El 5 del mes en curso la Asociación Nacional de Actores inaguró oficialmente, por la noche, el teatro Jorge Negrete, cuya iniciativa se debe al extinto ex secretario general de esta agrupación y popularismo cantante.
El nuevo teatro cuenta con seiscientos cuarenta y cinco asientos, que no es lo mismo que estar apto para recibir igual número de espectadores. Este local, cuyo costo se asegura que ascendió a tres millones de pesos, no es un buen teatro, ni por su audibilidad ni por su visibilidad. Para inagurarlo se eligió la pieza dramática Malintzin, del novel autor mexicano Jesús Sotelo Inclán, y para interpretarla se formó un elenco que encabeza la ilustre trágica María Tereza Montoya, el notable actor de origen español Francisco Jambrina y el excelente comediante Arturo Soto Rangel. El resto, muy numeroso, está integrado por nuevos elementos, a la cabeza de ellos Pilar Souza, muchos aún incipientes, alumnos de la Escuela Dramatica de la propia ANDA.
Fue un acierto de los dirigentes de la ANDA elegir una obra de autor mexicano y que ésta se refiriera a la época de los principios de nuestra nacionalidad. Malintzin -Medea americana la subtitula el autor con mucho acierto, por que el suceso que escenifica tiene semejanza con un remoto pasado griego- no es una buena obra de teatro en el amplio sentido que se le da a este término cuando se situá una pieza de teatro adobada con los inexcusables requisitos que la convierten en un negocio o comercio. Malintzin es la escenificación de un trascendental suceso pintoresco, aun confuso, y por esto difícil de hallar una clara explicación dramática. Sotelo Inclán nos refiere la histórica efemérides al través de los episodios tantas veces contados por los cronistas de la Conquista, y que cobra unidad dramática en el momento en que llega a su crisis cuando Hernán Cortés deja definitivamente a la mujer india que había sido su aliada y guía, su traductora y amantey con quién engendró un hijo. Sobre este episodio los cronistas de la Conquista pasaron rápidamente, |
porque no le dieron la importancia que ahora comprendemos que tiene; el insuperable Bernal Díaz del Castillo, tan minucioso en sus relaciones, no da mayores detalles, y hasta contradice a López de Gomara, clérigo y también acucioso cronista, que no logra, sin embargo, destruir la contundente afirmación de que Cortés casó a Malintzin con Juan Jaramillo, estando este borracho, con gran escándalo de sus capitanes. Sobre este hecho cierto, Sotelo Inclán compuso su drama, respetando las unidades aristotélicas, jugando con personajes que fueron testigos y con otros que creó, como la chichigü o pilmama, voz de la raza que empezaba a ser vencida, aconsejando a Malintzin despreciar al hombre que trajo el mar y volver a sus dioses ancestrales. El autor ha declarado de manera terminante: "La historia particular de Malintzin y de Hernán Cortés no importa nada en este drama por sí misma, sino por el sentido que se desprenda de ella". A confesión de parte, revelo de culpa. Atendamos, pues, a su mensaje historico: el nacimiento del mestizaje, problema vivo aún. Traigo aquí unas palabras de una de las mujeres que rodean a Malintzin, que dan la clave del fondo y del transfondo d esta obra meritísima por muchos conceptos: "Cuando Cortés y sus hombres desaparezcan, y nosotros también, quedarán frutos de estas semillas mestizas que procreamos. Así perdurará lo mejor de sus abuelos indios y españoles". Y otro de los personajes dice: "Principio somos de raza, padres de un mundo que empieza".
Nos interesa como espectadores críticos que no se adultere o mistifique la personalidad verdadera o supuesta al través de la historia de la lengua Malintzin, del conquistador Cortés, de su capitán Jaramillo y del clérigo que representa a la cruz tras la espada. Sotelo no ha falseado la historia. Su interpretación de estos personajes es correcta. Cuanto ocurre en escena pudo haber sucedido. Convenimos con la generalidad de público y crítica en que a los sucesos escenificados les falta aliento, y que la |
construcción, lo que se llama la arquitectura teatral de este drama, adolece de defectos, pero nadie puede negarle talento a Jesús Sotelo Inclán, ni respeto a la verdad histórica. No es un autor de teatro que haya probado sus armas en otros combates con la crítica y el público; al contrario, hace sus primeras armas y las maneja con inteligencia, soltura y buena fe. Algunas escenas de su obra son excelentes; otras, como toda lección de historia elemental, poco atractivas, o para decirlo en nuestro lenguaje de críticos, inseguras; de principiante aventajado. Pero ante la altura y nobleza del intento es ridículo fijar la atención en este o en aquel arbusto y no ver la magnificencia del espléndido paisaje.
Nadie mejor que María Tereza Montoya para encarnar este difícil personaje histórico. Crea una Malintzin que será la verdadera mientras no venga otra actriz a superarla. Y para esto, creo yo, tendrán que pasar cincuenta años. Está magnífica de voz y de gesto. Se entrega al personaje y a la vez lo hace suyo. Así debió ser Malintzin, y es lástima que María Tereza no encuentre un Bernal Díaz del Castillo que recoja su paso por la escena como la madre autentica del mestizaje mexicano. Lo merece. Jambrina está sobrio y correcto como Hernán Cortés y le da cumplida réplica a María Tereza. Pilar Souza tiene momentos de gran actriz en la nodriza y actúa con la seguridad propia de un exelente comediante Arturo Soto Rangel en el clérigo. Al lado de estos merecen citarse los nombres de Catalá, como titerero, que con su retablillo funda propiamente el teatro en América, y Julio Taboada.
La dirección de Ricardo Mondragón es sobria y justa. Julio Prieto pintó una decoración mediocre. La noche del estreno no interesó a los actores cinematográficos que en su mayoría cubrían las mejores localidades del nuevo coliseo. Abandonaron la sala durante el primer intermedio... |