Hace muchos meses que se viene hablando, escribiendo y hasta pleiteando a propósito del monólogo en dos actos, Las manos de Eurídice, del escritor brasileño Pedro Bloch y de su afortunado intérprete, el actor catalán Enrique Guitart. Para los enterados, casi no hay nada nuevo que decir sobre autor e intérprete, pero, para el público en general, tantas notas aisladas podrían resumirse en una información que aún despierte interés.
Sin embargo, no es este el aspecto que ahora nos interesa más. Una obra con características originales que lleva más de dos mil representaciones en diversos países de habla española, y portuguesa, y creo, sin tener documento a la vista, que también en algún idioma extranjero, está con este numérico hecho, suficientemente juzgada. Es obra de taquilla que apasiona a públicos de diversas sensibilidades. ¿Por si misma o por su intérprete, que debe poseer condiciones excepcionales como actor dramático? Estoy cierto que mucho más del cincuenta por ciento de este éxito de binomio corresponde al actor. Muy pocos habrá en nuestra lengua o en la portuguesa que pisen tan firme y seguro los escenarios, como Enrique Guitart. No lo imagino como actor favorito de Muñoz seca -de esto hará cerca de veinte años- como lo afirma alguna biografía que ha hecho circular su empresario mexicano. Y tampoco, en otro orden de cosas, como Hamlet o como Romeo. Todo puede ser, ojalá lo pudiéramos ver actuando al frente de una compañía homogénea. Lo que afirmamos sin regateo es que como intérprete de Las manos de Eurídice, se muestra actor completo, dueño de un dominio de sí mismo, extraordinario y poseedor de un rico tesoro de matices en la voz, en el gesto y en el ademán para llegar, |
certeramente, al espectador de diversa sensibilidad -porque si cada noche el público es distinto, ¿cómo lo será el de pueblos y ciudades que poco tienen de común entre sí?- y siempre con una emoción ensayada, no obstante que el actor entregue su corazón a la violencia, es decir, a su propia emoción.
Es necesario decir cómo es el personaje que interpreta Guitart. El personaje es una historia. La historia de un hombre que vuelve a su casa después de siete años. Abandonó su hogar por motivos que él creía justificados, ligó su vida a la de una aventurera, asesinó a ésta en instantes de fracaso y desesperación, y al regresar a su punto de partida, o más bien de huida, no encuentra a nadie. Ni su mujer ni los hijos que había abandonado se hallan en el hogar desolado. Vuelve en estado de desequilibrio absoluto. En realidad, el tal Gumersindo Tavares es un caso de desequilibrio muy bien presentado por un doctor especialista, como lo es en la realidad el autor Pedro Bloch. ¿Dónde está el secreto, pues, de la extraordinaria actuación de Guitart y de la originalidad de la pieza de Bloch? La clave es sencilla y difícil: el actor crea desde un principio un clima de intimidad entre el personaje que representa y el auditorio. Conversa, interroga; establece diálogos previstos o improvisados con los espectadores, quiéranlo o no éstos; muestra fotografías, exhibe documentos y, en fin, logra que el espectador anónimo e indiferente se introduzca en su caso, en su pavoroso conflicto sentimental y desolado.
Desde la primera escena rompe la línea de la batería ( o de los candilejas), baja a la sala, cruza los pasillos, convierte en escenario sin frontera la sala y el tablado e improvisa actores del espectador que se presta a ello, un poco a la manera de los ilusionistas que bajan también de |
el escenario a interesar al público y a asombrarlo a veces con sus experimentos. Esto, que a primera vista se antoja fácil, es de un mérito extraordinario cuando lo hace un actor, solo y su alma, durante dos horas o más. Enrique Guitart, como Gumersindo Tavares, es un actor extraordinario.
La pieza de Bloch es un hallazgo teatral. Escrita por un doctor en medicina que conoce a fondo su oficio se desarrolla como un caso clínico apasionante. Está bien escrita, y aunque parezca absurdo tratándose de un largo monólogo, sino consigo mismo. A ratos se antoja demasiado reiterativa, pero de esta aparente monotonía la salva el tesoro de resursos que derrama Guitart. Está escrita para ser adoptada a la hora del país en que se represente y no se le puede negar un aire de originalidad no sólo el asunto principal, que puede ser tratado de miles maneras distintas, sino en su desarrollo, estrujante, como la época que nos ha tocado vivir.
La empresa de Manolo Fábregas presentó Las manos de Eurídice al través de la habilidad escenográfica de Julio Prieto, con la imponente suntuosidad que acostumbra; el cronista cominero tal vez advirtierá que la decoración está hecha con retazos como un bien combinado traje de arlequín. Los juegos de iluminación son magníficos y contribuyen a crear el clima de desesperación en que actúa el actor.
El público recibió con cariño a Guitart y al concluir la obra lo aplaudió con largueza. Guitart se dirigió al público para declarar con cuánto temor se presentaba en México y cómo se sentía satisfecho de que su labor agradaba. Hizo subir al palco escénico a Manolo Fábregas, para quien pidió aplausos que el público otorgó, a los dos, sin regateo.
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