Continúo con la historia de Othón, autor de teatro.
Estas reservas del autor no llegaron a ponerse en práctica, porque el drama Lo que hay detrás de la dicha no volvió a representarsse en San Luis Potosí, y no sabemos si la compañía de Concepción Padilla lo repitió en alguno de los teatros del interior en alguna de sus giras.
Según Zavala, "en él se exagera el sentimiento del honor mancillado, de tal suerte que aparece ridiculizada a los ojos del espectador y, como en las obras de Echegaray, la mancha se lava con sangre en un doble duelo en que parecen dos de los combatientes. Además los personajes se expresan ampulosa y melodramáticamente. Por eso el drama, aunque ovacionado, no alcanzó el éxito apetecido".
Zavala juzga este drama de Othón como biógrafo-poeta, y no como biógrafo-crítico teatral. Los dos dramas de Othón son buenos, mejor el primero que el segundo, para el público de aquellos años y dentro del marco del género que se llevaba entonces. Todo el teatro de Echegaray, en prosa o en verso, es ampuloso y melodramático. Sus seguidores, que fueron muchos en México y España, tenían que darle gusto al público creando personajes de este corte y llevándolos a situaciones violentas y melodramáticas. Si Othón hubiera estrenado sus obras quince años después, cuando Benavente reformó el teatro español, haciendo que los personajes, al revés de los de Echegaray que estaban siempre en ficción, hablaran llanamente, como en sus casas, tal vez hubiera producido comedias finas y de costumbres como El nido ajeno o Gente conocida. La crítica sana, objetiva, debe considerar la obra dramática, cualquiera que sea su conducción, en el momento y en las circunstancias en que fue
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escrita.
No hay que buscar al Othón
montaraz complicado de príncipe y poeta,
rústico de exquisita finura espiritual,
que describiera Urbina en exquisito soneto, es decir, al gran poeta de los poemas rústicos. Casi no hay que buscar en el a un poeta. Magnífico verrsificador y ya con gusto literario depurado, el Othón que escribió el drama Después de la muerte, era un gran versificador, un ágil y fluido compositor de dramas al estilo echegarayesco de la época. Componer he dicho, porque este su primer drama está muy bien compuesto. Todo a la manera de Echegaray o de sus seguidores. El asunto es de los más efectistas para la época. Una madre adúltera y un marido que no se entera de la grave falta, hasta que un amor inexplicable entre los dos hermanos que ignoraban su adulterino parentesco, pone en guardia al marido y lleva al padre ofendido largos años a un desafío en el que mata al hijo adulterino de la esposa que proyecta su falta "después de la muerte"
Los personajes están muy bien vistos y sus caracteres sostenidos, dentro del estilo que gustaba por los ochenta. La versificación, toda ella en verso corto, hábiles y espectaculares redondillas, es fluída, y la composición dramática medida, bien conducida y teatral. Podría representarse con éxito, respetando actitudes y expresión suntuaria.
La pieza alcanza su clímax durante la escena octava del acto tercero, en la que el padre llega, pálido, descompuesto, con la cabeza descubierta y el cabello en desorden, de regreso del campo del honor, después de haber matado al supuesto amante de su hija y que era en
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realidad el hijo adulterino de la esposa, -¡espantoso!, ¿verdad?
Tres años después, Othón, más maduro como escritor, pero menos poeta como autor dramático, estrenó el drama Lo que hay detrás de la dicha, en prosa todo, y con escaso aliento poético. Es inferior a Después de la Muerte, como obra teatral y como creación literaria. También se basa en un tema de adulterio, sólo que éste es prenupcial. La acción ocurre en México, sus dos primeros actos en la metrópoli, en alguna casa muy cerca del templo de La Profesa, según se indica en el diálogo. Una joven de la más alta clase de aquella época llega impura al tálamo nupcial; el novio lo descubre en un teatral mutismo de la recién desposada, y como supone que ha sido víctima de un engaño premeditado por la joven deshonrada y su hermano, se desespera. Se suceden, bien hilvanadas y bien construidas, escenas de alto melodrama que tratan de reflejar costumbres de la época, pero falsas, a menos que no se cuente con un público ingenuo. El melodrama concluye en drama pavoroso, con la muerte del seductor y del hermano de la mujer ultrajada, éste a manos de aquél, de un tiro, y el tenorio a manos del fallido marido. Abundan los monólogos y los "apartes" que ahora no dejan de provocar melancolía y comprensiva sonrisa. La séptima del primer acto que es un monólogo a cargo de la preadúltera Virginia, y la final del tercer acto de un patetismo atroz, pavoroso. Othón se revela autor capaz de estrujar a los públicos, señalando a los actores como deben actuar para proyectar mejor sus pasiones, haciendo uso de acotaciones como la que precede a la escena que reproduciré que dice: "Siendo este monólogo la base del drama, el autor lo recomienda muy especialmente a la actriz". |