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El cielo bajo el tejado, de Sigfredo Gordon, en el teatro Juárez

Armando de Maria y Campos

    Ateniéndonos al programa de mano que se reparte antes de la función, contamos desde luego con datos suficientes para informar a los lectores de esta columna sobre quién es don Sigfredo Gordon, autor que hace sus primeras armas en la escena mexicana entrenando por primera vez una de las varias comedias que dicha hoja volante nos revela ha escrito. La comedia que motiva estas líneas se titula El cielo bajo el tejado.
    Don Sigfredo Gordon es -dice el programa de mano- periodista, crítico, poeta y comediógrafo. (La información está incompleta, pues don Sigfredo Gordon Carmona es, además de todas esas cosas, otra u otras de las que vivió antes de dedicarse al periodismo, a la crítica y a la comediografía desde 1955. Pero si él las calla, sus motivos tendrá).
   En mayo de 1955 escribe su primera obra teatral y desde entonces a la fecha termina dieciséis piezas que abarcan varios ángulos del arte escénico, (ninguna representada hasta que llegó su turno a la que comentaré brevemente). Casi todas las dieciséis piezas son en tres actos El programa de mano incluye los títulos y las definiciones de quince de ellas: Un crimen perfecto, policiaca; Una sirena a medio ahogar, comedia sencilla; Un pequeño viaje de ida y vuelta, también comedia sencilla; El primo de París, comedia volevidesca; El secreto del amante aburrido, otra comedia sencilla; La muerte manda tres rosas, policiaca; La llave de cristal, comedia y farsa a la vez, y en verso; El otro yo de él, comedia; un acto titulado Una ventana y una estrella; otra comedia titulada Eso se llama amor; El ojo del ciclón, drama de suspenso; Unas pupilas verdes en el mar, monólogo de actor en dos actos; El último fantasma, simplemente, según él, una broma y La estrella se desnuda sátira vodevilesca. El señor Gordon ha abordado, pues todos los géneros teatrales, mixtándolos en

alguna ocasión y obteniendo, de seguro, novedosas mixturas.
    El autor Gordon es español, de origen, y vino al país con la emigración republicana. Sin embargo, debe haber olvidado cuanto vio y sintió antes de venir a México, porque nada hace suponer, al través de los títulos de sus piezas, que sea un autor de origen español. Su primera patria ha quedado atrás. Tampoco lo demuestra en su pieza El cielo bajo el tejado, le preocupan o le atraen los problemas políticos o sociales de su segunda patria; su teatro- El cielo bajo el tejado- no ocurre en ningún país determinado. (Mencionar las enchiladas, al final del tercer acto no supone que la acción ocurra en México; podría ocurrir en Berna, de donde, al parecer, proceden las "enchiladas suizas"). Sus personajes -cuatro en esta pieza- no son mexicanos ni por su manera de comportarse en la vida, ni por como se expresan, ni al través de sus sentimientos. Si quisieramos situarlos en algún mundo, no les vendría mal el quinteriano, pero tampoco son quinterianos porque los tipos o personajes creados por los Álvarez Quintero no hablaban siempre en metáfora poética, con los de Gordon Carmona, todos muy afectos y expresarse con giros poéticos o abundantes en imágenes que rellenan los diálogos haciéndolos interminables y empalagosos y nulificando la acción, que, por otra parte no podría ser intensa, porque la anécdota del ladrón de banco que para huír de la policía se mete en la casa de una viejita buena y simpática-del tipo increíble de la protagonista de la película inglesa Quinteto de la muerte, que ya ha visto medio México-; que se vuelve bueno ¡al grado de devolverle a la policía lo robado al banco!, y de la muchachita veinteañera que se enamora del pícaro a primera vista, etc., no da para más. Una comedia sin acción sin caracteres definidos, sin conflicto-o sin intriga-, reduce sus proporciones comerciales a gustar, simplemente, hacer reir con frases o

chistes de almanaque, no importa qu la mayoría de ellos sean originales del autor.
    El público de la primera noche rió con los chistes de la obra, sintió en los oídos los miel poética del autor; y al final lo reclamó a escena. El público manda. "Quien ejerce al día la ingrata función crítica, ha dicho el cronista español Gonzálo Torrente Ballester, no puede andarse con remilgos y asistir a representaciones escogidas ni hacer lecturas selectas, sino que tiene que atender a todo, juzgarlo todo, y refrenar la indignación o la vergüenza que el espectáculo le causa por su destentable calidad o su emimente estupidez, y juzgarlo con serenidad". No es este el caso de Gordon Carmona, por supuesto, pero de él hubiéramos querido una pieza teatral con algún contenido eficaz y eficiente. Sus antecedentes como refugiado político, su responsabilidad como crítico de un vespertino y su larga vecindad en México lo obligan, creo que lo obligarán, a más.
Un teatro de pura palabrería es, al fin de cuentas, un teatro de bisutería.
    La eminente doña Prudencia Griffell recreó un tipo que tiene muy hecho, el de una ancianita bondadosa. La joven Judy Ponte no tuvo que exprimir su talento para sacar adelante un personajillo de veinteañera boba. Germán Robles, compuso un tipo con recursos de diversos calibres, y por virtud de su acento cerradamente español, la comedia de Gordon Carmona no se aclimató nunca como mexicana. Completa el reparto un inspector de policía, bonachón y típico, logrado con facilidad por Mario García González. La escenografía de David Antón es sencilla y cumple. La dirección del experimentado actor Edmundo Barbero sencilla, demasiado sencilla y, en algunas escenas, bordeando la simplicidad.