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Manuel José Othón como autor dramático. VI

Armando de Maria y Campos

    Porque Manuel José Othón considera el monólogo que pone en labios de Virginia "base" de su drama Después de la muerte, conviene qué el lector no lo ignora y porque también es gallarda muestra de cómo monologaban las actrices sin que el publico tuviera la impresión de que estaban medio locas:
    Virginia.-La bendición de Dios sobre mi frente... ¡qué horror!... Yo deberé llevar en mi rostro un sello de maldición. Estoy engañando a un hombre digno y honrado que me adora con toda su alma! (pausa). El despecho... ¡oh!... ¡maldito despecho!, me arrastra a cometer el crimen del engaño y de la burla, porque burla y engaño son el fingimiento del amor al ser generoso que me creé, porque me ama. ¿Qué voy a hacer? ¿Le diré que mi amor era mentira y que no puedo casarme con él porqué ya no tiene lo que tenía?... ¡No!, entonces apareceré vil y miserable a los ojos de mi hermano, a sus ojos y a los del mundo entero. Díriase que no pude llevar una vida de privaciones al lado de una persona amada, y que era más grande que mi vanidad que mi corazón... (Con voz sorda, horrorizada y como si temiera oírse a sí misma). Descubriréle que estoy deshonrada... que no soy pura como él creé... que bajo cuatro palmos de tierra y en el oscuro rincón de un cementerio, hay un testigo mudo, pero terrible, que no hablará nunca, pero que siempre está delante de mí, que me acusa, que me grita, que hambriento ruge por unirse a mi regazo y morder mi pecho y arrebatar una sonrisa a mis labios y una mirada a mis ojos que le dieran el aliento del cariño, negado a su alma, como negado fue a su boca el alimento del cuerpo!... ¿Direlé todo esto?... Que al padre de está criatura miserable, que me sedujó y me burló, es al único ser que he amado y que amo, cuya imagén se me presenta en espantosas noches de insomnio; y al contemplarla, a veces la maldigo y a veces la acaricio, y siempre, siempre inundo con lágrimas

el lecho y muerdo la almohada y crispo mis manos sobre mi seno, desgarrándome la carne y arrancándome con las uñas ensangrantadas pedazos de mi propio cuerpo... ¡Oh! ¡Edmundo! ¡Edmundo!... Tú me arrebataste juntamente con la inocencia, la idea del cariño para los demás. Yo no creo que se pueda amar a nadie más que a ti... ¡Pero no!... Si te aborrezco!... Si porque te aborrezco voy a unirme con otro hombre a quien no amo, a quien no puedo amar, aunque merece que le ame más que a ti... Si toda el alma te he llevado, y ya no queda ni un jirón para poder amar... Ay!... ¡Desventurada!... ¡Desventurada de mí! (Cae sollozando en un sillón. Pausa). ¡Qué haré, Dios Santo!... Eugenio nada sabe; nada sabe del mundo; todos lo ignoran... pero... ¿lo sabrán tal vez?... ¿No puede ser! El hombre miserable que se llevó entre sus brazos los harapos de mi honra, ha callado hasta hoy; y si vuelve alguna vez, seguirá callando. Y él es el único que lo sabe. Al ofrecer mi corazón y mi mano a este ser noble que tanto me adora, no creí que llegara nunca este momento, continuamente aplazado por mí, de hacer la tremenda revelación; revelación que me convertirá en un ser abyecto y corrompido y que... ¡no!... ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Imposible!... Si el despecho lo abrasa y la cólera lo ciega, me escupirá al rostro su desprecio y al mundo arrojará mi deshonra... y mi hermano (con horrible espanto), mi hermano me mataría. Si a él es a quien más temo; y cuenta, que al mundo le tengo un miedo horrible... (pausa). He dicho ya que me casaré y me desprenderé de mi patrimonio. Creía que todo lo sabía Eugenio y que buscaba un prtexto para romper nuestros lazos; y la idea únicamente de que alguien, uno solo lo sospeche, me enloquece y golpea en el cráneo como un martillo incandescente... Pero no lo sabe, no lo sabe, y yo... yo he consentido. (Pausa). Volver atrás,

¡imposible!... ¿Avanzar?... ¡Cuánta infamia y qué maldad! (Transición brusca), ¡no! No puede ser infamia... Si también creo que amo a Eugenio, y si no es amor lo que por él abrigo, no sé cómo se llame este sentimiento que a admirarle y bendecirle me arrastra. (Dice estas palabras como queriendo engañarse a sí propia: es el sofisma que busca para convencerse de que no obra mal, pues siente interesado su corazón por el que va a ser su marido. Halagada por tales razones, se tranquiliza y empieza a soñar con su regeneración y con su felicidad al lado de Eugenio, hasta que al fin vuelve a la idea primitiva que a su pesar la domina, y vencida por el miedo, débil para la revelación honrada y leal, y arrastrada por las circunstancias, se decide a engañar, pues no le queda otro recurso, dada su manera de ser). ¡Qué loca soy! Si nada se sabrá; si nunca llegará a descubrirlo y me amará; yo le haré dichoso y creo... sí... Creo que le amaré con toda mi alma. Acaben de una vez tantas vacilaciones y sobre todo, esta espantosa situación que me está enloqueciendo y que me va a matar. (Queda pensando, como aturdida, al sentir que vuelve a su cerebro la idea primera, la de verdad, que en vano ha procurado desechar). Pero si así lo fuese... aún es tiempo, me arrojaré a los pies de Eugenio para que me pisotee y a los de Valentín para que me mate; y que befe el mundo, triunfen las que me envidian y me escarnezcan, arrojándome de sí, las mujeres honradas. ¡Si!... ¡No!... (Dan las nueve. Virginia lanza un suspiro y con risa convulsiva, exclama). ¡No! ¡No! ¡No! Lloren- los ángeles y rían los demonios! ¡Alégrese el infierno enlútese de dolor el paraíso!