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El misterio de la Pasión, de Jean Michel

Armando de Maria y Campos

    Este es el segundo misterio de importancia, tanto literario como histórica, entre las principales obras de este género que adoptaron el nombre de Misterios, y que constituyen las primeras muestras del teatro religioso en la Edad Media. Se conocen estas obras con el nombre de Pasiones. Reseñada ya del Arnould Gréban (1452), que es la más famosa, -ésta es la denominada, por el lugar en que primero se representó en Francia hacía 1486, La Pasión de Angers. Téngase en cuenta que la palabra "misterio" se deriva de la latina ministérium, tomado en el sentido de función de ejercicio, y de aquí representación. Este misterio, como todos los primeros, eran pantomimas, o más bien "cuadros vivos", organizados en ciertas fiestas, a la entrada de los reyes, o en las recepciones de embajadores. Está dividido, como el Arnould Gréban, en varias jornadas, porque las representaciones se efectuaban la mayor parte de las veces en la tarde del domingo, transcurriendo una semana entre dos partes. Los personajes son en esta Pasión inumerables, como en la pasión de Arrás; pasan de ciento. Los espectadores abonaban en estos espectáculos una suma módica de 12 y 6 dineros de entonces. Recaudación que repartía entre los empresarios del Misterio y los Actores, una vez deducidos todos los gastos. La escena se componía de un espacio llano, análogo a nuestro escenario, pero muy amplio, y sobre este suelo estaban dispuestas, un poco retiradas, las "mansiones" o pequeñas construcciones independientes, de modo que los actores pueden circular de una a otra libremente. En la arquitectura de estas "mansiones" no se buscaba el color igual, ni la exactitud. E igual ocurría con el vestuario; los diablos, por ejemplo, se ponían grotescos y horribles disfraces. Solamente Cristo y la Virgen llevaban la túnica larga, blanca y el manto azul. Los actores permanecían

siempre en escena; cuando cesaba su papel, o se interrumpía, iban a agruparse a los lados, en vez de desaparecer entre bastidores. Esta pasión o misterio de Angers pertenece al ciclo del nuevo Testamento, es decir, a los que hacen desfilar por la escena toda o una parte de la vida de Jesucristo y de los apóstoles, y que comprenden asimismo la Natividad, la Pasión y la resurrección.
   Jean Michel es también autor de una resurrección, representada igualmente en Angers, como la Pasión, en la que intervienen ciento cinco personajes, y está dividida en tres jornadas.
    El argumento de El misterio de la Pasión es como sigue. Comienza, después de una especie de sermón de 1,000 versos, en la predicación de San Juan Bautista. Viene a continuación toda la historia de la vida de Nuestro Señor, desde su nacimiento hasta que es sepultado. Pero cada episodio esta minuciosamente detallado. En este Misterio la escenas de tortura, a que tan aficionados eran los poetas religiosos de la Edad Media, sus pintores e imagineros, y las escenas en que toma parte del diablo (diableries), son mucho más extensos algunos personajes, como, por ejemplo, Pilato, adquieren en esta obra de Jean Michel una verdadera originalidad. Y asimismo los artefactos o maquinarias (machines) usados en la escena aparecen aquí multiplicados, para producir toda clase de efectos. La segunda y la tercera jornadas estan tomadas de la Pasión de Gréban, aunque Michel ha sacado partido como un hábil dramaturgo de todas las situaciones recargándolas con todo cuanto él creía que iba a halagar la curiosidad de los espectadores. Y lo ha logrado en muchas ocasiones, acertando con la expresión de los sentimientos.
    También en esta pasión intervienen diversas figuras simbólicas. Y en lo que respecta a estilo,

Michel ha sabido elevar el suyo de manera realmente notable. Así, por ejemplo, en el coloquio entre Jesús y su madre, que termina en una serie de réplicas con versos, que concuerdan con tanta exactitud como patetismo. Las escenas durante el Calvario de Nuestro Señor muestran un dramatismo ingénuo, pero hondamente impresionante. Las lamentaciones de la virgen, en versos claros, puros, sencillos, poseen ya una feliz flexibilidad y abundan incluso en imágenes acertadas, que rompen con arte la monotonía habitual en estas largas tiradas características de los Misterios.
    Hay en esta pasión inevitables -y, sin duda-, deliberados inacronismos; pero el conjunto de los numerosísimos personajes y éstos, uno por uno, hablan y piensan con perfecta adaptación al medio, al momento, es decir, a la situación escénica. En la jornada de la Resurrección, que posee -cosa extraña en aquella época-, la unidad requerida para el drama entre otras condiciones (aunque se sucedan diversas, pero todas con sentido de unidad en torno a la augusta figura del Salvador), la alegoría majestuosa, el realismo pintoresco o terrible, alternan en el verso, que en Michel es fácil, fluido. Esta Pasión tiene además en su desenvolvimiento una atracción innegable, que atrajó, sin duda la curiosidad de aquellos espectadores embobados, sorprendidos, que se sentían removidos hasta lo más íntimo por las escenas, siempre impresionantes de la Vida y Muerte de Nuestro Señor. Por eso obtuvo este Misterio una acogida popular entusiasta, en cuantas ciudades, villas y pueblos de Francia fue representada. Máxime cuando su final simboliza la derrota de los demonios, que ante las potencias divinas huyen en desbandada, rabiosos y humillados. Escena última que debía producir un efecto seguro sobre aquellos públicos.