir de apuros: Lluvia de hijos, de la escritora inglesa Margaret Mayo, adaptada a la escena española e hispanoamericana por Federico Reparaz. Se trata de un matrimonio que carece de hijos y en el que ella, para retener al marido entre otras cosas, trata de adoptar a un hijo; las manos se desenvuelven de tal manera que en el término de hora y media se encuentra madre de tres, llegados por distintos rumbos. La comedia abunda en situaciones tan graciosas, que con sólo atenerse a estas el público tiene bastantes ocasiones para reír. En la versión más reciente, titulada Niños a domicilio, dizque hecha por Blanca de Castejón y dirigida por el actor Rafael Banquells, se llega a lo increíble en materia de juego escénico cómico y libertad en las morcillas. El público ríe durante toda la noche, y los intérpretes están felices porque logran éste su único propósito. No se puede obtener, en verdad, dirección más chata y chaparra. Pero hay que reconocer, lealmente, y esta es la orientación que deben recibir los

futuros cronistas de teatro, que los intépretes Carmen Prieto, Carlos Riquelme, Mauricio Garcés y Consuelo Monteagudo, se encuentran muy cómodos y a gusto dentro de sus personajes inverosímiles y que ni por un instante defraudan como actores bufos al público que ríe con sus bien dirigidas patochadas.
    La otra pieza francamente cómica, escrita también -al parecer- con el propósito de reír y hacer reír, es la que representa un modesto elenco heterogéneo en el nuevo teatro Jardín (poco más de cien butacas en una salita de la calle Edison numero 115). Cómo será de modesto este grupo que la intervención, en esta pieza, de la actriz Rosa Furman está considerada como "actuación especial". La obrilla está escrita por la señora Cristina Lesser, quien también ha figurado en papeles pequeños en algunas películas mexicanas. Se titula Seis mujeres y un fantasma, y trata de las varias aventuras de un tenorio profesional que son descubiertas con motivo de un accidente aéreo en el que se le da por muerto.
    Su supuesta viuda tiene escenas con casi todas las amigas de su supuesto difunto, y cuando éste regresa sano y salvo, le perdona todo. La señora Lesser no carece de habilidad para hilvanar escenas cómicas, ni de gracia para tratar a sus personajes y a su ingenio femenino cabrillea en el diálogo. Pero no tiene más ambición que la de hacer reír. Y como lo logra, hay que reconocerlo.
    Bajo la dirección, nada estricta, del señor Gonzalo Correa, único actor en el grupo femenino; Arcelia Chavira, Meche de la Peña, Sally López, Lupe Andrade y Rosa Furman, sirven a la autora provocando la risa del público y haciendo uso de toda clase de recursos. Autora, intérpretes, director y público, quedan satisfechos. El cronista, historiador de una época teatral debe reconocerlo así y comunicarlo a sus lectores, objetivamente, con lealtad y sinceridad.