Con asistencia de tres fotógrafos de prensa y de dos camarógrafos de televisión o tal vez de algún noticiero cinematógrafico, de la prensa especializada y del puntual e inevitable público de todos los estrenos, subió a escena, la noche del viernes en la sala Chopin la obra Júpiter travieso, en tres actos, de Kurtz Gordon, según adaptación para el género teatral que tratan de imponer los directores Landeta y Cardona realizada por ellos mismos y con númerosos musicales originales de Araceli Julián, Francisco Cardona y Julio Porter. Landeta y Cardona cuentan ya con varios elementos fijos para su propósito, entre ellos Eva Muñoz, Lulú Parga, Julio Alemán, Armando Luján y Eva Calvo, además, ahora, de Begoña Palacios, María Rubio, Mari Carmen Vela y Óscar Servín.
La intervención directa de fotógrafos y camarógrafos durante el primer acto y gran parte del segundo, actuando en esa tierra de nadie que va de la primera fila de butacas al proscenio, moviéndose, bullendo, encenciendo reflectores de diversas potencias, casi encaramándose en las rodillas de quienes ocupan las butacas de primera fila. Sin embargo, por lo que nos dejaban ver fotógrafos y camarógrafos nos dimos cuenta de que Júpiter travieso (Jumpin' Jupiter) es una comedia tonta y loca, de un género que no se explica como tiene éxito en los Estados Unidos y particularmente en el distrito teatral de Broadway, cualquiera que sea la categoria del escenario en que se represente. Dos o tres chicas que luchan por hacerse un sitio en la televisión o en alguna revista, un compositor en ciernes; una casera guapetona y tonta, exigente y a la vez tolerante con el producto de los alquileres que nunca cobra; el secuestro de la hija de un magnate de televisión, un astrólogo tonto de remate, y muchas canciones intercaladas hábilmente en el curso de este argumentillo, que concluye dándoles el triunfo, no importa lo forzado que éste venga, a todos los aspirantes a artistas. La obra original no debe valer gran cosa. El mérito y el valor teatral |
que ahora se le puede advertir debemos cargárselo a los directores Landeta y Cardona, quienes la mueven y animan en forma extraordinaria, con ritmo lleno de vida, vibrante, a veces trepidante y, acaso excesivo. Todos los movimientos están concertados de manera armónica y la obra resulta divertidísima.
Yo pasé por la prueba de haberla visto bajo la tremenda impresión de una noticia que me dobló físicamente. A principios del primer acto, mi compañero de butaca, don Juan Tomás, cronista de teatro, me comunicó que había muerto la extraordinaria vedette mexicana Celia Montalbán, amiga mía muy querida de mi adolescencia, cuando yo empezaba el periodismo y ella no había debutado aún como tonadillera. Durante el primer acto de la noticia me fue confirmada por otro compañero de fila, don Rafael Solana. Celia, la de la sonrisa luminosa y el corazón de cascabel, había muerto la madrugada de ese viernes. Un tumulto de recuerdos me impidieron seguir con optimismo la loca representación de los muchachos de Landeta y Cardona; en el corazón me llovían lágrimas y en el recuerdo se encendían las luces de emociones hace mucho tiempo no sentidas.
Conocí a Celia- la señorita Celia Guerrero- a fines de 1916 como empleada cajera de un centro de diversiones sanas, por la calle de San Juan de Letrán, conocido por La Boite. Estaban de moda las tonadilleras. Celia quería entrar en el teatro y yo la presente con el viejo representante de variedades, don Andrés Montañez, quien tenía ya a otra linda joven, también muy querida amiga mía, Aurora Walker y con ellas formó el dueto Las Walkirinas, haciéndolo debutar en una fugaz temporada de variedades que se desarrollaba en el teatro Colón. Hermosísima, juvenil, torneada de maravilla y con una sonrisa fresca y blanca que esclavizaba al público, Celia, con Aurora, pasó a formar parte de la compañía de María Conesa, que actuaba en el Fábregas, y acompañándola Celia y Aurora en los mejores
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números de las revistas políticas. Las dos lindas muchachas se abrieron paso. Celia continuo en la revista y en alguna de ellas, de cuya música era autor Pepe Palacios, estrenó la canción ¡Ay mi querido capitán!, de cuyo monótono y alegre cantable soy autor. Pepe y yo compusimos esta canción una noche cargada de aventura del club nocturno que funcionaba por la antigua calle de Allende, regenteado por una hábil mujer llamada Juana Morales. Nunca se me dió crédito como autor de este popular cantable; tampoco lo exigí nunca, porque me bastaba que estuviera en labios de Celia. Pepe Palacios, que afortunadamente aún vive y muchos de los bohemios de aquellos años, saben que esto es verdad. Lo que cuenta ahora es recuerdo y dolor. Descansa en paz, Celia Montalbá, apagada para siempre tu sonrisa luminosa. ¡Ay, mi querido capitán...!
Volvamos a la realidad y a la obligación: la interpretación de Júpiter travieso. Resulta difícil en verdad, asegurar quién está mejor o quién destaca más. Sin embargo, es de justicia decir que deben quedar en primer término Evita Muñoz, Lulú Parga y Elena Julián. La revelación de la noche fue la preciosa y primaveral Begoña Palacios, que parece tener todo para triunfar como actriz o vedette si no se tuerce o malogra. Julio Alemán desempeña con gran soltura su papel de galán y canta muy bien. Armando Luján crea un gran tipo cómico con mucho talento, y no se desentonan en el conjunto de Eva Calvo, Mari Carmen Vela y Óscar Servín. La señorita Muñoz es de una inquietud peligrosa. No deja de actuar un segundo, como si en la escena no hubiera otro personaje que el que ella anima sin descanso con risas, parpadeos, saltos, vueltas y revueltas.
La escenografía de Reyes Meza, muy propia y de buen gusto y pegajosos los números musicales de Córdoba, Porter y Julián. Al fin, Landeta pidió un aplauso para Sergio Corona, director de los números musicales, y el público lo sumó a los muchos con que premió la labor de los intérpretes de Júpiter travieso, comedia loca y tonta. |