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Ahora están de turno los melos

Armando de Maria y Campos

   La última pieza de Federico S. Inclán estrenada en el Teatro El Caballito y titulada Una esfinge llamada Cordelia, podría llamarse de cualquier otro modo, porque el título no tiene relación alguna con el asunto de ésta. El argumento es sencillo, y conviene insinuarlo, porque sólo así puede explicarse la serie de recursos a que tuvo que recurrir el autor para interesar al espectador, principio y fin de todo espectáculo.
    Una mujer, casada legítimamente con un advenedizo por dinero, está a punto de sufrir la humillación de un divorcio, porque entre ella y el marido se ha metido con la cuña de sus veint años, la hija de otro rico sin escrúpulos. Cordelia, así se llama la protagonista, trata primero de evitar el divorcio, conservando al marido para humillarlo después. Evita el divorcio recurriendo hasta el asesinato, que por cierto no consuma ella, sino su marido; no puede conservar a éste por razones obvias y, al final de la obra, que es el final de su vida de casada, se encuentra más la sola que la esfinge de Egipto antes de que la descubrieran los turistas norteamericanos.
    Con tan sencillo asunto, Inclán hace y rehace situaciones, mueve a los personajes a su antojo, les hace decir lo que le da la gana, todo ello en un noble alarde de técnica madura y disciplina y logra su propósito inicial: interesar al espectador que no sabe en ninguna escena cuál será el desenlace lógico de esta trama. La protagonista, Cordelia, permanece en escena durante los tres actos y como es natural, lleva sobre sus frágiles espaldas todo el peso del tremendo suceso. Otro personaje que está largo tiempo en escena, aunque el público no lo vea, es un cadáver, apenas de diez metros de donde siguen diciéndose cosas absurdas y sucediéndose escenas trepidantes. El diálogo es fluido y en él abundan las frases certeras, fulgurantes y teatrales. Todo esto convencional, por supuesto, como un drama de Echegaray, gran autor

español ahora olvidado, y que Dios quiera no les dé a los empresarios por exhumarlo.
    Siguiendo el desarrollo del melodrama de Inclán me vino a la mente este soneto conocidísimo de Echegaray, explicando cómo creaba sus dramas:

Escojo una pasión, tomo una idea,
un problema, un carácter. Y lo infundo,
cual densa dinamita, en lo profundo
de un personaje que mi mente crea.

La trama al personaje le rodea
de unos cuantos muñequitos que
en el mundo
o se revuelcan en el cieno inmundo
o se calientan a la luz febea.

La mecha enciendo. El fuego se
propaga,
el cartucho revienta sin remedio
y el astro principal es quien lo paga.

Aunque aveces también en este
asedio
que pongo al arte y que al instinto
halaga,
me acoge la explosión de medio a
medio.

    Pilar Crespo, actriz catalana hecha en México y muy alejada estos últimos años de la escena, cargó con el difícil personaje de Cordelia, y aunque le viene un poco ancho para sus posibilidades de actriz no dramática, lo interpretó con dignidad y lo comprendió a fondo. A Inclán le hacen falta grandes actrices muy experimentadas para los personajes que imagina. Cero, y van tres. Pin Crespo fue muy ovacionada al final, digámoslo con toda franqueza, a pesar de su insufrible chemisse. José Gálvez, actor colombiano empeñado en ser eminente al cuarto para las doce, se excedió en

gestos, miradas torvas de maloso y otros recursos de melodrama sudamericano. Si logra contenerse, muchos logran a decir que está bien. Claudio Brook está muy ponderado y justo en el abogado pícaro que muere por pícaro, y Marina Camacho, lindo botón de mujer, está todavía en las primeras letras como actriz. Cuando lea de corrida, y para ello tendremos que esperar dos o tres actuaciones más, aventuraremos un juicio sobre su manifiesta afición a representar. Una buena dirección de Virgilio Mariel permitió que el público siguiera con interés la complicada trama de la obra de Inclán. La escenografía de Antonio López Mancera tiene el sello de su profesionalismo.

    La reposición de No basta ser madre, comedia española de Carlos Moyron, puso de manifiesto, primero, que la obra, anticuada desde su remoto estreno en México hace veinte años, seguido envejecimiento, y, segundo, que sus afortunados intérpretes de ayer, los eminentes actores cinematográficos Sara García y Carlos Orellana, han ganado en madurez artística lo que han perdido en juventud, aunque esto último no importa tanto, porque los dos dicen sus personajes con la misma probidad que hace dos décadas. Pero han cambiado tanto los gustos del público, que el cronista teme que esta reposición no sea un acierto, sobre todo porque revela la escasa calidad de muchas de las obras que triunfaron en nuestros escenarios alentadas por un público fácil de complacer. El reparto, sin embargo, es excelente, aun entre los profesionales. Nicolás Rodríguez, Consuelo Guerrero de Luna y Lina Santamaría cumplen con decoro, y la joven Azucena Rodríguez confirma sus magníficas aptitudes como dama joven. Enrique Díaz Indiano, también muy profesional, y Eduardo Fajardo, completan la decorosa interpretación de No basta ser madre.