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El extraordinario festival Xanat, en el corazón de Papantla

Armando de Maria y Campos

    Durante la euforia cívica de la presente jornada electoral, en la que he tenido el privilegio de participar en actividades ajenas a estas de teatro, que son, como saben quienes me conocen, las que no me dan para vivir pero cubren de satisfacción mis aficiones a la carátula, me ha sido dado presenciar un espectáculo en verdad extraordinario, como antes no había visto otro en la República, por su colorido y fuerza nacionalista evocadora, destinado exclusivamente a los visitantes a la tradicional gran feria del Corpus en Papantla, Veracruz.
    Conforme me adentraba, gota de agua en el mar del entusiasmo popular lopezmateísta, en el Estado de Veracruz, oí hablar más y más de la multicolor feria papantleca y de que este año y el novísimo campo Anáhuac se celebraría el domingo 8 por la noche el Festival Xanat (de la vainilla), en un escenario maravilloso, gigantesco teatro en círculo porque su área de 40 por 45 metros está rodeado de montañas cortadas en forma tal, que haciendo uso de rampas se puede descender al fondo de este gigantesco cono terrestre, sin perder de vista el escenario. Las rampas fueron ocupadas en su totalidad por los espectadores.
    Me desprendí de la comitiva oficial en Poza Rica para asistir al número de mayor importancia de la feria de Papantla de Olarte. El Festival Xanat fue armado- no me atrevo a hablar de producción-por el entusiasta Mariano Torres Carreño, quien encargó a Ventura de Castro el guión de este espectáculo que es una síntesis de la historia de los totonacas, indígenas que poblaron el territorio que hoy ocupan el Estado de Veracruz y parte del de Puebla, y que reconoce como capital folklórica al municipio de Papantla. Torres Carreño logró reunir diversos y valiosos elementos artísticos modernos que armoniosamente mezclados con las manifestaciones indígenas dieron un resultado excepcional. Edmundo Mendoza ideó la

 

coreografía para las escenas que ligan con las manifestaciones correográficas indígenas. Una partitura de Samuel Martí sirvió de fondo y pauta para las reconstrucciones históricas. La iluminación, espléndida y novedosa, fue confiada al ingeniero Guillermo Jasso, quien colocó dieciséis grupos de reflectores que cubrieron diversas áreas en particular y el conjunto del escenario total de este espectáculo. Torres Carreño se asesoró del profesor Efrén Orozco y en los conjuntos correográficos que no estuvieron a cargo de los indígenas tomaron parte como primeras figuras Caridad Valdés, Luis Fandiño y Edmundo Mendoza. Quinientos danzantes autóctonos relataron a través de diversas versiones correográficas que conservan prístina autenticidad la historia del pueblo totonaco. Negritos, guaguas, chéncheres, santiagos, moros y cristianos, chules, olmecas, y dos gigantescos palos voladores para que docena y media de portentosos acróbatas indígenas ejecutaran esta danza que es admiración y asombro permanentes de quienes la contemplan. (En el Festival Folklórico de España, el palo volador totonaco con sus danzarines en el aire papantlecos ganó el primer lugar en el concurso folklórico que acaba de celebrarse). Contribuyó a darle portentosa majestad a este espectáculo sin precedente en nuestra historia folklórica correográfica la participación de tres mil totonacas -hombres, mujeres y niños- con sus atuendos multicolores únicos en el mundo.
    El lector debe saber algo del pueblo totonaca para sentir mejor lo que fue el Festival "Xanat" de Papantla.
    Los totonacos llegaron al Anáhuac antes que los aztecas y, como todas las tribus aborígenes, procedían del Norte, de ese Norte misterioso del que siglos después de apoderarían hombres de habla inglesa. Los totonacos se establecieron primeramente en Teotihuacán y de ahí pasaron a

Tenamitic y, por último, hacia el noreste, donde los encontraron los españoles. Rico y accidentado territorio cuyas principales eminencias son los cerros Blanco, Zapote Bueno, Mirador, Culpelado. Dos Hermanos, Acucat, Coatepetl, Palmar, y que riegan multitud de arroyos que pertenecen a las cuencas de los ríos Cazones, Tecolutla y Nautla. Toda la región está perfumada por el voluptuoso aroma de la vainilla. Allí fundaron un imperio cuya capital era Mixquihuacan y que comprendía otros ciudades importantes, como Cempoala, que fue la primera ciudad que encontró el fiero y genial Hernán Cortés, cuando emprendió la Conquista de México. Los totonacos furon gobernados por nueve reyes amantes de la danza: Umeacatl, Xatoton, Tenixtli, Tanín, Nahuacatl, Itzhualtzintecuhtli, Tlahixchuateniztli, Catoxcan, Náhuatl y Eitzcahuitl. Los totonacas fueron sometidos por los mexicanos, de quienes eran tributarios a la llegada de los españoles. No staban contentos con el vasallaje y por esto recibieron a los españoles como a salvadores y se aliaron a ellos, para combatir a los aztecas. En su religión, en sus costumbres -todo ello traducido a danzas- sufrieron la natural influencia de los aztecas. Al totonaco llámasele también totomaco, totonaque y totonate. Pero todo ello no importa, ni tampoco que algunos los llamen en particular papantecos; lo correcto es papantleco. Pues bien estos indígenas tristes y elásticos, de piel color vainilla clara, de ojos negros y profundos, y cuyas mujeres son, de jóvenes, de una belleza impresionante, crearon este año para un público de 15,000 personas entre oriundas de la región y tres o cuatro desprendidas de la caravana lopezmateísta, el extraordinario espectáculo correográfico que empezaré a describir mañana.