El autor y crítico De Bartholomaeis, en sus Orígenes de la poesía dramática italiana, enumera quince diversas composiciones liturgicodramáticas, sobre la pasión de Jesús. Aparte de la ya conocida de Monte Cassino, menciona la de los Abruzos, de Nonantola, de Ivrea, de Sicilia, de Parma, de Sutri, de Cremona, de Padua, de Aquilea, de Cividale, de Bari, de Venecia. Siempre son muy pocas las palabras de ritual, y siempre con un sentido de representación teatral. Igualmente todas con un fondo de elemental escenografía.
Dice, por ejemplo, un ritual de Padua:
"El maestro... conduce a tres escolares vestidos como mujeres, que representan a las tres Marías que acuden al Sepulcro con ungüento y aromas".
Las Tres Marías:
"Diligentemente levantan el palio, miran aquí y allá en el Sepulcro, y al no encontrar el cuerpo de Cristo, se llevan el palio como testimonio de la Resurrección", etcétera.
La descripción que contiene un ritual, es el que finalmente aparece Jesús, describe con mayor minuciosidad cómo se desarrollará éste:
"El hermano que encarne a Jesús tendrá corona, barba, los pies descalzos, y llevará una cruz... El hermano que hará de Ángel estará sobre el altar y tendrá una palma en la mano... Los tres hermanos que representen a las mujeres piadosas estarán vestidos con dalmáticas blancas y se cubrirán la cabeza, como las mujeres. Llevarán ánforas de alabastro y vendrán desde la parte inferior del coro hacia el altar, cantando (naturalmente en latín): "¿Quién levantará esta piedra que cubre la entrada del sepulcro?" Entonces el Ángel... cantará la |
respuesta: Venite, venite, quem quaeritis in sepulchro, Christicolae? Las mujeres responderán (siempre en latín): -Buscamos a Jesús. Y el Angel dirá: -¡Ha resucitado!..."
Estos primeros esbozos dramáticos fueron bautizados, mucho tiempo después, con la denominación escolástica de "drama litúrgico", cuyas características son las siguientes: permanece estrechamente unido al ritual; está escrito en latín; y está exclusivamente a cargo de los ministros del santuario (sacerdotes y clérigos). Estos representaban los papeles más diversos, no con una completa transformación física en los diversos personajes, incluso en los femeninos, sino más bien con una estilización somera, mediante la indicación de algunos atributos exteriores (lo que siglos después vendrán a ser las acotaciones o explicaciones del autor); los cuales no obstante tendían cada vez más a satisfacer los gustos realistas de los espectadores. Nuevamente, y en resumen, el actor primitivo se confunde con el sacerdote.
El drama medieval cristiano no sólo ignora las reglas de las tres unidades, sino que no tiene la más mínima necesidad de ellas. Toma a un héroe -Jesús es el máximo- en su infancia, y lo sigue al través de todas sus edades, o a la humanidad entera, y traslada a la escena su historia, desde la creación de Adán hasta el fin del mundo y el Juicio Final:
Sale del teatro de la iglesia a la calle. El actor o representante todavía no es profesional. A veces había entre estos actores algunos sacerdotes, especialmente para el papel de Cristo, para el cual un simple laico podía parecer inadecuado; y también para otros. Lo demuestran incidentes como el acaecido en |
1437 a un cura de Metz, que, al encarnar a Jesús casi se muere por haber permanecido demasiado tiempo colgado de la cruz; o como el peligro que poco después corrió, también de Metz, otro sacerdote que se había colgado, como correspondía a su papel de Jesús, y que si no lo salvan a tiempo, se mueve realmente estrangulado. Poco a poco los documentos van aclarando al historiador usos y costumbres. En el libro de gastos de una representación que tuvo lugar en Mons, Francia, en 1501, se lee esta nota: "Cinco sueldos por una jarra de vino servida al Padre Eterno", es decir, al actor que lo encarnaba. Con fecha anterior, en 1914, entre las anotaciones de gastos de una Pasión de Cristo, en Coventry, Inglaterra, se encuentra la siguiente indicación: "Tres chelines y cuatro peniques al interprete del papel de Dios; cuatro peniques al que había colgado a Judas; otros cuatro peniques al que, antes del arrepentimiento de San Pedro, había hecho el canto del gallo".
Poco a poco los actores compiten en la opulencia de sus vestimentas, ya características de cada personaje. Cristo, por ejemplo, generalmente, llevaba manto de púrpura.
Y apareció la propaganda o publicidad. En algunos países cada rpresentación era precedida por ruidosas "propagandas", de las que aún queda rastro en los convites de los circos o de las corridas de feria en los pueblos rabones de Francia, de España y en algunos rincones de Iberoamérica, es decir, con cortejos de actores caracterizados, a pie o a caballo, por toda la ciudad (cry, grita; monstre, muestra). |