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Un bongó en la tormenta, de Leo Filer, en el teatro Esfera

Armando de Maria y Campos

    De Buenos Aires llegó a México hace cerca de dos años un actor de origen israelita: Leo Filer. Traía ambiciones de gran comediante pero poco a poco quedó situado en un medio término de estudio y profesionalismo. Ahora se nos presenta como autor, avalado por un actor, joven, de origen cubano, Victor Manuel Luján, del que ya el público tiene noticias porque el Teatro Esfera hizo el protagonista del melodrama El seminarista de los ojos negros, de Inclán, y quien se ha hecho empresa para presentar la que tal vez sea primera pieza que compone Filer con un tema negroide, afrocubano, de aparente facilidad, pero yo creo que extremadamente difícil. Para presentar la pieza Un bongó en la tormenta, el joven actor Luján contrató a la famosa cancionera veracruzana Toña la Negra y a varios actores con un nombre en el cine, y, como atracción principal, a un grupo de bongoceros, encabezados por un "moreno" -así llaman en Cuba a los descendientes de negros- que se llama nada menos que Kenembu Lubagi; también presentó a una joven belleza cubana, aspirante, al parecer, a actriz. Como se anuncia que Marichu Labra -actriz que nunca ocupó un lugar más que discreto desde que llegó de España, con la inmigración republicana- concede a este espectáculo "actuación especial"-, este simple detalle sitúa la categoría del que presenta en el teatro Esfera el joven Luján, principalmente, creo yo, para lucir como futuro galán dramático.
    Bella oportunidad sería ésta para hablar un poco del teatro de los negros en cualquier parte del mundo donde se halle esta raza tan castigada por la humanidad y tan rebelde através de sus costumbres, ritos, cantos y bailes. En un teatro

de la ciudad de Guanabacoa, por el año 1928, vi representar un acto dramático titulado Apapá Efí o por culpa de un abakuá. Era un breve episodio o entremés escénico, que fue compuesto por verdaderos ñáñigos con objeto de exhibir ante públicos profanos varios de sus ritos pintorescos y sacar algunos dineros. Nada esotérico fue revelado ni se quebrantó ningún juramento; pero los improvisados actores fueron "suspendidos" o castigados por su "potencia" o "cofradía". Fue como irreverencia, como si unos clérigos hubiesen entonado el Te deum landamus en un cabaret.
    Algo parecido sucede ahora con Un bongó en la tormenta, sólo que los actores no podrán ser "suspendidos" porque están muy lejos del control ñáñigo, a menos que entndamos por "potencia" la indiscutible del público, que "suspende" cualquier representación con sólo abstenerse de asistir a ella. No creo que esto ocurra, porque tal vez Un bongó en la tormenta tenga su público, el que quiera ver a Antonia Peregrino, la gran cancionera jarocha Toña la Negra, en plan de actriz.
    Leo Filer compuso una pieza dramática utilizando versiones de ritos ñáñigos o írimes, tal vez lukumíes, y la máscara, que es tan importante en Africa por su sentido pantomímico y dramático. Pero como la pieza que ví en Guanabacoa, nada revela... que no hayamos visto a shows cubanos en cabarés de la Habana, Nueva Orleans o México. Claro que el rito afroide no es todo en la pieza de Filer. Hay su argumento, y en el se exhibe como el Pecado Mortal de nuestro teatro nacional, una juventud cubana frustrada o podrida, si queréis que sea claro. ¡Qué jóvenes, Dios, qué jóvenes! Lo mismo ellas que ellos. Dejan chiquitos a los

personajes de Buenos días, tristeza. Con cualquier motivo aparecen en paños mínimos para lucir seductores talentos óptimos... Lo lamentable es que la obra de Filer es poca cosa como teatro, y no dice nada; nada interesante. Fuera de los números de cabaré -incluyendo dos excelentes intervenciones de Toña como cancionera-, el resto no resiste análisis serio.
    Antonia Peregrino, o Toña la Negra, está excelente como actriz. Muy simpática, muy serena, hablando claro y sabiendo lo que dice. Ella es la indiscutible primera figura del cuadro dramático y de variedades. La hermosa joven Carmen Guash, de origen cubano, es una especie de réplica antillana de nuestra Kitty de Hoyos, profesional de su belleza sobre todo; se desviste como ella, o más, y también está en el ABC del arte dramático. Bucky Gutiérrez, tan empeñosa, no pasa del ABC. Antonio de Hud, cuya presencia física se cotiza muy bien en el cine, cumple en este aspecto; es más, no defrauda. El joven empresario y protagonista Victor Manuel Luján está desorbitado, demasiado extravertido como actor. El tiempo y una buena dirección tal vez lleguen a centrarlo un poco. Argelia Azcárraga cumple, y Marichu Labra no logra dar, a pesar de lo que promete el programa, una actuación especial. El negrito Kenembú Lubagi está en su personaje, porque tal vez sea él un personaje de bongó y guateque.
    Dirigió la postura de esta obra el autor de Un bongó en la tormenta, y si no halló en su intervención nada notable, tampoco merece censuras, puesto que, en realidad, no creo que haya pretendido hacer otra cosa que una discreta guatequería, como dicen en Cuba a todo suceso que sin caer en lo cómico no alcanza lo dramático.