No vi la representación de Calígula, de Albert Camus en la pista del restaurante Chapultepec, presentada por los directores Landeta y Cardona durante varias semanas. Cada martes surgía alguna pequeña dificultad que, por otra parte, no traté nunca de solucionar porque no me sentí atraído a presenciar la representación de una pieza tan importante como ésta distraído por un filete o por una ensalada mixta de frutas y verduras. En general, no gusto de las innovaciones teatrales, porque todo lo que la imaginación de un director puede descubrir, que ha sido intentado y realizado hace años. El teatro nació con el hombre, con él morirá, y en los siglos que lleva de estar en crisis permanente ha sido víctima y pretexto de toda clase de experimentos, por demás audaces y a veces útiles.
Ahora, para rendirle a Camus un homenaje por haber alcanzado este año el Premio Nobel, Landeta y Cardona representan Calígula en el escenario del teatro Milán, con diseños de vestuarios y escenografías de José Reyes Meza, iluminación de Arturo Romero y música de fondo. Para crear el extraordinario personaje de Cayo Julio César Germánico -Calígula-, los jóvenes directores prefirieron a un elemento nuevo, Sergio de Bustamante, que a un actor maduro en su profesión aunque no estuviera de acuerdo con la edad que tenía el emperador romano en la época a que se refiere la anécdota recogida por Camus Calígula nació el 31 de agosto del año doce de nuestra era y murió asesinado el año 41. El día que Casio Quereas y Cornelio Sabino se apostaron en una galería subterránea, por la que pasaba el emperador para dirigirse al foro, y le dieron muerte, contaba 29 años de edad, y ya se sabe que a esa edad los grandes actores no han llegado a cuajar.
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Sergio de Bustamante, muy joven aún -probablemtnete de menos de 25 años de edad- es una de las más brillantes promesas de las nuevas generaciones de actores. Lo tiene todo para triunfar: juventud y buena presencia, clara dicción y temperamento y ya se mueve en la escena con una seguridad difícil de alcanzar cuando aún no se ha salido del huevo del teatro experimental. Su Calígula es excelente lo mismo cuando se muestra irónico, que filósofo, que cruel y sanguinario. Entendió perfectamente el difícil y profundo texto de Camus y lo dice con gran verdad y sentimiento. Saludemos en él a una de las mejores interpretaciones del año, y desde luego, a un gran actor en embrión. Tuvo escenas en las que conmovió profundamente al auditorio y el final de su actuación, la noche del miércoles, fue coreada con ¡bravos! entusiastas y merecidos.
El largo reparto de Calígula fue encargado a jóvenes actores todos ellos muy responsables y algunos con reconocida práctica en la escena experimental. Supieron, en todo momento, darle la réplica de Bustamante y esto significa que pusieron estudio y emoción en la creación de sus respectivos personajes. Ignacio Montero, Raúl Valenzuela, José Antonio Fernández, Enrqiue González Alonso, Marcelo Díaz Salas, Oscar Servín, Francisco Salvador, Víctor Manuel Luján, Efrén Sosa y Armando Luján, así como Eva Calvo en Cesonia, la cruel amante de Calígula, y María Rubio, fueron escuchados con atención y también aplaudidos con calor.
Un mismo decorado de cortinas grises bien iluminadas y los muebles indispensables de diseño muy sobrio, sirvieron de fondo e instrumento a Landera y Cardona para mover a sus personajes con un ritmo vivo siempre de acuerdo con la acción, procurando siempre los |
conjuntos plásticos para revivir la trágica época en que el imperio romano soportó a este extraño déspota y tirano filósofo.
La obra de Albert Camus como dramaturgo se inició en 1944. Al día siguiente de la liberación, Camus hizo representar Le malentendu -conocido en México- en el Teatro des Mathurins. Un año después se estrenó Calígula en el Teatro Hébertot, de París, naturalmente. El estilo de Camus es vivo; las réplicas, cortas, estallan y se oponen en lucha rápida. Proporciona el punto de partida de la farsa Drusila, la mujer amada por Calígula, que ha muerto; "¡Sé que nada durara!"... "Los hombres mueren y no son felices", dice Calígula. Como sabrá el lector, los patricios, dignatorios del imperio romano, sufren múltiples afrentas; debe escribir un poema, reír, hacer una ofrenda a Calígula disfrazado de Venus, ceder sus mujeres... son autómatas grotescos. Pero Calígula no es feliz precisamente por eso. -"De qué me sirve este poder tan asombroso si no puedo cambiar el orden de las cosa, si no puede hacer que el sol se ponga por el este... Quiero mezclar el cielo con el mar, confundir la frialdad con la belleza, hacer surgir la risa del sufrimiento." Para Calígula, ejercer su libertad es destruir el mundo. Su poder que no puede extenderse hasta allí, se ejerce al menos sobre los hombres. Calígula mata, y especialmente a los que ama. Camus trata a Calígula como un caso freudiano, pero hace excelente teatro. Si a Calígula se le dio un imperio para que hiciera experimentos sobre el amor y la amistad, la ternura y el deseo, la vida y la muerte a Camus se le ha dado un escenario para que lleve a él personajes rebelados duda y sombra, pero también gritos de esperanza y libertad.
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