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La vida con papá, de Lindsey y Crouse, en el teatro de los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

    El destino del teatro es pasar de moda antes de otros géneros literarios. Muchas de las comedias que parecían tan significativas en 1920, en 1930 y aún en 1940, resultarían amaneradas y pasadas de moda, si por un milagro, tuviéramos el privilegio de ver su representación original. Probablemente más del sesenta por ciento del teatro del último cuarto de siglo poseería un valor permanente. Esa es la desgracia del teatro de costumbres -excepción hecha de los Molières, los Shakespeares, los Ibsens, los Dumán y los Shaws-; esa es la desgracia de todo nuestro teatro del siglo XIX y del XX hasta Marcelino Dávalos. Pasó, eso es todo...
    El teatro norteamericano, aún joven pero rico en temas y estilos, es pródigo en obras que pasan. El teatro del norte abunda en comedias domésticas, de cualquier tiempo, es decir en reconstrucciones de ambientes, y contemporáneas. Algunas han alcanzado cientos de representaciones y permanecido años en cartel y, llevadas después al cine, han difundido su mensaje hogareño dentro y fuera del territorio norteamericano. Las piezas con asunto doméstico que más éxito han tenido en los Estados Unidos -que yo recuerde ahora- son Ah, wilderness, que presentaban un cuadro delicioso de una familia de la clase norteamericana de 1906, frente al problema, entre otros, de un tío alcohólico y un adolescente. No ha sido representada en México. El tema de la familia, cuando era en Norteamérica, algo más real, más graciosa y más digna, fue tocado por Howard Lindsay y Russel Crouse, en Life with father, estrenada en Nueva York en 1939, teatralización realizada por Clarence Day, de sketches del "New Yorker", presenta un retrato vivo de una familia de la época victoriosa. Con todo su brillante plumaje y su habla explosiva, el padre no puede resistir las intrigas y las lágrimas de Vinie, su romanticismo, su desprecio por la lógica, su invitación a parientes, su insistencia en que él

debe bautizarse. Inevitablemente se siente derrotado, pero con todas las velas al vinto; da a uno de sus hijos un consejo, muy oportuno, acerca de las mujeres. ¡Se emociona! ¡Y se emociona por las cosas insignificantes! La única esperanza del hombre es mantenerse firme. La obra tiene poco argumento, aparte de la campaña de Vinie para lograr bautizar al padre; pero extrae humor de los modales contemporáneos, el juego de caracteres, la larga procesión de sirvientas, las visitas del sacerdote católico, la repentina cordialidad del padre cuando descubre que los invitados están a punto de partir, la falta de capacidad del hijo Clarence -después que le han arreglado un traje de su padre-, para hacer de él lo que el padre no había hecho. Estos son algunos de los muchos detalles de esta pieza intrascendente del teatro norteamericano, lo que no fue óbice para que se sostuviera cerca o más de ocho años en cartel, en Broadway, y mereciera la consagración popular en el ecrán.
    En Nueva York fue creada por el coautor Howard Lindsay y Dorothy Stickney, y fue representada sucesivamente por otros actores ilustres. En México, como no podía menos de ser, se estrenó dos o tres años después, por María Tereza Montoya y Ricardo Mondragón, quien la dirigió con mucho sentido de humor del más fino. Manolo Fábregas, muy jovencito, hizo uno de los hijos del matrimonio victoriano.
    Ahora Manolo Fábregas, gran productor de espectáculos, acucioso director y actor experimentado y con mucho oficio, la presenta al público del teatro de Los Insurgentes, con el lujo arquitectónico a que ya nos tiene acostumbrados. La comedia de Lindsay y Crouse no gana nada con la presentación; luce mucho, pero nada más. Vestir con lujo y riqueza a una bella mujer que no es joven, no es volverla a su juventud, sino ocultar el paso de los años. La decoración y arquitectura de Julio Prieto, magníficas, ejemplares. El público no se sentirá

defraudado después de ver esta reconstrucción de cómo los norteamericanos del 39 y ahora Prieto entienden la época victoriana en los Estados Unidos.
    La interpretación satisface al espectador más exigente. Abundan en el reparto actores profesionales, y esto es una garantía. Malú Gatica está admirable, muy humana y haciendo alarde de su tesoro de matices, en la Vinie, la tonta y sentimental mujer norteamericana que parece fue representativa de esta época en el vecino país. Manolo Fábregas compone -este es el término- un padre muy pintoresco y atractivo. Manolo se las sabe todas como actor y productor, y su sabiduría -¡tal vez prenatal!- en estas cosas no encuentra obstáculos. Esta es una de sus mejores composiciones como actor que se dirige a sí mismo y se saca el mejor partido. El resto del reparto no desentona, pero destacan las actuaciones de Amparo Grifell y Carmen Cortés y la de Miguel Suárez. ¿Por qué Anabelle Gutiérrez, lindo pimpollo, sacó tonos de voz tan ingratos en su deseo de hacerlos ingenuos? Su juventud la hace lucir encantadora. Los hijos de papá y mamá cumplen sin excederse. Estos son sus nombres: Jaime Calpe, Mariano Mora, Jorge Kreutzman y Xavier Gómez. El cronista les desea una larga carrera de actor.
    Al final de la función inaugural-el público de siempre, que se saluda de lejos y sonríe de dientes para afuera; los cocteles al final, para que nadie se quede en los halls durante los intermedios-, el rico telón de terciopelo fue izado ocho veces para que director e intérpretes recibieran los aplausos cariñosos de su público.
La traducción de La vida con papá de Rafael Gutiérrez y Manuel S. Navarro, apenas discreta.