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Estreno de Pecado mortal, en el teatro Juárez

Armando de Maria y Campos

     Por supuesto, soy enemigo de la censura previa como todo hombre libre. Nuestra Carta Magna es terminante en este sentido: en México no se tolera la censura. Así lo expresa categóricamente nuestra Constitución de 1917. Sin embargo... Sin embargo, ¿es censura previa o no el procedimiento que nuestras autoridades siguen para autorizar la exhibición de películas extranjeras o nacionales? ¿Es censura previa la que se ejerce por la Dirección General de Telecomunicaciones sobre algunos programas de la radio y la TV, especialmente los informativos, para vigilar el cumplimiento de los artículos que se refieren a la prohibición estricta de transmitir asuntos que directa o veladamente se refieran a la política o a la religión?

    El estreno de la pieza Pecado mortal, de Wilberto Lenin Cantón, que inaguraría la temporada 1957 de la Unión Nacional de Autores, fijado para el, 19 del corriente en el Teatro Juárez, fue suspendido, y aunque las autoridades del Distrito Federal nunca declararon que esta suspensión la motivó una censura previa, tampoco lo negaron cuando los diarios y revistas de la ciudad capital propalaron por cuenta propia o con voces ajenas, que la suspensión se debió a que conociendo la Oficina de Espectáculos al fondo inmoral de la pieza de Cantón impedía su representación.
    Como ha ocurrido siempre en estos casos, las autoridades más altas rectificaron lo hecho por sus subalternos y la pieza en entredicho se estrenó al fin el sábado 23, bajo los auspicios -nada menos- que de las secretarías de Educación Pública, de Hacienda y Crédito Público, de la Economía Nacional; de Petróleos Mexicanos, del Banco de México, del Banco Nacional de Fomento Cooperativo, del Banco Nacional de Crédito Agrícola, del Banco Nacional de Comercio Exterior, de la Financiera Industrial Azucarera, del Instituto Mexicano del Seguro Social; de Azúcar, S.A.; la Nacional Financiera, la Fundidora de Fierro y Acero de

Monterrey y la Asociación Nacional de Fabricantes de Cerveza. Con magnífico respaldo económico puede desarrollarse esta temporada en el desventurado caso de que el público le volviera la espalda a la invitación de los autores mexicanos que eligieron para su quinta temporada, y seguramente de las autoridades municipales celosas de velar por la salud del pueblo del mismo modo que obliga a velar por la salud corporal.

    El martes último, en función dedicada a la prensa y con escasa entrada, conocimos los periodistas la pieza de Wilberto Cantón. Juzguémosla, grosso modo, de espaldas a todo prejuicio moral. Su asunto es escabroso y requiere delicado tacto y el mejor gusto para desarrollar el peligroso argumento y hacer hablar a los personajes. Se trata de la iniciación sexual de un joven de 16 años, en las cálidas playas de Acapulco y en un hotel de lujo, por dos mujeres tristes de la vida alegre, una veterana en el oficio y otra que lo empieza, con la mejor fortuna y con sus buenas formas, amantes las dos, pretérita una, actual la otra; de un cantante de radio de alma tan podrida como sus dos mancebas. Pues esto se desarrolla en una comedia al parecer escrita de prisa, mal construida por lo que se refiere a su carpintería teatral y dialogada sin ninguna altura de pensamiento y no digo de que sentimientos, porque todos ellos son bajos, menos los del adolescente alucinado y que, por fortuna, no corresponde al tipo medio de los jovenzuelos mexicanos. El lugar común va y viene, como la marea, movido por un deseo de decir cosas ingeniosas y frases que despierten la sexualidad -fijarse que no digo sensualidad- de un auditorio que ve con tristeza cómo actúan una vieja meretriz y una muchacha que empieza a hacer la carrera, disputándose además a un cancionero amoral, hasta que entre los tres provocan el suicidio del jovenzuelo, y con esas idas y venidas de la iniciación, la presencia en la escena

de la madre de éste, personaje que en ningún momento proyecta el respeto de una madre angustiada por algo que en verdad, no es para asustar a nadie, si ocurriera como nos ha ocurrido a tantos en forma normal.
    La pieza de Cantón es inferior a cuantas ha escrito y en general defraudó a quienes esperan algo maduro de este inteligente caballero, que ahora complica su situación de autor discutido nada menos que con la presencia de la Agrupación de Críticos de Teatro de México. ¡Qué cosas!
    La interpretación resultó floja. Sara Guash, en la amante madura, hace gala de su experiencia. Kitty de Hoyos, como la mujer galante que empieza, se exhibió medio desnuda durante los dos primeros actos. Segura de su memoria para repetir con claridad las líneas de su papel, sólo procura adoptar actitudes de cromo o de tarjeta postal de mujer en traje de baño. Frecuentemente se recurre a los obscuros para que la juvenil y robusta silueta de Kitty se proyecte en sus formas simples en el azul de cielo que fingen las decoraciones. Al final, aparece vagamente la actriz que puede llegar a ser. El actor Félix González no tiene por dónde se le enjuicie. Frío y sin voz se limita a cumplir. El nuevo galán Fernando Luján, muy en tipo y en edad, esta sencillamente magnífico. Crea efectivamente su personaje y su labor lo sitúa como uno de los galanes más prometedores. La dirección de Jebert Darién, muy artificial y tratando de cubrir las deficiencias de la comedia. Lo mejor de todo, una excelente escenografía de David Antón, a veces estropeada por los oscuros innecesarios.