Labor difícil de suyo es el convertir en pieza de teatro una novela. Sin embargo, abundan las comedias y los dramas sacados de las novelas famosas. Muy pocos casos conozco de piezas de teatro superiores a las novelas de que fueron extraídas. El teatro es síntesis de la vida; la novela huye de la síntesis. El caso a que me refiero es el del escritor español Benito Pérez Galdós, tal vez uno de los mejores dramaturgos de su tiempo no obstante que mucha de su obra teatral fue antes novela dialogada para que facilitara mejor su traslado a los escenarios.
La última semana han subido a nuestra escena adaptaciones de dos famosas novelas norteamericanas y desde luego su éxito inmediato no ha sido el que podía presumirse de acuerdo con la fama que en el país vecino tuvieron en su día y en su hora las novelas que ahora se nos sirven, una en bandeja de oro y otra en plata de escaso valor, como novedades teatrales, y es que las dos adaptaciones son inferiores a las novelas que les dan origen. Desde luego confieso que ni una ni otra novela son de mi conocimiento, pero a una de ellas la conocí ampliamente al través de dos versiones cinematográficas. Digamos, de una vez, cuáles son estas novelas. Mujercitas es una novelita -así, en diminutivo- de una escritora norteamericana llamada Luisa May Alcot. Se trata de una novelita, más que rosa, blanca. Tiene la ingenuidad y la pureza de una niña de nueve años. Escrita para el público medio norteamericano, la tal novelita alcanzó un éxito extraordinario que repercutió en el cine, y fue llevada a la pantalla dos veces, en 1933 y en 1949, interpretada por luminarias cinematográficas. Tengo entendido que |
aprovechando los guiones cinematográficos algunos autores norteamericanos hicieron dos versiones teatrales distintas de Mujercitas, agragándole a alguna de ellas la novela que es segunda parte o continuación de Mujercitas. En fin, la cosa es tan deleznable que no vale la pena un intento de investigación. Los directores Jorge Landeta y Raúl Cardona, en colaboración con G. Peñaloza, anuncian cono suya esta nueva adaptación de Mujercitas y de Lo que fue de nuestras mujercitas.
La adaptación de Landeta, Cardona y Peñaloza, directa o indirecta, es de una ingenuidad teatral semejante a esas casitas que los niños no tienen nociones de ingeniería construyen con arena en las playas. No resiste un análisis serio, y para que la cosa sea aún más pueril, el lenguaje en que está hablada es tan vulgar y sencillo como cualquier conversación que no interese a nadie.
Para interpretar Mujercitas se reunió a un grupo de jóvenes actrices con alguna fama en nuestro cine que, con la excepción de Eva Muñoz, no saben hacer teatro. Eva Muñoz, que acabará por convertirse en el Carlos Riquelme de las actrices mexicanas, por su afán de hacer reír, venga o no el caso, es la única que se salva diciendo con cierta intención su rol anodino. ¡Si no hiciera tantos visajes y se sobreactuara tanto! La señorita Silvia Suárez, con indudables posibilidades artísticas, desempeña un personaje ingrato. Casi no se le ve. Ana Berta Lepe y Elsa Cárdenas tendrá que estudiar mucho y esperar más para llegar a ser actriz de teatro. Ana Berta Lepe, apenas cumple. El resto del reparto femenino carece de categoría, y del equipo masculino, se salva, por sus trampas de actor
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mañoso, Freddy Fernández. ¡Lástima de magnífica postura escénica! Los empresarios del teatro del Bosque echaron la casa por la ventana para vestir con riqueza y propiedad y para reconstruir una sala de estar de una provinciana norteamericana durante la guerra de secesión.
La usurpadora
La otra novela es La usurpadora, también de una novelista afortunada, Fanny Hurst, igualmente llevada a la pantalla por figuras de primera importancia en el ecrán. El arreglo escénico se debe a Eleazar Canale y está hecho con malicia, con conocimientos escénicos y con economía de personajes. Interpretada esta pieza por un equipo de mejor calidad luciría mucho y seguramente interesaría más. Pero la presentación de La usurpadora en la sala Ródano es pobre y endeble. Tampoco la interpretación se pierde de vista. La señorita Lourdes Canale, que interpreta a La usurpadora, posee indudablemente de muchas condiciones para la escena, pero no está en edad, ni su presencia física le ayuda para un personaje de esta envergadura. El resto del reparto es francamente modesto y de él se salva, por sus condiciones innata que debe administrar mejor, el buen galán que es Julio Alemán.
La presentación de esta novela hecha teatro es, como dije arriba, muy modesta y en cuanto a la dirección de Julio Taboada, ésta se manifiesta titubeante e indecisa.
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