El panorama teatral metropolitano no ha mejorado gran cosa. De tres estrenos recientes debemos información a nuestros lectores, y ninguno de los tres, no obstante que alguno de ellos fue presentado con excepcional categoría, según se entiende está en el teatro donde, fue presentado, que no es otra que invitar a una nómina completa de la sociedad cinematográfica y galante que en ocasiones como ésta se reúne para conocerse o reconocerse, alcanza categoría de excepcional. Seguimos en plan mediocre, y desorientados.
El primero en tiempo, y por éstos en derecho por méritos propios, es el discreto espectáculo que presenta el teatro estudiantil de la Universidad Nacional Autónoma de México, en la breve sala Villaurrutia (a un costado del teatro del Bosque), gratuitamente. Bajo la dirección del joven y talentoso estudiante y actor Juan José Gurrola, que ya acreditó ambas aptitudes como intérprete de Poesía en Voz Alta, y como conductor de La hermosa gente, de William Saroyan, un grupo de estudiantes de la Universidad de México viene representando -por primera vez en México- The Skin of our teeth, de Thornton Wilder. La pieza de Wilder es ambiciosa y está muy por encima del conjunto de jóvenes de buena voluntad que la interpretan. Diré algo sobre esta obra, antes de que llegara a México: La primera función de La piel de nuestros dientes, tuvo lugar en el teatro Shubert en New Haven, Connecticut, en octubre 15, 1942. Se estrenó en Nueva York en el teatro Plymouth en noviembre 18. Fue producida por Michael Mayerberg y dirigida por Elia Kazán. El papel de Sabina fue representado por Tallulah Bankhead, el señor y la señora Antrobus por Frederic March y Florence Elridge, los hijos por Montgomety Clift y Frances Heflin.
En la producción inglesa en el teatro Phoenix en mayo 16 de 1945, fue dirigida por Sir Laurence Olivier y en el papel de Sabina, Vivien Leigh. Esta temporada la produjo H. M. Tennet Ltd., yéndose de gira hasta Nueva Zelandia y Australia en 1948; el papel del señor Antrobus |
lo hizo entonces Sir Laurence Olivier. En junio de 1955, y como parte del festival Salut á la France, fue producida esta obra por el Teatro y Academia Nacional Americana en París con gran éxito.
La obra de Wilder es estupenda, y tan ambiciosa como excelente. Pero, en verdad, queda inédita, no obstante la magnífica interpretación que le dan los alumnos de la Escuela Nacional de Arquitectura. Imagine el lector el símbolo escenificado de la familia de Adán y Eva, después de la tragedia entre Caín y Abel, antes de que el Creador separara la luz de las tinieblas, en el momento en que es poblada el Arca de Noé, hasta las postrimerías de la guerra del 14.
Si los elementos indispensables para una gran escenificación, esta pieza es como una lectura con movimientos y "trastos" para ayudar a la imaginación del espectador. A pesar de todo, es digna de escucharse -y de verse con espíritu tolerante- actuada por los jóvenes que dirige Gurrola, que se muestran empeñosos, estudiosos y entusiastas. El movimiento escénico está siempre bien resuelto y a pesar de lo primario del espectáculo conmueve al espectador. Recojo algunos de los nombres de los principiantes intérpretes: Carmen Bassols, Trini Silva, Lucille Urencio, Héctor B. Ortega, y Benjamín Villanueva, todos ellos dirigidos no sólo con habilidad e ingenio, sino también con talento, por Juan José Gurrola. La traducción de José Luis Ibañez es fresca y flexible.
El segundo de los espectáculos en derecho, aunque no en tiempo; porque antes fue el estreno de El caso de Jorge Lívido, en el Insurgentes, en función para la cual no hallamos boletos en taquilla, ni de cortesía, por descortesía de la empresa, es el que con éxito de risa loca se viene representando desde el sabado 26 en el teatro Sullivan. Con el título de Cocoliche se ha reprisado una vieja -no confundirla con antigua- comedia disparatada de Jean de Letraz, que conocimos en México con el nombre de Bichón, allá por los años 36 o 37. Los franceses tienen en término sinónimo del |
que los españoles usan para designar las comedias absurdas, de situaciones inverosímiles o que son, en fin, un disparate. Llaman pochade a lo que los españoles denominan astracán. Cocoliche es una auténtica pochade sin más ambición que la de hacer reír, y que esta vez conserva un viejo encanto gracias a la dirección del actor Jesús Valero, que no puede ser más anticuada, o más antimoderna, que para el caso es lo mismo. Nunca fue Valero cuando ejerció la profesión de actor que se perdiera de vista; tampoco llegó a mediano director. Ahora, que vuelve de la TV, no puede haberse transformado. Por eso la dirección de Cocoliche no puede evitar un tufillo a cosa marchita, a ese algo indefinido que deja el paso del tiempo sobre las cosas guardadas en lugares húmedos y obscuros. Sin embargo, la ingeniosa situación inicial de la pieza, y las que de ella se derivan, no ha perdido agilidad y esto salva a la comedia... si el espectador es de aquellos que aparte de no exigir nada; se conforman con todo lo que les den.
Hay de todo en la viña de la representación del Sullivan. El gran actor Miguel Manzano crea un tipo, como tantos semejantes que logró conformar con éxito en las remotas temporadas del teatro Ideal. José Gálvez hace gala y derroche de su profesionalismo y del dominio de su oficio de actor, creando a su vez un gran tipo cómico. Consuelo Guerrero de Luna, Ada Carrasco, Freddy Fernández y Miguel Suárez cumplen discretamente, y se destaca, como lunar, una agraciada chiquilla a la que, presentan como actriz, y la verdad es que todavía no tiene nada de eso. Chapotea en la comedia como una chiquilla a la que sin saber nadar, la arrojaron de pronto a un estanque. La anuncian, por un especial corte de pelo, como una doble de Marina Vladi. ¿Cuándo el disfraz ha hecho al personaje? No; el hábito cinematográfico no hace al monje de teatro.
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