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Isabel ama a un fantasma, de Julia Guzmán, por Rita Macedo

Armando de Maria y Campos

    No ha satisfecho, en general, a la crítica y al público de las primeras representaciones, el estreno de una de las más bellas piezas de Jean Giraudox, la titulada Intermezzo, estrenada en París hace más o menos veinte años. Y no ha interesado porque, propiamente, no se trata de una de las más difíciles y más hermosas creaciones de Giraudoux, sino de una nueva obra, basada en aquella cuyo título ya mencioné, y cuya adaptación se titula comercialmente Isabel ama a un fantasma.
    En efecto, entre una y otra obra no hay más relación que la semejanza en el tema, y cierto paralelisimo en el desarrollo. En realidad, doña Julia Guzmán ha escrito una comedia inspirada en Intermezzo, y a la que tituló como podía haber titulado una novela de misterio. La comedia de la señora Guzmán se puede escuchar con placer, porque contiene muchas bellas ideas de Giraudoux. La trama es la misma, el resultado es digno de las reconocidas aptitudes de la señora Guzmán como autora del teatro. Pero no es de Giraudoux. Giraudoux es otra cosa. Conviene decir algo de él, para que el lector de ahora sepa en qué autor se inspiró la señora Guzmán, Jean Hippolyte Giraudoux, nació en Francia, en Bellac en 1882, y murió en 1945. Perteneció al servicio exterior del Quai d'Orsay, fue jefe de la sección de prensa en el ministerio de Negocios Extranjeros; recorrió todo el mundo; obtuvo el gran premio Balzac para novelistas, y quienes lo estudian a la ligera, dicen que introdujo en el género novelesco el impresionisimo que ya había triunfado en la música con Debussy, y en la pintura con Monet. A nosotros nos interesa como autor de teatro.

    Cuando en el año de 1928, Giraudoux llevó a la escena su primera obra teatral, Siegfried, los

críticos declararon que "eso no era teatro". Sin embargo, el público de Giraudoux fue cada año más numeroso, y ahora se puede decir que fue el único autor que obtuvo al mismo tiempo que la aprobación de la élite, el amplio éxito deseado por todo director ansioso de equilibrar su presupuesto. ¿Como entonces reprochar el no ser teatro a obras que precisamente triunfan en la escena? Es una paradoja que invita al comentario, y que quizá nos llevará a indicar cuál es el lugar que corresponde a Giraudoux en la historia del teatro francés; brevemente, por supuesto.
    Ante todo hay que reconocer lealmente que los críticos tenían serios argumentos; primeramente en lo que se refiere a su estilo. Podría decirse en su favor, que la prosa de Giraudoux es ágil y alada como la poesía, con una cadencia ligera y suave, deliciosa para el que deciama, deliciosa para el que escucha. Su vocabulario tiene un sabor único pr la reunión de términos precisos, casi técnicos, con palabras ricas de todo un pasado poético, que recuperan su verdadero valor. Y la frase, de una construcción admirable, sabe poner en relieve un detalle sugestivo, y sabe también evitar la vulgaridad. Pero ese estilo, a pesar de sus cualidades, tiene más encanto que vigor, y es a veces demasiado sutil para el teatro. Giraudoux se complace en multiplicar la imágenes; su pensamiento tiene bruscas sinuosidades, como el revoloteo de una mariposa. Se puede hacer otro reproche a Giraudoux; el de no dar a sus personajes una vida realmente individual. Naturalmente no intento negar toda la variedad de su psicología, pero sería de desear que el autor contemplara algo más, el punto de vista teatral. Finalmente se podría hacer un tercer reproche a Giraudoux con respecto al desarrollo del argumento: no hay ninguna intriga

complicada que mantenga al espectador ansioso por conocer el desenlace; por el contrario éste no demuestra impaciencia en momento alguno por presenciar la escena siguiente, lo que le permite en cambio saborear la vivacidad del estilo.
    Entonces, ya que Giraudoux carece de las cualidades que aseguran habitualmente el triunfo de un autor en las tablas, cabe preguntarse ¿cómo tuvo tanto éxito? Para animar una tragedia, nos dice Lanson en su notable Historia de la literatura francesa, que todos los estudiantes conocen tan bien, se precisa que el autor sepa despertar, en proporciones infinitamente diversas, el interés psicológico, el interés dramático y el interés lírico, y por interés lírico se entiende de la empción mística, el sentido del misterio o de la fatalidad.
    En Isabel ama a un fantasma logran una buena interpretación de sus personajes Rita Macedo y don José Mora Méndez, los magníficos galanes Carlos Fernández y Sergio Bustamante, y divierten, según la contextura de sus personajes. Eduardo Alcaraz y Neri Ornelas. La representación es rica, no siempre lo irreal que el argumento exige, y el vestuario, ubicado en 1840, demasiado recargado, para no caer en lo operetesco. La dirección de Victor Urruchúa, ajustada al texto de la señora Guzmán, muy correcta y de buen gusto.