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El diario de Ana Frank, Por María Tereza Montoya y Rebeca Pupko

Armando de Maria y Campos

    Ya tengo referidos en esta columna, muchos antecedentes de El diario de Ana Frank, la interesante pieza de teatro inspirada en los apuntes que sobre su cautiverio en una buhardilla de Holanda durant la dominación nazi escribiera una jovencita judía de 14 años. Ya conocerán la mayoría de los lectores de esta columna otros muchos detalles de cómo llegó a los escenarios de todo el mundo la versión drámatica de El diario de Ana Frank, la pieza que ahora apasiona a los públicos de tres continentes.
     Hay dos versiones escénicas del Diario de Ana Frank, sacadas las dos directamente de los papeles de esta extraordinaria chiquilla. La de Frances Goodrich y Albert Hackett, que es la que acaba de estrenarse en el teatro Jorge Negrete, y otra de Georges Neveux, que se representa en París. Al parecer las versiones que han sido dadas a conocer en Alemania y en España, en Australia y en Polonia, en Italia y en Grecia y en Buenos Aires son la de los autores judíos, autorizados por el padre de Ana. Aun cuando no se nombra al traductor de la versión que nos da a conocer María Teresa Montoya en el teatro de la ANDA, este detalle carece en realidad de importancia, porque está puesta en un castellano sencillo y claro.
     Ana Frank se reveló en sus Memorias como una de las escritoras europeas más precoces de su tiempo, mucho más sensible y más observadora que Françoise Sagan, la discutida creadora de Buenos días, tristeza, y otras noveluchas de menor categoría pero de igual escándalo. Las Memorias de Ana Frank se han convertido desde su aparición en uno de los libros más leídos del momento. Los judíos de todo el mundo, particularmente los que conocieron los dolorosos años de la guerra y la persecución, consideran a Ana Frank como una mártir israelita y a su libro como el más tremendo juicio de acusación contra los nazis. El año pasado, en marzo, más de dos mil estudiantes fueron a depositar flores sobre las fosas comunes de Bergen Belsen, donde reposan los restos de Ana Frank... La vida de Ana Frank es ahora cuando empieza...¡Ana vive después de su muerte! El diario de Ana Frank

se ha publicado en 19 idiomas, logrando una venta arrolladora de más de dos millones de ejemplares. En Francia se ha filmado una película siguiendo página a página este maravilloso documento humano. En Hollywood se convocó a un concurso para buscar a la joven chica que habrá de protagonizar a la protagonista en la versión norteamericana, Millie Perkins, de 18 años, escogida entre diez mil solicitantes. En Roma, Ana María Garniel se ha consagrado como Ana Frank; en España, Berta Riaza; en Francia, Pascale Audret. En México, se consagrará, también, la joven israelita Rebeca Pupko.
     Hace dos meses y pico asistí a una representación en el teatro del Centro Israelita de México, en los límites del Distrito Federal con el Estado de México, de El diario de Ana Frank, en yidisch. No entendí nada, por supuesto, pero la lectura previa del Diario me ayudó a comprender la representación, muy discreta por cierto, y admirar desde luego a Rebeca Pupko, menudita y espontánea, que decía su papel con estrujante sinceridad. Supe, después, que es nacida en Cuernavaca, de familia israelita, y que siente pasión por el teatro. Representó esta obra en su idioma natal cerca de treinta noches. Ahora la crea en español con igual sinceridad y convincente emoción. Es el alma de la representación, pero luce su talento porque está engarzado en rica e insuperable montadura. Rodean a Rebeca Pupko actores de la indiscutible valía de María Tereza Montoya, quien logra en su breve papel de madre de uno de los judíos escondidos una creación de las suyas; de Miguel Manzano que ésta eminente en el padre de Ana Frank; de Alicia Montoya, de Miguel Arenas, un poco desbordado en su afán de matizar; de Berta Cervera, Abraham Stavans, León Barroso y Ricardo Pardavé... todos logran, en conjunto y en detalle, una interpretación sobria, severa y profesional como hacía mucho tiempo que no veíamos en los teatros de México. La escena del primer beso que recibe en su vida Ana Frank del hijo de los Van Dan, es una de las más tiernas de la obra y la sacan muy bien Rebeca Pupko y Abraham Stavans. Es el único rayo de sol en la trágica

trágica espera, esperanza y desesperanza a la vez, que viven los ocho atrapados. Resulta difícil destacar otra escena porque todas son certeramente teatrales, conmovedoramente humanas, convincentemente realistas. Los actores las viven, los espectadores israelitas lloran, y nosotros damos gracias a Dios de que Ana Frank escribiera con sencillez de niña, iluminada por el espíritu de la justicia, sus dolorosas Memorias. Esta Ana Frank nos compensa de tantas Françoise Sagan, o Berta Grimault, o Jane Gaskell, o Dagnija Cielava, adolescentes de 14 a 18 años que entretienen a los lectores hábidos de emociones sápidas con cuadros malolientes y llenos de inmundicia. Las últimas líneas que escribió Ana en su diario, y que rpite su voz en la representación, son éstas: A pesar de todo, aún sigo creyendo que la gente es verdadramente buena, en el fondo del corazón...
     La versión teatral de Goodrich y Hackett está construída aprovechando los elementos más profundamente humanos del diario. El escenario es el mismo para toda la obra. Reproduce la buhardilla holandesa donde 8 judíos esperaron... ser atrapados. Si en la vida real este cautiverio duró dos años, los autores supieron constreñirlo con extraordinaria eficacia a dos horas de representación, porque los personajes, pocos, están bien trazados y el ambiente de guerra, de persecución, de angustia y esperanza están logrados con diáfana transparencia.
     Ricardo Mondragón dirigió esta obra con tan ponderada sobriedad de recursos, pero tan cargada de profesionalismo y de inteligencia, que da la impresión de que lo que representan los actores es su propia vida. Nada de melodrama, ausencia de efectos patéticos; verdad en el escenario; angustia y llanto en el público, y entre uno y otro ese elemento inconsutil y teatral que se llama suspenso.