Teseo. Teatro Xola. Autor: Emilio Carballido.
Dirección: Salvador Novo. Escenografia y vestuario:
Julio Prieto. Reparto: Alberto Sayán, Héctor Ortega, Antonio Gama, Meche
Pascual, Yolanda Guillaumin, Pilar Souza, etcétera...
Con la presentación de dos obras cortas: Teseo y Cuauhtémoc, de Carballido y de Novo respectivamente, se abre una nueva
etapa en los teatros del IMSS, ya que son parte de un programa cuyo propósito
es dotar de repertorio a los Clubes Teatrales de los Centros de Seguridad
Social para el Bienestar Familiar. Esta preocupación del Seguro Social por
ayudar a la creación de un repertorio de obras mexicanas destinadas al pueblo,
es encomiable, y más aún cuando al ser llevadas a escena en forma profesional,
se han empleado para su interpretación a los jóvenes valores, salidos de las escuelas
de arte teatral. Esta última generación de actores es la esperanza del teatro
en México, esperanza para su renovación, para la abolición definitiva de los
vicios histriónicos de que adolecen aquellos intérpretes formados dentro del
teatro español melodramático y superficial, que por fortuna está siendo
combatido desde los escenarios experimentales y algunos profesionales, desde
hace ya varios años.
Con Teseo, Carballido demuestra una vez más ser uno de los autores
mexicanos de mayor consistencia. Aun cuando esta tragicomedia no es de las
mejores obras de este autor, se advierte en el transcurso de toda su obra
creadora una continuidad de la que pocos dramaturgos pueden preciarse. Sus
obras, por diversos que sean los géneros por él seleccionados para expresarse,
siempre arrojan un coeficiente de rebeldía ante la injusticia social, o ante
las tiranías despóticas, o ante los vicios de cualquier género en una sociedad.
Sea apenas visible o sea enérgicamente, su producción siempre lleva impresa una
denuncia, un hálito de valentía y de solidez ideológica; esta misma solidez
puede apreciarse en su técnica; domina su oficio y todas sus obras acusan un
estilo propio -aun cuando unas hayan tenido mejor fortuna que otras- cimentado
firmemente en una técnica bien asimilada.
En esta obra, Carballido presenta a
Teseo como un personaje diferente de cómo lo pinta la mitología, con el objeto
bien determinado de hacer patente cómo un hombre que parece que va a destruir
un mal de la Humanidad: la subordinación injusta de los hombres a otros
hombres, cae en la tentación y se convierte también él, en subordinador.
Para ello sólo le basta al autor trocar lo que la mitología describe como un
descuido (el no izar las velas blancas) en un acto deliberado y consciente.
Desde luego dando al personaje una conducta coherente con esta actitud.
El personaje más difícil de
delinear -y de interpretar- es sin duda el Minotauro,
al que presenta lo mismo agresivo que capaz de ternura, lo mismo acusador que
culpable, lo mismo renuente a todo contacto con la realidad que ávido de
conocer el mundo que lo rodea; igual solitario que necesitado de comunicación,
igual despótico que dócil. Héctor Ortega, que desempeñó este difícil papel,
hizo de él una creación. No hubo matiz que no correspondiera con el exacto
estado de ánimo que prevalecía en ese |
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diorama
teatral
por mara reyes |
momento en el Minotauro.
En cuanto a sus movimientos, dotó al hombre-toro de una gran pureza plástica.
Alberto Sayán -que interpretó el Teseo- es un hallazgo para
nuestro teatro. Su figura, su presencia escénica, lo favorecen, y con un poco
más de experiencia su temperamento lo hará descollar como un actor vigoroso sin
duda.
Antonio Gama es de los actores que han ido superándose y
añadiendo con cada presentación un peldaño más a su carrera profesional. En la
personificación del Rey Egeo se advierte ya en él madurez interpretativa.
Sobresalen igualmente Pilar Souza, Meche Pascual y Yolanda Guillaumin,
tres actrices de verdad.
