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Panorama desde el puente, de Arthur Miller, en la sala Chopín

Armando de Maria y Campos

    Arthur Miller es uno de los dramaturgos contemporáneos más destacados. Probablemente el primer autor teatral de los Estados Unidos. Entre nosotros no necesita presentación. Le conocemos al través de sus piezas La muerte de un agente viajero, en extraordinaria dirección e interpretación inolvidable de Alfredo Gómez de la Vega; The crucible (La prueba de fuego o Las brujas de Salem), y, ahora con Panorama desde el puente, gran espectáculo dramático que hunde sus raices en el teatro griego, compuesto por dos comedias dramáticas, la titulada Panorama desde el puente, y de Recuerdo de dos lunes. La primera, que se representa a un acto corrido, es a la que me refiero, dirigida por Seki Sano e interpretada, también magistralmente, por un grupo de sus discípulos.
    Panorama desde el puente, es una comedia dramática típicamente norteamericana. El algo que cualquier residente en Nueva York podría ver "desde el puente de Brooklyn", si pudiera con su mirada traspasar techos y paredes de sórdidas viviendas donde arrastran sus vidas miserables miles de ciudadanos norteamericanos. Miller, que se las sabe todas, tomó un conflicto de pasiones -en castellano hay dos antecedentes magníficos: Misterio de amor, de Adrián Gual y La malquerida, de Jacinto Benavente-, cuyos meandros vinieron con un lejano aire dramático que nos llegó de Grecia, y con él compuso una estrujante pieza de teatro en la que expone ángulos estremecedores de la vida de los bajos planos norteamericanos. Un matrimonio italoamericano, con una sobrina recogida. Él, es un estibador. Ella, una sombra que sufre. La sobrina, crece. De pronto llegan los lejanos parientes de una pobrísima ciudad italiana a la conquista del dólar. Vienen como "submarinos", es decir, que entran ilegalmente al país. Nada, como quien dice, para empezar. De pronto, del fondo de esas vidas miserables, surge la tragedia. El padrastro está enamorado sin saberlo de la chica: uno de los "submarinos", joven, fino, extraordinariamente rubio y bonito,

 

un artista italiano al fin, se enamora de la chica. Se enamoran los dos. El padrastro, celoso, lo denuncia como "submarinos". El otro, casado en Italia y con hijos, antes de ser devuelto a su país mata a quien los denunció. Eso es todo. Pero qué profundamente tratado, qué onda humanidad en cada uno de los personajes, y qué maestra manera de ir desarrollando una tremenda situación dramática, molécula integrada por relampagueantes escenas que son un himno doloroso de compasión a los que sufren una existencia dolorosa.
    Miller hace uso del coro -un cronista que escriba a vuela máquina dirá que es un simple narrador- en la persona de un abogado de Nueva York, de los bajos fondos de esta gran urbe contradictoria, que anuncia, refiere, comenta y justifica el caso... exactamente como el coro griego.
    "Esto es Red Hook -dice- un barrio bajo que mira a la bahía, hacía el mar, desde el puente de Brooklyn.
   "Aquí y allá, al correr de los años, se me presenta un pleito, y cuando oigo a las gentes contándome sus cuitas entreveo telarañas que se rompen, adriáticas ruinas reconstruyéndose; Calabria; y de pronto los ojos del quejoso parecen cincelados y me llega su voz sobre infinitas piedras derruídas...
    "En estas calles aprendió su oficio Al Caponé; y Franke Yale fue abierto en dos en esa esquina de Unión y President, donde tantos hombres fueron tan justicieramente muertos por hombres injustos.
    "Es diferente ahora, claro. Yo no guardo un revólver en mi archivo;  somos bien norteamericanos, bien civilizados; transamos por mitades, ahora. Y así me gusta más.
    "Y sin embargo, cuando hay buena marea, y el verde olor del mal entra por mi ventana, alzo la vista y miro las palomas  del pobre y veo los halcones, las águilas de caza de antaño, volando, crueles, sobre los bosques italianos"...
   Perdone el lector. Influído por el estilo que pondrá de moda Carlos Fuentes, he enchufado

un recuerdo en el relato. Decía que la obra es de un maestro de hacer teatro. Ojalá y corra buena suerte. Recuerdo en Miller el caso de Juan Belmonte y una profesía de Guerrita. El gran innovador del toreo toreaba tan cerca que nadie creyó que el trianero durara mucho en los ruedos. Entonces Guerrita produjo su célebre frase: "El que quiera ver a Belmonte, que se apresure...". Vaya usted, lector, a ver la comedia de Miller; puede que alcanze doscientas representaciones; puede que no. Así es de excelente y desconcertante.
    La interpretación es magnífica. El director Sano encontró al actor ideal para cada personaje. Wolf Ruvinskis se revela actor de primerísimo cartello en el protagonista Eddie Carbone, haciendo admirables equilibrios con la ternura y la brutalidad del personaje. Es, esta creación suya, un orgullo de nuestro teatro. Luis Bayardo, en el italiano rubio y exquisito, se sitúa también en un primer plano indiscutible.
    Narciso Busquets, en el otro italiano, deja correr el caudal de su gran temperamento dramático. Luz María Aguilar, dentro de su natural inmadurez, está fina, tierna, dulce y sobre todo ya actriz. Carmen de Mora no desentona, y en ésto está el mejor elogio que su labor merece, al lado de Ruvinski, Bayardo, Busquets y Luz María. Miguel Ángel Ferriz como el abogado Alfierí -la voz del coro-, da una lección de buen decir y de sobriedad profunda y humanísima.
    Insisto sobre la gran dirección de Seki Sano. Es sobria, eficaz, tallada en realidad. Una decoración funcional y práctica, de David Antón, contribuye a hacer de este espectáculo un suceso trascendente.
    Repito, como el Guerra: El que quiera ve a Miller, que se apresure.