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Manuel José Othón, Como autor dramático.* VIII

Armando de Maria y Campos

    "...He llevado una gran desilusión. Hay en la música cosas no sólo buenas, sino excelentes, petro hay grandes caídas y, sobre todo, la música no es genial siquiera, y en lugar de pasar la escena en el reino de Pátzcuaro, bien podría pasar en el Uruguay o en la India o en Vizcaya o en cualquier parte y cualquier época. Sólo hay algo en ella de lo que se eche de menos, pero es tan poco que casi no se nota, pues serán cinco o seis compases, y es el principio de la marcha tarasca por los caracoles, en el cuadro cuarto... Lo que hay muy de bueno es el aria del primer acto, porque es muy hermosa, aunque ya te digo de qué defecto enorme adolece. En el cuadro segundo es regular el aria de Atzimba de la escena y el dúo con Jorge que le sigue; pero en el segundo acto todo es malo, sobre todo ese famoso cuadro donde hay un ruidazo enorme y bárbaro que, sin entenderse nada, que da un sordo y aturdido. Yo le dije a Castro que era más papista que el Papa, es decir, más wagneriano que Wagner, y a él, aunque se rió, yo creo que no le gustó el elogio"... "La obra maestra es el intermezzo; eso es divino, encantador y no hay elogios bastantes para él; pero podría ser intermezzo de cualquier otra ópera o ser pieza suelta. No así el de la Cavallería que es profundamente religioso y conviene al acto en que se celebra dentro de la iglesia, la misa de resurrección. El de Castro fue repetido y estrepitosamente aplaudido y aclamado... Lo que sí notarás en el libreto que teenvío-que es detestable por cierto-, es que hay unos plagios formidables de la Aída, tales

 

como el cuadro segundo; el cuarto y el sexto, que te marco con lápiz rojo. Un clubman, que así se llaman los tipos de la 'crema', los del Jockey Club, y que son muy brutos, dijo una ocurrencia con mucha gracia y muy punzante por cierto, cosa rarísima de ellos. Al decirle un amigo mío: -¡Qué! ¿No va usted a la Atzimba? -contestó: -No, hombre, si eso es Aída en Santa Anita. Lo que nos hizo reír muchísimo".
    La pasajera estancia de Manuel José Othón en México seguramente para visitar a su protector y amigo el general don Bernardo Reyes, entonces ministro de Guerra y Marina, fue aprovechada por la compañía de Virginia Fábregas, que dirigía el avispado esposo de esta bella actriz, Pancho Cardona, para representar el drama othoniano Después de la muerte. La representación fue fijada para la noche del 9 de noviembre y a ésta debería haber asistido Othón como invitado de honor. El autor se presentó cuando se representaban las últimas escenas del tercer acto. Apenado, trató de pasar inadvertido ocupando una de las butacas de las últimas filas, pero avisada Virginia de la presencia en el teatro del poeta al concluir la representación lo hizo subir al escenario, siendo recibido el autor por el público entre aplausos y dianas. Esa misma noche se planéo representar durante la semana próxima el otro drama de Othón. Lo que hay detrás de la dicha. Dos días después la compañía Fábregas Cardona se disolvió.
   Hasta 1904 no sabemos de otra incursión de Othón al teatro. Fue en Monterrey, otra vez visitando al general don Bernardo Reyes y a su

familia. La esposa del general, doña Aurelia Ochoa de Reyes, le pidió un monólogo para alguna fiesta de caridad, y Othón la complació enviándoselo desde San Luis con tiempo tan limitado, que el manuscrito llegó el 18 de mayo, víspera de la velada. La señorita Otilia Reyes se desveló toda la noche, se aprendió de memoria el monólogo y éste fue recitado durante la fiesta prevista el 20 de mayo. De este suceso social queda un telegrama del poeta Celedonio Junco de la Vega a Othón que dice: "Monólogo recitado anoche magistralmente. Teatro pleno. Exito colosal. Ovación estruendosa".
    El año 1905 España y los países de habla española conmemoraron el tercer centenario de la primera parte del Quijote cervantino. San Luis Potosí también organizó una serie de actos que prepararon y realizaron con éxito los más destacados intelectuales potosinos, entre ellos Othón. Tres días duraron las fiestas cervantinas, del 7 al 9 de octubre. A las nueve de la noche de este último día tuvo lugar en el Teatro de la Paz una larga velada literario musical, como se decía entonces, cuyo número décimoprimero fue cubierto con la representación de El último capítulo, drama en un acto, en prosa, escrito especialmente para esa velada, por Manuel José Othón, quien también la dirigió, aunque fue ensayada escrupulosamente por el viejo actor Felipe Manrique de Lara.

* Una novena parte de esta crónica se publicó el 12 de agosto de 1958.