La dirección escénica es fluida, ágil, intencionada y
convincente, a pesar de la poca ayuda que recibió de la primera escenografía de
Julio Prieto, la cual, con ese barquito un poco de caramelo impide al público
fijar toda su atención en los acontecimientos a que la acción conduce, ya que
distrae, en vez de rendirse a las necesidades de la obra. En cambio, la escenografía
del laberinto sí creó un ambiente y un estado de ánimo propicio en el
espectador, cosa que el director supo aprovechar.
Cuahtémoc. Teatro Xola. Autor y director: Salvador
Novo. Escenografía y vestuario: Julio Prieto. Reparto: Juan Felipe Preciado,
Alberto Sayán, Antonio Gama, Ángel Pineda, Ricardo Fuentes, Clementina Lacayo,
Yolanda Guillaumin, etcétera...
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Es para e1 autor de esta obra
un mal antecedente haber estrenado su Cuauhtémoc después del sonorísimo fracaso de la obra que con el tema de la conquista española
en México Corona de fuego realizara
uno de nuestros más insignes dramaturgos: Rodolfo Usigli.
A aquellos que la recuerden quizá les espante un poco asistir a un nuevo Cuauhtémoc, pero por fortuna la obra que
ahora nos ocupa, menos ambiciosa que la de Usigli,
pero más sincera, es en su género ejemplo de sentido dramático.
Esa actitud del autor ante el
hecho histórico, confesada a través del indio actual (que después toma el papel
de Cuauhtémoc) de que nosotros tenemos la libertad de pensar en los héroes
pasados, no como ellos fueron en realidad -eso es lo que menos importa- sino en
“cómo hubiéramos querido que fueran”, dado que en esta forma son más vigentes
para nosotros, es una postura que obliga al autor a un tratamiento mucho más elástico,
imaginativo y a la vez directo, que el que se requeriría de atenerse
estrictamente a la historia rigurosa y a veces ofuscada del investigador. En
una palabra, en Cuauhtémoc hay arte
al mismo tiempo que es el grito de una raza que siente sublevarse en su
interior el instinto que clama por la libertad material y espiritual. ¿Y podemos negar, parece decir el autor, que actualmente hay
otros conquistadores, igualmente ambiciosos,
igualmente subordinadores [sic], igualmente destructores de nuestra consciencia |
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y nuestras costumbres, que
aquellos españoles del siglo XVI, de los cuales, como Cuauhtémoc, tendremos que
defendernos, y contra los cuales es nuestro deber luchar hasta el fin? Es por
esto que el indio de hoy, de ahora, de nuestro tiempo, de nuestra segunda mitad
del siglo XX, es el que encarna a Cuauhtémoc. Es por esto que Novo se sirve del
recurso del “distanciamiento”, un poco a lo Brecht, para hacer claro al
espectador que aquello que ocurrió en aquel tiempo puede ocurrir hoy -si no es
que está ocurriendo-. Puede decirse que la utilización de este recurso le abre
al autor un campo insospechado a su producción, ya que muestra una enorme
fluidez en el manejo de esta técnica. Por otra parte, su labor como director
fue acertadísima.
La interpretación de Cuauhtémoc está a cargo de uno de los
jóvenes actores y directores que más han sobresalido en el campo experimental:
Juan Felipe Preciado, quien en esta ocasión entra por la puerta grande al
teatro profesional. Ojalá que ello no le perjudique como a otros que se dejan
llevar por la facilidad y no saben mantenerse en el nivel que han alcanzado.
Juan Felipe Preciado merece una buena acogida ante todo por la firmeza con que
supo tomar las riendas de ese personaje legendario al que ha interpretado con
toda propiedad.
Sobresalen por su correctísimo trabajo: Antonio Gama, Alberto
Sayán, Ángel Pineda y en general todos los actores: Clementina Lacayo, Yolanda Guillaumin, Helio Castillos, Ricardo Fuentes, Carlos Pouliot, etcétera... cuidan igualmente sus interpretaciones.
La escenografía de Julio Prieto, sencilla, aprovechando niveles
y planos mejor que grandes construcciones, resultó sencilla, de buen gusto y
más al servicio de la obra.
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