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El baile, de Edgar Neville, por Marga López, en el Insurgentes

Armando de Maria y Campos

    Escrita por Edgar Neville, especialmente para la primera actriz Conchita Montes, la comedia El baile fue estrenada en Madrid durante el año 1952 y su sólido éxito de público repercutió primero dentro de España, en Barcelona, después en Londres y en Berlín y llegó a América, representándose con diversa fortuna en Buenos Aires y en México; en la capital platense gustó la obra de Neville y en México paso inadvertida. Ahora un magnífico animador de nuestro teatro, Manolo Fábregas, la ha llevado al teatro de los Insurgentes en su triple y bien aglutinada personalidad de empresario, director y actor, para dar motivo a que una de nuestras más inteligentes y populares actrices del cine mexicano -binomio que no se da con frecuencia-, Marga López volviera a las tablas del escenario, en las que obtuvo sus primeros triunfos artísticos.
   Marga López es casi nuestra, aunque nació en la Argentina. Llegó a México niña de verdad, el año de 1938, formando parte del conjunto Hermanitos López que hacían en miniatura el trabajo de variedades con que triunfaban famosas artistas de este género. De este conjunto infantil de variedades era figura principal una chiquilla de diez años, Mary López, quien interpretaba con gracia, voz y precoz talento, las tonalidades en boga, por lo que se le llamaba indistintamente la Raquel Meller en miniatura o la rival de Imperio Argentina. En México debutó el más pequeño del grupo. Manolín López, que apenas andaría en los ocho años de su edad y arrebataba al público con su graciosa interpretación de la Malagüeña salerosa... Al lado de Mary y Nolín actuaba un dueto de chiquillas de doce años a lo más, Katy y Marga López, que completaba el conjunto con Juancito y Lito, bandoneonista y violinista.
    En un año de actuación en México, los chicos López crecieron, y hubo que variar el repertorio. A su empresario que los tenía en exclusivo, Ernesto de María y Campos, se le ocurrió presentar a Mary, a Marga y a Nolín en una comedia que en esos meses alcanzaba en Buenos Aires bastante éxito, y en la que

participaban niños de la edad aproximada de Nolín, Marga y Mary. Se titulaba en Argentina Los hijos crecen, y yo la arreglé al castellano, limpiándolo de localismos y le pusimos por título Los chicos crecen. Esta comedia de los autores Derthés de Damel se estrenó en el Fábregas durante el año 1938, con un magnífico reparto que encabezaron Paco Fuentes, Ricardo Canales y Anita Blanch, y que cobijó con su experiencia y ternura la presentación como minúsculos y jóvenes actores de Nolín, de Mary y de Marga. La comedia sentimental y dulzona alcanzó en México más de un centenar de representaiones y luego fue llevada por la empresa de los actores Alpuente por varios Estados de la República. Así inició su carrera teatral Marga López.
    Regresaron los hermanos López a Argentina, y al poco tiempo Marga volvió a México a hacer películas. Por su talento, por su belleza y por su fino temperamento artístico bien pronto se colocó en lugar preferente hasta lograr el sitio de excepción de que ahora disfruta. Pero como a todas las actrices que tienen necesidad del contacto material con el público, a Marga nunca le gusto estar alejada de él. Y ha vuelto a las tablas, alcanzando un triunfo indiscutible, que la afirmará en su propósito de no volver a alejarse tantos años de ellas.
   Manolo Fábregas, empresario del Insurgentes, le ofreció el papel de Adela en el reparto de El baile, de Neville, al lado  de él mismo y de Enrique Rambal, puesto que la acción de la obra requiere sólo tres personajes. Aceptó Marga seguramente porque en este personaje que debe encarnar a tres mujeres en tres épocas determinadas de la vida, se presenta para probar a una buena actriz en tres personajes distintos en una misma obra, ligados únicamente por un sutil hilo espirutal: una madre en dos épocas de su existencia (1908 y 1928) y la nieta (en 1950). Los dos actores representan tres épocas de su vida.
   El éxito de El baile -magnífico marco de presentación para Marga- se inicia deslumbrante. Enrique Rambal y Manolo Fábregas, los dos de ascendencia actoral, están

magnificos en sus tres caracterizaciones. Rambal posee un tesoro de recursos, uno Manolo Fábregas, más jóven y con menos experiencia, no le va en zaga. Ambos son actores profesionales con inteligencia y corazón, muy responsables con el público y muy respetuosso con los actores.
   Marga López está sencillamente deliciosa, y gran actriz además. Apoya su actuación en la dura experiencia que ha adquirido en el cine, pero el encanto de su temperamento proyectado en forma humana -¡secreto mágico del teatro!- se proyecta en el público con tremenda eficacia y tranparente sencillez. En la Adela de 1908 es una actriz fácil, frívola y exquisita; en la Adela de 1928, caracterizándose con sencillez, los labios sin color, la tez pálida y grisásea y los ojos enfebrecidos, son apenas la expresión externa de la gran tragedia íntima que vive Marga y que proyecta con voz grave, rica en matices de amargura. Finalmente en su Adela de 1950, se torna en chiquilla -para mí, parece que es la Marga López de 1939-; vibración de alegría, temblor de primavera y la voz milagrosamente juvenil. En los tres personajes supo Marga adoptar las actitudes consecuentes con la edad de la mujer que representaba y en los tres personajes fue tres mujeres distintas y una actriz verdadera. Su triunfo es, sin regateos, de los más legítimos alcanzados por actriz alguna de su edad, y no por eso menos sorpresivo. Pudo haberse perdido Marga por los vericuentos fríos del cine, y vivido como rosa de invernadero, pero en su temperamento hay tanta verdad, que su vuelta al teatro la coloca de inmediato en un sitio cumbreño.
    Manolo Fábregas presentó El baile, con riqueza y propiedad e introdujo algunas sorpresas para aprovechar el escenario giratorio y los fosos de este gran teatro. Su mejor colaborador fue Julio Prieto, quien ideó y realizó tres decorados por los que cruzan los amores de tres generaciones. Todos merecen las ovaciones que recibieron y el interés mayor del público.