Estamos conociendo un O'Neill póstumo, la más póstuma de sus obras si se nos permite la expresión, es A moon for the misbegotten, que el público de lengua inglesa conoció, primero que representada, editada, en Nueva York, en 1952.
¿Será esta pieza en verdad su canto de cisne? Si O'Neill estuviese en condiciones de proseguir su labor diríamos que esta obra marca una nueva etapa en su producción. Pero considerando que quizás sea esta su última pieza no es aventurado pensar que la misma constituye una especie de ritornelo, un eslabón que cierra el ciclo de su carrera uniéndola a las primeras piezas de realismo poético, aquellos preciosos dramas del mar.
Sin embargo, cualquier espectador o lector de O'Neill nota en Una luna para el bastardo los rasgos onilianos más discutidos y atacados: lo largo de la pieza; la explicación freudiana, esta vez tratada con mayor tacto y reserva, pero evidente en su origen, el choque de personajes pertenecientes a distintas clases sociales, sin que ese choque produzca el conflicto de clases cuya ausencia en su producción tanto le ha criticado los sectores de la izquierda. En esta su última pieza se muestra el O'Neill lleno de ternura, de humor y de sentido poético de sus primeros años, a raíz de haber sido actor y periodista en Nueva York, marino en el Caribe, mozo de cuerda en Argentina, minero en América Central, estudiante universitario en Priceton, paciente en un hospital de tuberculosos, y dueño unicamente de un rico caudal de experiencia y sin conocer las técnicas de Strinberg Shaw o Lenormand, que tanto habían de influir en su obra posterior.
(Extrañará a quien ya conozca la versión de esta pieza que se representa en el teatro de La Comedia, que la encontremos llena de ternura y |
de sentido poético, porque en la traducción del argentino León Mirlas se abusa del lenguaje corriente, se escamotea toda la metáfora y la ternura se convierte en violencia. De la versión argentina Augusto Benedico ha hecho otra al "mexicano", expurgada de todo "argentinismo" y reducida a menos de la mitad; es natural que la violencia del lenguaje aparezca más cruda y corriente, conviertiendo la freudiana pieza de O'neill en un melodrama de chiquero, como antes hubo un género teatral de alpargata).
El conflicto está situado en una finca de Nueva Inglaterra, entre irlandeses católicos. Quizá por ello la pieza tiene cierto sabor familiar del teatro irlandés de Synge y O'Casey. La misma mezcla deliciosa de drama y comedia (tragicomedia llamamos a esa mixtura, en castellano); la misma reciedumbre en las caracterizaciones, la misma burlona ternura y el mismo efecto de colorido en el diálogo.
Una luna para el bastardo, es una pieza para actriz. Josie Hogan es una irlandesa gigantesca, con la fuerza de un buey, pero con los atributos más femeninos de las vírgenes. Y esa es su tragedia. Porque su religión y su cultura irlandesa le hacen respetar y aceptar la necesidad de la virginidad de una muchacha soltera. Pero, en el ambiente en que vive, una granja mísera, se avergüenza de su virginidad e inventa la leyenda de su desenfreno sexual, haciendo creer al pueblo que ha dormido en muchas compañías. Pero Josie ama en secreto al desenfrenado Jim Tyrone, borracho incorregible. Sólo a él rendirá su virginidad: pero, ¿cómo, cuándo y en que condiciones para no provocar su propia humillación, al revelar su virginidad intacta? Llega una noche, no importa en que circunstancias, porque éstas forman el fondo del melodrama, y el sacrificio o la revelación no se consuma porque Tyrone no se cree merecedor |
del amor de Josie. Es demasiado tarde; el hombre se siente demasiado bajo, demasiado vil, rendido por una borrachera espantosa, sin embargo, la cópula inmaterial se consuma, bajo la luna. Los dos amantes desgraciados, cuyo amor no pudo nunca realizarse, sólo obtienen de la vida la felicidad de aquellas horas, bajo la luz de la luna, cuando sus almas parecían estar tan unidas, cuando el cuerpo borracho y sucio de Tyrone descansaba sobre la falda maternal de la virgen Josie, y había soledad y silencio en la granja de Nueva Inglaterra. Tyrone se marchará para no volver nunca y Josie seguirá criando cerdos junto a su padre, borracho siempre, avivando entre los vecinos su leyenda de impudor.
Poco tema para obra tan larga, a pesar de las reducciones, o por esto porque su refundidor se preocupó más de aquellas escenas en que intervendría como actor, que de otras también fundamentales. La versión del argentino Mirlas es demasiado corriente, y no la salvan la excelente interpretación que a los personajes centrales le dan Yolanda Mérida, como Josie; Benedico como Jim Tyrone y Carlos Ancira como Hogan, el padre borracho. La señorita Mérida está hecha una gran actriz en muchas escenas y a pesar del aire tosco y hombruno que imprime a la virginal Josie.
Carlos Ancira convence en todo momento y Augusto Benedico, él siempre, siempre él mismo, delante del personaje, alcanza en algunas escenas las cimas del melodrama.
La escenografía de Demetrio Llorden es discreta, y sin dar nunca una sensación de realidad, por lo que se refiere al lugar geográfico elegido por O'Neill para el desarrollo de su pieza póstuma. La dirección de Benedico al servicio del texto en la medida de su propia conveniencia como actor. |