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El barco solitario, en el Teatro del Centro Deportivo Israelita

Armando de Maria y Campos

    A mediados de la semana pasada tuvo lugar el estreno en México de la comedia dramática Di Eizame Shif, del autor israelita Moisés Dlusnowski, representada por primera vez en Nueva York para la numerosa colonia judía de la Ciudad del Hierro, en 1956. Esta pieza pertenece en su forma, en su esencia, en su alcance y su mensaje al mundo judío y está escrita en yidish. En este idioma la representan los jóvenes actores experimentales de la comunidad israelita de México, con un fervor y una emoción que conmueven al espectador que, como el que esto escribe, ignora el yidish.
    Para el estreno en México vino desde Nueva York el autor Dlusnowski. Nacido en Polonia el año de 1907, pasó ambas guerras en Europa. El año 1931 vivió en París, ya desarraigado de su natal suelo polonés, y en 1940, trágico año de la ocupación de media Francia por los nazis, pasó al Marruecos francés en donde vivió hasta el año 1942. Al año siguiente llegó a Nueva York, pero no escribió teatro sino hasta diez años después y para la radio publicó novelas y ensayos en yidish, en hebreo y en inglés. Por considerarlo la colonia judía neoyorquina el escritor más representativo de su raza, recibió hace un año el premio Zvi Kessel.
    La pieza que ahora se representa en México y cuyo título en castellano sería El barco solitario, se representó cinco meses en Nueva York en lengua yidish y tres en la Argentina al año siguiente. La versión norteamericana en Los Ángeles, donde también se ha representado, la actuó el eminente primer actor en yidish Morris Schwartz y en Buenos Aires, David Licht.
    El argumento de El barco solitario, es patético y se inspira en un hecho que él mismo vivió durante la ocupación nazi en Francia. Los nazis ocuparon la flota de guerra y mercante que encontraron dentro de la zona de ocupación. El capitán de un barco mercante, arriesgándolo todo, se propuso sacar su barca de la zona nazi y alcanzar aguas neutrales o amigas. Pero comprendiendo que en la ciudad francesa ocupada habría muchos perseguidos, lo mismo de origen judío que de otras nacionalidades,

acogió a cuantos quisieran refugiarse en su barco y zarpó con más de cuatrocientos pasajeros, aparte la tripulación, toda de nacionalidad francesa. El barco del capitán Leblanc se llama, simbólicamente La Esperanza. Con la esperanza metida en lo más hondo del pecho los acogidos al refugio flotante vieron desaparecer la línea de la costa francesa gobernada por Petáin. Iban a bordo -hombres y mujeres, padres e hijos- cientos de judíos, entre ellos el autor de la obra que comentó; norteamericanos, rumanos, españoles y lo más angustioso: judíos nacidos en Alemania, judíos casados con alemanas o americanas. Una pequeña Arca de Noé llevando a bordo especies de todos los perseguidos políticos, estaba a merced de un obscuro destino.
    A las pocas horas de navegación, el capitán sabe que su barco es perseguido por un submarino nazi, con intenciones de apresarlo o hundirlo. Para guardar las apariencias, puesto que se trata de una nave mercante, el capitán del submarino exige la entrega inmediata de un espía refugiado a bordo. Por supuesto, no existe tal espía; es un pretexto sólo para hndir "el barco solitario". El capitán Leblanc se encuentra en duro aprieto: francés de corazón y de tradición no pidió a nadie documentos para que se refugiaran a bordo, pero considerando que es preciso entregar al supuesto espía refugiado, toma la resolución de entregarse él mismo para salvar su barco, a la tripulación y al pasaje refugiado y perseguido.
    Sube a bordo de la nave francesa un oficial nazi y conmina al capitán francés a la entrega inmediata del espía. Solos con su angustia los cuatrocientos refugiados se revuelven entre sí sin esperanza y desesperados, porque saben que la muerte es inminente. Un joven polaco que viaja con su novia reciente, decide ser él el que pase por espía. Todo el pasaje se opone, pero él insiste y es enviado a la nave nazi, ¡oh, Dios! en el preciso instante en que por la inalámbrica un barco inglés que ha captado los mensajes del barco francés y el submarino nazi, pide al capitán Leblanc su situación exacta para acudir

en su auxilio y, desde luego, destaca aviones que bombardean las aguas por donde navega el submarino nazi asesino, que se pierde en el fondo, llevándose con él al joven estudiante polaco y haciendo aún más estéril su sacrificio.
    La pieza dramática de Dlusnowski está compuesta en dos actos que se dividen en cinco cuadros. Originalmente consta de diecisiete. Ni un solo instante decae el clima dramático en que se mueven los personajes, cada uno de ellos produciéndose de acuerdo con su nacionalidad, con su conflicto político, con su educación, con sus esperanzas y con sus infortunios. Están bien escogidos los tipos y pueden asegurarse uno de cada una de las especies humana que intervinieron en la guerra que desataron los nazis. Nunca un alma se muestra más desnuda -de desnuda que está, brilla la estrella- que frente al instante en que sabe que va a concluir su existencia. El autor judío ha logrado una colección de caracteres (hasta donde alcanza nuestra ignorancia del yidish), completa y justiciera; cada quien reacciona ante la muerte según ha nacido y ha vivido.
     La presentación por el grupo del C.D.I. es correcta y en ella se advierte la entrega total a una tragedia que todos los judíos sienten en su propia carne. Está dirigida por Ezra Harari, judío norteamericano, quien se preocupó más que de mover materialmente a los personajes, de presentarlos frente a sus reacciones psíquicas y que éstas flotaran sobre un clima de angustia a bordo de La Esperanza, como una enorme mancha de aceite sobre las aguas tranquilas del mar.
    Lo justo sería que el cronista señalara la calidad de la mayoría de las interpretaciones. Después de identificar personalmente a los intépretes -la mayoría son judíos nacidos en México-, fija en esta crónica los nombres de Carlos Kristal (el Capitán), René Kristal, Sonia Schwartz, Yurek Grynberg, Sholem Malowicki, Jaime Bacal, Moisés Heiblum, Jacobo Holtzman. El autor recibió al final de la representación el homenaje de sus compatriotas.