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La libertad de expresión y la censura en Francia. I

Armando de Maria y Campos

   Seguramente que el escándalo provocado por la suspensión ordenada por la Oficina de Espectáculos de la Ciudad de México, a propósito del estreno de Pecado mortal, del autor mexicano Wilberto Cantón y de la reposición de La Celestina, del clásico español Fernando de Rojas, habrá de quedar como una de las efemérides más importantes del año que concluye. Para contrarrestarla se acudió a clamar en pro de la libertad de expresión contenida en nuestra Carta Magna y se habló mucho sobre moralidad e inmoralidad. El asunto da tema para consideraciones de la más diversa índole. Por lo que se refiere al segundo motivo, yo creo que para el artista la verdadera inmoralidad es la obra mal hecha. En cuanto a que se ataque con estas disposiciones la libertad de expresión que nos concede nuestra Constitución a todos los mexicanos y a quienes sin serlo residen en el país, la cosa merece los más entretenidos comentarios. Porque una cosa es la libertad de expresión y otra el derecho que tiene el Poder para censurar diversos aspectos de la libre expresión del pensamiento en beneficio de la salud pública.
    ¿Qué dirían los jovenes aficionados al teatro y quienes hacen sus primeras armas en la crónica teatral si se les informara, con datos fidedignos, sobre cómo se ejerce la censura teatral en Francia, entre los ingleses, y cómo se ejerció durante el auge del Frente Popular en el país de todas las libertades, Francia, o por los dirigentes de la Unión Soviética? Ahora que no hay novedad en el frente, me voy a permitir disertar sobre tan curioso y jugoso tema. Me valdré de las Nuevas confesiones de un autor dramático, de Henry Renato Lenormand.
    Refiere el notable y discutido autor cómo se le impidió entrar a la Comedia Francesa en 1923. El éxito que alcanzaba en toda Europa su

pieza A la sombra del mal le autorizó a pretender que fuera representada en la casa de Molière. Gobernaba ésta Emilio Fabre "con una bonachonería completamente meridional y mucha cautela administrativa". Por conducto del actor De Féraudy, socio de la Comedia, Lenormand hizo llegar su obra  a Fabre, y ésta fue turnada al señor Seché, por entonces lector de la Comedia Francesa, quien produjo un dictamen favorable. En la pieza de Lenormand, conocida en México, se reproducen aspectos de la vida en las colonias francesas. Un personaje, Rougé, residente colonial, aparece consumido por la fiebre en el momento en que se desarrolla en él el complejo de la injusticia. Esto fue motivo suficiente para que A la sombra del mal fuera rechazada. Refiere Lenormad: "porque los teatros del Estado no pueden dar asilo a un teatro en el cual los representantes de la sociedad aparecen bajo rasgos no conformistas. Para resguardarse de la cólera del Ministerio de las Colonias, hubiera sino menester que mis funcionarios coloniales fuesen funcionarios modelos. Para no despertar las susceptibilidades del Ministerio de la Guerra, es preciso que todo militar francés que en la comedia vista uniforme sea un héroe sin tacha. Por idénticas razones, en ese escenario no puede aparecer, ni un juez, ni un marino, ni un perfecto, ni un ministro que no se vea adornado de cuantas virtudes quisiera uno lo adornarán en la vida real. En una palabra, que los dirigentes de la Tercera República consideraban a los personajes de teatro como seres que representarán a priori sus grados. sus clases y sus funciones respectivas. Este concepto, que tiene a implicar a unos individuos que realmente existen  en las flaquezas de individuos imaginarios, tiene para el arte dramático las consecuencias que es fácil suponer: hacer imposible en la Comedia

Francesa cualquier obra de tema contemporáneo que no emplee un material humano, si es que éste depende del Estado, perfectamente inocuo". A propósito, recordaba Lenormand : "Cuando yo estuve en la Unión Soviética, no podía mostrarse allí a un bolchevique que no fuera bueno ni a un ruso blanco que no fuera malo. O sea que los rojos tenían que ser blancos, blancos como la nieve, y los blancos, negros, negros como el humo del infierno". Ya se conocen  los resultados de esto en el campo de la creación teatral. La producción de los dramaturgos nacidos de la Revolución se ha visto nivelada por una ortodoxia carente de matices, si bien este conformismo no los ha salvado, pues la ortodoxia no siempre tiene el mismo aspecto, y en1946, o después, los que habían sobrevenido a las grandes depuraciones ven sus obras prohibidas, "por no encarnar ya las nuevas tendencias del marxismo".
    Lenormad recurrió a todos los medios variables o lógicos, escribiendo a los ministros, hablando con ellos, sin encontrar un no rotundo pero tampoco un sí salvador. "Esta es la ley no escrita -dice- de las relaciones de un teatro del Estado con el gobierno".
    "Los vetos del poder -afirma-, por lo general transmitidos por teléfono, sin dejar huella, salvo en la memoria, revisten en ocasiones, un aspecto cómico. Durante una gira oficial de la compañía del Odeón en Copenhague, el Ministro de Francia le suplicó a Guémier (el director) retirara de la cartelera El simún, cuya primera representación habías sido triunfal, ¡Mi drama estorbaba la propaganda colonial que el celo de aquel diplomático se creía obligado a hacer... en Dinamarca!"
      Seguiré con el tema.