El drama de Othón Después de la muerte concluye en forma espeluznante. Virginia, acepta la proposición de Edmundo para que rehagan su vida, ella abandona a Eugenio que no la ha hecho su esposa y partirán rumbo a Europa. Pero se interpone Valentín, el hermano que quiere vengar la honra de la casa. Salen a batirse el tenorio y el hermano vengador. Se oye una detonación. ¿Quién fue el muerto? En ese instante entra a escena el marido, también sediento de venganza. El que aparece en seguida, es el seductor. Virginia quiere salvarlo de las iras del que no llegó a hacerla su mujer. Por supuesto, no lo logra. Esposo ofendido y seductor sin escape salen, también a batirse. Virginia se interpone inútilmente. Y surge la escena última.
Virginia.-(Al arrojarla los dos, ha quedado postrada en el suelo; se levanta, quiere seguirlos, llega a la puerta, y allí se detiene desfallecida y temerosa. Todo como la actriz lo crea oportuno). ¡No... no puedo... me faltan las fuerzas para llegar... y para verles... ¡Qué horrible castigo...! ¡Prefiero el infierno a esta tortura! (Se oye el chirrido de los hierros al estrecharse; luego se escucha un grito ahogado de agonía que lanza Edmundo. Virginia en el colmo del espanto y ya desfallecida completamente, exclama con acento trágico y delirante): ¡Jesús!... ¡Sangre... más sangre aún...! ¡Me estoy ahogando en un mar de sangre...! (Cae desplomada y sin sentido, precisamente en el umbral de la puerta cerca de la cual estará. Aparece Eugenio en la actitud que su talento aconseje al actor.)
Eugenio.- Me he vengado. (Tropieza con Virginia y se detiene contemplándola). (Breve
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pausa). ¡Muerta! (Inclinándose sobre ella). ¡No... respira...! (Con repugnancia y horror). Está viva... Para siempre voy a dejarla con su crimen y su conciencia a solas. Pasa sobre ella y se detiene un momento).
"¡A la mujer fraticida, Dios misericordioso, aunque ofendido la perdone... ¡A la meretriz infame que ha matado mi dicha y mi honra, y ennegrecido mi existencia... yo, miserable arcilla, no puedo perdonarla.
"(Se va precipitadamente por la primera derecha) (Telón muy rápido)."
Con todos los defectos naturales en un escritor que no frecuentaba el teatro, este drama de Othón es excelente dentro del marco de su época, y es quizás de todos los de su tiempo, el que refleja, al través del cristal español -todo es según el color del cristal con que se mira-, con más fidelidad las malas costumbres de la sociedad porfirista.
Hasta 1892 Othón no vuelve a escribir teatro. No cabe, dentro de los límites de este ensayo, seguir paso a paso la obra de Othón como príncipe de los poetas americanos. Othón vive intensamente su vida provinciana, pero aún más intensa en su existencia poética. Como todos los escritores de su tiempo aspira a ocupar un sillón en la Academia y es uno de los pocos que logra convertir en realidad sus sueños. El diploma que lo acredita como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente a la Española, está fechado el 31 de Mayo de 1892 y fue firmado por don José María Roa Bárcena, como presidente y don José María Vigil como secretario. No alcanzó este sillón por sus méritos como dramaturgo, sino por sus excepcionales dotes de poeta. Pero estoy cierto |
que si Othón no hubiera escrito poesía, sus dos dramas ejemplares podrían muy bien haberle abierto las puertas de la Casa de Cervantes. Pero el poeta, ayer, y como siempre, está muy por encima del dramaturgo.
Según datos comprobados, el 7 de marzo de 1892 escribió el monólogo Viniendo de picos pardos, para una fiesta social. Fue interpretado por el joven Miguel R. Soberón. A fines del siglo era muy frecuente solicitar a los poetas con alguna nombradía esta clase de trabajos, verdaderos juguetes literarios que más comprometían que laureaban. De Juan de Dios Peza, por ejemplo, nos quedan una media docena, todos de circunstancias y por esto costumbristas, ahora considerados como pequeñas etapas de una época.
Ocho años después Othón estableció un nuevo contacto con el teatro, esta vez como crítico. Othón fue un crítico agudo, severo y sincero en sus juicios. La noche del 11 de noviembre de 1900 asistió a la segunda representación en México del poema musical Atzimba, de Ricardo Castro, que se había estrenado la víspera y a cuya función no pudo asistir por carecer de frac, indispensable entonces para este espectáculo, al que concurría lo mejor de la sociedad porfirista. Othón, en una carta a un amigo aún no identificado, hizo uno de los mejores y más sinceros juicios de esta ópera mexicana -así fue anunciada-, que aun hoy se tiene por una de las más sobresalientes de nuestro escaso repertorio. Es esta, en la parte que corresponde el presente relato:
(Continúa)... |