Las noches de estreno de Celia D'Alarcón son ya típicas en México y se harán famosas con el tiempo. Como las noches de estreno en el teatro de los Insurgentes de Manolo Fábregas. A éstas son invitados cuantos significan algo en el mundo cinematográfico, en la prensa especialista en teatro y en cine y otras muchas personas conectadas con la vida social y nocturna de la metropolí. Más de mil personas forman el índice de estas veladas teatrales, y seguramente muy pocas veces se puede ver, saludarse o conversar en un local a tantos personajes mimados por la fama. Las noches de estreno en el teatro de Manolo Fábregas hacen servir a personajes durante intermedios, y se conversa de todo menos de la pieza que se está representando. Los entreactos son los importantes; los actos cuentan menos, como en un tiempo sucedió con el público también de invitación que convocaban las funciones inaugurales de temporada en el Bellas Artes. Ahora, no se va al Bellas Artes ni a funciones gratuitas. Las funciones de ópera conservan aún el prestigio de sus entreactos, pero en éstos más que saludarse o platicar, la concurrencia exhibe su costosa suntuaria.
Las noches de estreno de las temporadas teatrales periódicas que tienen por primera figura a la hermosa y distinguida Celia González Rubio de Rojas Alarcón -Celia D'Alarcón en la vida artística-, tienen otro carácter más pintoresco y diverso. La guapa y sociable Celia las dedica a la prensa -así, en general, incluyendo a columnistas, publicistas, cronistas y críticos-; fotógrafos, camarógrafos y noticieros de cine y televisión, y el público resulta una mixtura desconcertante y atractiva. Después de la función ofrece conteles y bocadillos y, naturalmente, jaiboles, a todos los que se presenten en su residencia o en algún centro nocturno y se da el caso de que en esta última reunión se vean caras que no se advirtieron en el teatro. Por supuesto , como en el caso del Insurgentes, la representación de esta noche casi no cuenta. Los fotógrafos trabajan sin descanso, estremeciendo de relámpagos luminosos el |
ambiente cargado de curiosidad; cruzan los pasillos, se adelantan hasta la batería y lo mismo hacen los camarógrafos de cine y televisión poniendo un fondo de leves rumores -el correr de la película- al diálogo de los actores. Toda la actuación de fotógrafos y camarógrafos gira en torno de Celia, cuando no en paños menores exquisitamente vestida. Quién no asista a las noches de estreno de las temporadas de Celia D'Alarcón se pierde de uno de los espectáculos más pintorescos y divertidos.
Después, la obra elegida por Celia o sus consejeros inician una carrera de triunfos económicos. Porque el teatro que hace Celia D'Alarcón es estrictamente comercial, dedicado a las generaciones adolescentes y a las que se encuentran a la hora del Tiziano, es decir, al atardecer, la preferida de este gran pintor para darle a sus cuadros un clima de melancólica desesperanza. También está formado su público por el turismo provinciano y por todas aquellas personas de los dos sexos -frecuentmente también de uno y otro sexos- que gustan de ver desnudarse a una mujer hermosa con el menor pretexto.
El pretexto ha sido, esta vez, una comedia alegre, tal vez un vodevil, de Jean de Letraz, titulado en español por su traductor Don Eleazar Canale como Fruto prohibido. El nombre de esta pieza y los datos de la fecha de su estreno en París y del éxito que pudo haber alcanzado en realidad importan poco, porque parece que ha sido adaptada a la medida de las posibilidades artísticas y físicas de Celia D'Alarcón, aquéllas cada vez más en sazón y éstas siempre subyugantes. El fruto prohibido es como lo imaginará el lector, una joven casada, alegre, audaz y curiosa, que al fin no se atreve a pecar, como es lógico, "con el mejor amigo de su marido". La circunstancia de que con motivo de celebrarse un baile de disfraces se presenta la protagonista en el leonero del amigo del marido vestida de cadete, da motivo a una serie de situaciones en torno al homosexualismo, divertidas pero no gratas a los buenos paladares. |
Un personaje tiene que fingirse homosexual para salvar algunas situaciones escabrosas, y en realidad lo que logra es hacerlas más, y no del mejor gusto. Con este motivo se hacen alusiones a anécdotas de esta ciudad que, como en todas las grandes metrópolis, no está excluida de las corrientes homosexuales.
La noche del estreno de Fruto prohibido se divirtieron mucho, prodigando carcajadas, los camarógrafos, los fotógrafos e infinidad de jovenzuelos que atestaban los pasillos del teatro. Y no sin razón, porque la obrita de Jean de Letraz divierte y entretiene.
Los intérpretes de Fruto prohibido no forman un conjunto homogéneo. Celia D'Alarcón ha ganado en belleza y endominio escénico. Es ya una actriz, dentro de las limitaciones naturales del género, tan difícil por lo aparentemente fácil a que se encuentra entregada. En esta obra luce físicamente más bella que nunca y sus adelantos como comediante son notorios. Los actores Mario del Mar y Francisco Muller luchan a brazo partido y gesto extravagante para ver quién de los dos hace reir más al público, y es natural que hagan concesiones a todo lo que es contrario al buen gusto. Alfonso Arana, actor afectado por naturaleza, esta en este carácter y, además, amanerado en sus ademanes. La joven Aída Araceli, cuyas ansias de desnudista son al parecer incontenibles, luce más cuando exhibe sus formas de adolescente, que cuando actúa en forma común y corriente. Es guapa, es estudiosa y podría hacer carrera si se olvidara por un momento que la belleza física sólo tiene la profundidad de la piel.
Lupe Rivas Cacho vale por toda la representación. Es una actriz eminente y como característica no tiene rival en México, y muy pocas en lengua castellana. Cuando ella está en escena, dándole profunda y frívola intención a lo que dice, uno siente todo lo que el teatro tiene de noble, de espontáneo y de difícil.
La dirección de Victor Moya entregada completamente al gusto del público medio.
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