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Alfredo Gómez de la Vega

Armando de Maria y Campos

    Alfredo Gómez de la Vega, que ayer dejamos en el seno de la madre tierra, fue un raro caso de voluntad, de perseverancia, de talento y de energía. Sería caer en lugar común ahora, que ha desaparecido, víctima de sorpresiva y dolorosa enfermedad, que fue el primer actor de habla española. Tanto se ha abusado de esta frase, que resulta grande a todos. Lo que sí nadie pondrá en duda nunca es que fue un extraordinario actor que honró a México dondequiera que rompió cortinas, pisó las tablas escénicas y cortó el verso, como se decía antes, o lo que es lo mismo, que dijo muy bien todos los personajes que habitó con su talento innato de gran comediante.
     Hijo de padres mexicanos y mexicano por nacimiento, inició su carrera artística en México como recitador el año de 1911. Para arbitrarse recursos y marchar por sus propios esfuerzos a Europa, organizó recitales a principios de 1913. En febrero de 1914 se presentó por primera vez ante el público en el Ateneo de Madrid, recitando poemas de poetas mexicanos. A mediados de ese mismo año ingreso a la carrera diplomática, en Madrid, como tercer secretario y estuvo con igual carácter en Roma, París y Londres. Pero su amor era el teatro. A fines de 1916 principió su carrera dramática, ingresando en la compañía de Catalina Bárcenas, como galán joven. Después pasó a la de Carmen Cobeña y más tarde a la que dirigió Ricardo Baeza, formada especialmente para presentar obras maestras del teatro universal. En 1920, ya con compañía propia, como primer actor y director, se presentó en el Teatro Español, de Madrid, estrenando Los iluminados de Joaquín Montaner; La princesa juega, de Marquina; repuso Electra, de Galdós, y se consagró como un gran actor de habla española independientemente de que fuera mexicano por nacimiento.
     Durante seis años, y siempre al frente de su compañía, recorrió los principales teatros de la península española, Canarias y Baleares y el Marruecos Español, y actuó en los teatros

 

madrileños Eslava, Centro y Español, estrenando obras de Unamuno, Araquistáin y Jacinto Grau. Regresó a México después de catorce años de labor artística en Europa, en 1927, presentándose en abril de ese año y realizando una temporada que duró seis meses y también recorrió los Estados con un repertorio selecto y estrenando obras mexicanas de Jiménez Rueda y María Luisa Ocampo. Volvió a Europa y actuó en los teatros de Madrid y de Lisboa y tornó a México en 1930 para realizar su memorable temporada, en la que puso obras de Andreiv, Sarment, Antonelli, Gantillón, Pañol y una mexicana de José Joaquín Gamboa. Llevó como primera actriz a Gloria Iturbe, mexicana, y en esa temporada se revelaron Andrea Palma e Isabela Corona.

En el Bellas Artes

   Dirigió la temporada que inauguró el Teatro del Palacio de las Bellas Artes, interpretando al lado de María Tereza Montoya, La verdad sospechosa, de Juan Ruíz de Alarcón, y otros éxitos del teatro universal. Volvió al teatro Fábregas y realizó otra brillante temporada con obras consagradas como Antes de ponerse el sol, de Hauptmann, y estrenando Nock o el triunfo de la medicina, de Romains, y Cubos de noria, de la mexicana Amalia de Castillo Ledón. Su más reciente temporada fue la que realizó en Bellas Artes para dar a conocer La muerte de un viajante, de Miller, como director, actor y traductor. Uno de sus más calificados triunfos fue el que alcanzó en 1946, estrenando El gesticulador, la famosa pieza de Usigli, creando el personaje César Rubio, uno de los más vigorosos de nuestro teatro nacional. Sus últimas apariciones ante el público fue como actor y director de teatro en 1954, llevando a las ondas electrónicas, como era su costumbre y su divisa, teatro de gran calidad.
    Alfredo Gómez de la Vega fue dueño de una rica cultura, especialmente en materia teatral; viajó por todo el mundo estudiando teatro y

nutriéndose de experiencias, que después aprovechaba en sus temporadas teatrales. En 1938 publicó su magnífico libro El teatro en la URSS, y todavía a fines del año pasado sustentó conferencias sobre el teatro en China, a raíz de su reciente viaje a aquel país.
     Soñó para México con un gran teatro, el que México se merece. Dijo una vez: "La circunstancia de haber luchado siempre, en todas mis temporadas teatrales en México, por abrir un camino a los jóvenes, muchos de los cuales se hicieron y formaron bajo mi dirección y hoy son ya nombres estimables en nuestra escena, creo que me autoriza, sin riesgo de que mi actitud parezca sospechosa, para expresar mi eceptismo ante lo que hoy parece estar de moda considerar como un renacimiento del teatro entre nosotros". Se refería a la multiplicación de los pequeños teatros. Porque él, como Goethe, hubiera querido "que el escenario fuese tan estrecho como la cuerda de un equilibrista, para que ningún torpe se atreviera a pisarlo".
    Ayer, un grupo de amigos, muy reducido, le acompañamos a su última morada. Estoy seguro de que él no esperaría a más de los que fuimos, escéptico de la amistad como fue siempre. Fue la suya una despedida triste. En la casa de inhumaciones donde fue depositado su cadáver, asomaron pocas caras. Pasó su última noche solo, solo.
     El libro de los decretos eternos es inmutable y cuando dice "así lo quiero", el cuerpo robusto, en plena madurez intelectual y ansioso de vivir, se convierte en cadáver; duerme yerto en la tumba...