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Reestreno de una interesante comedia inglesa en el teatro Sullivan

Armando de Maria y Campos

    William Somerset Maugham no es un desconocido para el público de México ni como novelista o cuentista, ni como autor de teatro. No se hasta qué punto las novelas de Somerest Maugham hayan alcanzado entre nosotros difusión estimable, pero sí estoy cierto de que el público que acude a los teatros recuerda muchas obras de este autor inglés, nacido casualmente en París el año de 1874 y de quien el cine ha divulgado universalmente muchos de sus temas novelísticos tetrales. Somerset Maugham es lo que se llama un autor de repertorio en lengua inglesa. La mayoría de sus obras han sido representadas en México, y ninguna con fiasco.
   Toca a William Somerset Maugham inaugurar la temporada teatral mexicana de 1958 con una de sus obras de teatro más interesantes, ya representada en México y cuyo tema también ha sido aprovechado para una apasionante historia en el ecrán. La llama sagrada, estrenada en Londres en 1928, no es otra cosa que un doloroso melodrama, una exposición cruda de las realidades de la vida, al través de un discutible sentimiento materno. Como es tradición inexcusable en México, a poco de haber sido estrenada en Europa esta pieza de Somerset Maugham fue conocida por el público mexicano al través de una excelente versión de doña Virginia Fábregas. Dos o tres años después, a principio de la década de los treinta, la volvió a representar con éxito María Tereza Montoya. Después, que yo sepa, no volvió a subir a escena, y es por esto que puede

considerarse como nueva para la actual generación aficionada al teatro. Pero que quede la constancia de que no constituye auténtico estreno en México. De Somerset Maugham dijo, con evidente injusticia el crítico inglés George Sampson, que "es un dramaturgo teatral, pero que decepciona, (y que) hay quienes han visto en él un verdadero talento creador que hizo un gran acto de renuncia en aras del éxito; pero (que) el historiador tiene que juzgar por los resultados y en esto no se ve ninguna prueba que hubiese podido hacer más de lo que hizo. Sus obras -concluye Sampson-, no pueden interesar de modo duradero, porque, aún cuando en ellas se junte a la habilidad de su ejecución una especie de cínica honradez en su concepción acerca de la vida, les falta por completo un toque creador de fe, de esperanza y de caridad".
     Para su tiempo, La llama sagrada fue una comedia melodramática muy interesante y hasta pareció audaz por la teis sobre moralidad que en un momento culminante de la trama -antes de que revele cómo mató a su hijo inválido para evitarle la pena de descubrir los amores de la esposa de éste con otro de sus hijos-, sustenta la señora Trabet, y cuando los casos de eutanasia estaban menos divulgados que ahora. Buena comedia en general, bien construida y con excelente dosis de suspense -término desconocido a fines de los veinte-, gustaba al público y estuvo incluida en los repertorios de varias compaías profesionales. Ahora, traducida

por el director Fernando Wagner y dirigida por él con su característico estilo, vuelve un poco sin razón, pero sin perder sus valores escénicos, teatrales. No ha dejado de ser buen teatro para públicos sin muchas complicaciones.
     La notabilísima actriz Virginia Manzano encabeza el reparto de ahora. Hace está inteligente actriz una notable creación de la señore Trabet, la madre comprensiva, tolerante y amantísima, que por amor mata a su propio hijo, distinta a las que antes había visto el cronista. La de Virginia es dulce, tranquila, persuasiva. La noche del estreno la llevó con exceso de lentitud, tal vez para ayudar un poco al resto de los actores, inseguros en general. La joven actriz de cine Marta Valdez, muy hermosa, se mostró, comodigo, insegura, y tal vez por esto fría. Es evidente que el personaje resulta demasiado para su poca experiencia teatral. Todos sabemos, y esta joven y estudiosa actriz no debe ignorarlo, que los puestos en el escalafón teatral se ganan, como los entorchados auténticos, en las batallas; lo demás, es madrugar antes de que se anuncie el alba. Lo mismo decimos del galán cinematográfico Eduardo Noriega. Margot Wagner desempeñó con mucho dominio el díficil e ingrato papel de la enfermera, y cumplieron con mayor o menor decoro Carlos Fernández, Antonio Bravo y Carlos Agosti.
     La escenografía de Antonio López Mancera discreta y de buen gusto. Es la buena escenografía de un buen profesional.