Alfredo Gómez de la Vega Armando de Maria y Campos |
Alfredo Gómez de la Vega, que ayer dejamos en el seno de la madre tierra, fue un raro caso de voluntad, de perseverancia, de talento y de energía. Sería caer en lugar común ahora, que ha desaparecido, víctima de sorpresiva y dolorosa enfermedad, que fue el primer actor de habla española. Tanto se ha abusado de esta frase, que resulta grande a todos. Lo que sí nadie pondrá en duda nunca es que fue un extraordinario actor que honró a México dondequiera que rompió cortinas, pisó las tablas escénicas y cortó el verso, como se decía antes, o lo que es lo mismo, que dijo muy bien todos los personajes que habitó con su talento innato de gran comediante.
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madrileños Eslava, Centro y Español, estrenando obras de Unamuno, Araquistáin y Jacinto Grau. Regresó a México después de catorce años de labor artística en Europa, en 1927, presentándose en abril de ese año y realizando una temporada que duró seis meses y también recorrió los Estados con un repertorio selecto y estrenando obras mexicanas de Jiménez Rueda y María Luisa Ocampo. Volvió a Europa y actuó en los teatros de Madrid y de Lisboa y tornó a México en 1930 para realizar su memorable temporada, en la que puso obras de Andreiv, Sarment, Antonelli, Gantillón, Pañol y una mexicana de José Joaquín Gamboa. Llevó como primera actriz a Gloria Iturbe, mexicana, y en esa temporada se revelaron Andrea Palma e Isabela Corona. Dirigió la temporada que inauguró el Teatro del Palacio de las Bellas Artes, interpretando al lado de María Tereza Montoya, La verdad sospechosa, de Juan Ruíz de Alarcón, y otros éxitos del teatro universal. Volvió al teatro Fábregas y realizó otra brillante temporada con obras consagradas como Antes de ponerse el sol, de Hauptmann, y estrenando Nock o el triunfo de la medicina, de Romains, y Cubos de noria, de la mexicana Amalia de Castillo Ledón. Su más reciente temporada fue la que realizó en Bellas Artes para dar a conocer La muerte de un viajante, de Miller, como director, actor y traductor. Uno de sus más calificados triunfos fue el que alcanzó en 1946, estrenando El gesticulador, la famosa pieza de Usigli, creando el personaje César Rubio, uno de los más vigorosos de nuestro teatro nacional. Sus últimas apariciones ante el público fue como actor y director de teatro en 1954, llevando a las ondas electrónicas, como era su costumbre y su divisa, teatro de gran calidad. |
nutriéndose de experiencias, que después aprovechaba en sus temporadas teatrales. En 1938 publicó su magnífico libro El teatro en la URSS, y todavía a fines del año pasado sustentó conferencias sobre el teatro en China, a raíz de su reciente viaje a aquel país. |