De Sergio Golwarz, sólo sabía como asiduo a los restaurantes nocturnos, que es un buen violinista y que tiene "una melodía para cada cliente". Es mucho, porque cada cliente habrá de tener sus preferencias y serán escasos los que coincidan en sus melodías preferidas. Una carta del violinista Golwarz me reveló su triple personalidad de regente de club nocturno, hábil y complaciente violinista y empresario de teatro.
"Dentro de pocos días -me comunicó el 24 de julio -, el viernes 1o. de agosto, a las 21 horas, presentaré en el teatro Moderno (Marsella 23, entre Dinamarca y Berlín), la obra El deseo muere con los años, cuyo autor es Daniel Sala (Rosario Vázquez), modesto cronista cinematográfico de Ultimas Noticias que, con el éxito arrollador obtenido por su obra en La Habana, se ha reveladó como un dramaturgo excepcional. Los papeles estan a cargo de Fina Basser y Magda Guzmán, y ambas se adaptan extraordinariamente a los personajes de la obra. La una por su plasticidad escénica, y la otra, por su ardiente temperamento y asombrosa intuición. Dirige el joven -veterano Rafael Banquells-. No me mueve, al iniciarme como empresario teatral, el afán de lucro, que, por otra parte, sería difícil achacarme, tomando en cuenta la desproporción entre los gastos y la reducida capacidad de la sala; sino un sincero interés hacía el arte teatral y el deseo de estimular a los autores mexicanos o residentes en México, así como también la esperanza de poder ofrecer al público lo más valioso del repertorio teatral contemporáneo. Estos son mis proyectos y mi deseo; de los resultados usted juzgará".
Doña Rosario Vázquez es de origen español y llegó a México después de la caída de la República Española. Esto quiere decir que lleva |
muchos años entre nosotros y que conoce nuestro medio teatral y los gustos del público comercial para el que se propone escribir teatro. Sin embargo, se probó primero ante el público habanero. Su pieza El deseo muere con los años, título arbritario a mi ver, porque estimo que es todo lo contrario: el deseo se acrecienta con el paso de los años, se representó por primera vez, recientemente y al parecer con éxito, en un teatro de La Habana, por Carmen Montejo en una de las dos protagonistas, únicos personajes de su comedia. Todavía no es tiempo de considerar si el éxito habanero será refrenado por el público mexicano, por lo pronto, la noche del estreno si bien la comedia se escuchó con interés por el escaso público de invitación que concurrió a la velada, convenció poco, lo que no fue obice para que al fin se aplaudiera a las intépretes y a la autora. También salió a recoger aplausos el director y hubó flores para ellas.
La comedia de la señora Vázquez es un largo diálogo entre dos mujeres, amigas desde la infancia, una soltera -que conoce de la vida todos sus secretos sexuales- y la otra casada, con hijos y ... con amante. Hablan y hablan y en la escena no ocurre nada. Todo se lo cuentan ellas mismas. A veces como sucede con frecuencia en los argumentos en que interviene uno o dos personajes, toma parte otra voz al través del teléfono. La historia que cuentan y viven a medias toma diversos rumbos, intentando desconcertar al espectador. Cuando una de ellas revela que, por amor, ha asesinado a la supuesta amante de su marido, la desilusión se apodera del público. Y no porque esté mal llevado el diálogo, bien escrito y ágil, sino porque al final de la obra todo se ha quedado en... "platica de familia", y para oir como
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discuten, se reprochan, muestran sus pasiones o revelan sus odios dos mujeres, no se va al teatro.
Dos actrices de temperamentos distintos tienen a su cargo la interpretación de éste diálogo dividido, por ncesidades de tiempo, en tres porciones. La argentina Fina Fasser, que domina bien su oficio de comediante y que esta muy ponderada y en frecuentes momentos muy humana, y Magda Guzmán, de temperamento más inquieto -que no es lo mismo que dramático- y que esta sobreactuada en voz, gesto y ademán, bordeando lo falso en aquellos pasajes que ella supone más dramáticos.
Para una comedia de tan escasa acción y con tan reducido material humano se eligió a un director que, por su trayectoria francamente comercial y por su profesión de actor sin una amplia preparación cultural, no era fácil que acertara. En efecto, el señor Rafael Banquells no captó el clima intimo de odio, de angustia y desesperación en que se desenvuelve el diálogo de la señora Vázquez, ni entendió la sicología de los dos personajes femeninos que, como ardillas, se pasan la vida dando vueltas dentro de la jaula de una vida que es su propia cárcel. Ni siquiera las movió con naturalidad o con hábilidad. En una palabra, el señor Banquells no entendió a la autora; por eso el divorcio entre acción y dirección se hace patente desde las primeras escenas.
Don Sergio Golwarz debe considerar en lo futuro que así como el tiene una melodía para cada cliente, cada comedia tiene un director... |